EL PONCHO

El “poncho” es una prenda típica de Sudamérica, cuyo origen aún está en discusión, aunque existe un amplio consenso en que es una prenda de origen andino, que formaba parte de la vestimenta habitual de los pueblos originarios de esa región, y que pronto fue adoptado por los criollos.

Pero, si bien es incierto el origen de la palabra poncho, ese tipo de prenda, pero con otros nombres, ya lo usaban los indígenas desde hace al menos 3.800 años. Los pocos que se han conservado pertenecen a la zona andina, como las coloridas “cushmas” de la cultura de Nazca. Sin embargo, la prenda -confeccionada en lana de camélidos (llama, vicuña, alpaca, guanaco), a veces también con algodón, era vestida por casi todos los grupos indígenas que habitaban en el actual territorio argentino.

El “poncho” es un abrigo de diseño sencillo, consistente en un trozo rectangular de tela pesada y gruesa, en cuyo centro se ha practicado un tajo para pasar la cabeza. La tela se deja caer sobre el cuerpo, disponiendo los extremos de manera que permitan mover con facilidad los brazos. Para su confección se utilizan diversos tipos de lana que se tejen en telares, para obtener  un paño cuyos diseños, colores y dibujos son característicos de cada región.

Cuando llegaron los españoles, los pueblos originarios ya dominaban varias técnicas de tejido y teñido. La incorporación de la oveja y del caballo y, más tarde, del telar a pedal, no hizo más que enriquecer las opciones de los artesanos y fomentar los cruces culturales. El poncho fue moneda de intercambio para los encomenderos, cuya actividad fue menos inocente que la de “proteger a los indígenas”, responsabilidad que se les adjudicaba, para acceder a los beneficios que el cargo les garantizaba. Obligados a tejer al gusto de la sociedad colonial, los artesanos del Alto Perú y del noroeste comenzaron a condensar sus significados, en los colores y los dibujos que aplicaban. Son infinitas, por eso,  las variedades de hilos, formas de tejer, colores y dibujos que los identifica.

Los ranquelinos se volvieron vistosos y aguantadores. Los “makuñ”, el llamado poncho pampa”, se diversificaron en manos de las mujeres, que debían tejer uno por año para su hombre, quienes lo usaban como valor de trueque. Los araucanos se lucieron al dibujar guardas con la difícil técnica de “tintura en reserva”.

Hasta los hubo de cuero sobado, como el increíble y famoso poncho blanco que perteneció al general URQUIZA, suave y liviano como una mantilla de bebé. Y si de ponchos famosos hablamos, no podemos dejar de mencionar el que recibió el general SAN MARTÍN en Chile, donde una anónima tejedora mapuche plasmó los símbolos de poder de su propia comunidad; el que vistió el cacique ranquel MARIANO ROSAS y que cuando cayó vencido, le regaló al coronel LUCIO V. MANSILLA. El que lució el general ORIBE, rojo brillante con franjas de seda en “dégradé”; algunos de los que le obsequiaron a JUAN MANUEL DE ROSAS y muy especialmente el que abrigó los rigores de su Salta natal al general GÚEMES, que era rojo sangre y que cuando él murió, su gauchos y sus comprovincianos comenzaron a usarlo, pero con una franja de tela negra cruzándolo, en señal de duelo, por el caudillo muerto. En la segunda mitad del siglo XIX, los ingleses exportaron al Río de la Plata los ponchos confeccionados a máquina, diseñados con torpes interpretaciones de los dibujos que suponían les gustaban a los argentinos.

Cuando el gaucho hizo su aparición  en estas tierras /(Siglo XVIII), lo adoptó e hizo de él, su prenda de vestir más iimportante. Aunque no solo para eso le servía, porque eran muchos los servicios que el poncho le prestaba en su vida errante: Si lo llevaba puesto, lo preservaba del frío y de la lluvia; lo usaba de frazada cuando hacía su cama poniendo el apero como almohada o tendido con cuatro ramas, le servía de toldo para escapar a los terribles calores del desierto pampeano. Pero cuando le era más útil y hasta su vida dependía de esta prenda, era cuando tenía que responder por alguna ofensa dicha en un momento de “calentura”, o defender el honor que algún atrevido hubiera puesto en duda, circunstancias éstas que lo obligaban a “pelar el facón” para pelearle “al que raye”. Se lo envolvía en uno de sus brazos (según fuere diestro o zurdo) y formaba así una cubierta protectora que le permitía bloquear los tajos y puñaladas que le tiraba el contrincante en un duelo criollo.

Hoy, en muchos lugares de la República Argentina, los “ponchos” se fabrican artesanalmente, y según sea su color y su diseño, reciben distintos nombres, todos ellos en alusión a la región que representan. En la provincia de Catamarca, los ponchos de “Belén”, tejidos con lana de vicuña, de color marrón son altamente cotizados; el “poncho mapuche”, es usado en las tierras andinas y son característicos sus colores rojos y azules oscuros; los de Jujuy, con bandas de color marrón, ocre y beige en franjas verticales son otra muestra de la habilidad de las tejedoras que combinan sus colores utilizando tinturas elaboradas con maderas, hojas y tierra de la zona. Tenemos también  el “poncho pampa”, “el poncho federal”, que identifica al hombre entrerriano, “el calamaco” (que quiere decir colorado) y algunos, que hasta intentan mantener viva la memoria de sus habituales usuarios, como es el caso de aquellos “calamacos” que tienen una banda negra a todo lo largo, recordando con ella, la muerte de MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES, caudillo salteños que era el más famoso de los que lo llevaban durante la “guerra gaucha”

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