EL MERCADO CONSTITUCIÓN (1859)

Los antigüos y famosos “huecos” del Buenos Aires de ayer,  no eran más que simples baldíos, refugio de desocupados, lugar de encuentro de viandantes y cuateadores que despuntaban allí el vicio de los naipes o la taba, pero que también, si no servían como depósito de basuras y desperdicios, eran muchas veces lugares que se aprovechaban  como “paradero” de carretas.

Fueron famosos “el hueco de las cabecitas”, el de “Doña Engracia”, el hueco de las ánimas, el hueco de las carretas, el hueco de la laguna” y otros  (ver “Huecos y baldíos),  que tomaban su nombre de la actividad que allí se desarrollaba. Tal el caso de “los Corrales del Alto”, que era como se llamaba el gran terreno baldío que se conocía desde siempre como “el hueco de las carretas” y que ocupaba todo el sector donde  hoy se encuentra Plaza Constitución.

En 1859, con la previa solicitud de propietarios y comerciantes, después de una intensa controversia, la ciudad aprobó el emplazamiento de un “mercado de frutos” en esas tierras y con el aval del gobernador PASTOR OBLIGADO, se destinó para parada de carretas, un terreno que estaba circundado por las calles Cochabamba, Buen Orden (después Bernardo de Irigoyen), Brasil y Salta. La discusión en torno al lugar donde se debía emplazar ese mercado de frutos había sido ardua, pero por fin pudo resolverse satisfactoriamente cuando fue aprobada la  instalación de dichos vehículos en medio de la ciudad. Históricamente el sitio que ocupó era un terreno anegadizo, un verdadero “pajonal” suburbano que posteriormente fue rellenado por la Municipalidad con residuos y basura.Al principio hubo dos mercados: uno llamado “Mercado del Sud del Alto”, por su proximidad con los Altos de San Telmo y otro conocido como “Mercado del Sud del Bajo” en la calle Larga (actual Montes de Oca). El Mercado del Alto, desde 1852, ya figura con el nombre de “Mercado del Sud” en las memorias municipales, porque fue el que prosperó.

A partir entonces, de la instalación en ese lugar del Mercado de Frutos, las tropas de carretas que se concentraban en la plaza de la Independencia (después llamada “de la Concepción de alto de San Pedro”, situada en Bernardo de Irigoyen entre las de Independencia y Estados Unidos) comenzaron a “parar” allí y el lugar empezó  a ser conocido como el “Mercado Constitución”. Pero a pesart de tan rimbombante nombre, no era más que una simple concentración de carretas que se agrupaban en ese lugar que fue la antesala de la actual Estación Constitución, creada a partir de la compra de esas tierras, que en 1864 formalizara la Empresa “Ferrocarril del Sud” para instalar allí su Estación cabecera.

El espacio que albergaba 900 vehículos, estaba ocupado además por algunas construcciones precarias rodeaban el mercado, y nada definitivo se hacía porque siempre hubo indecisión acerca del futuro de ese mercado, haciendo ello imposible establecer un valor definitivo para los terrenos que allí había. A fines de 1862 estuvo por desaparecer, porque un concesionario del nuevo camino de hierro (el ferrocarril), exigió cumplir el contrato y construir en el lugar la nueva estación. La Municipalidad se opuso alegando una reciente ley que prohibía construcciones de edificios en lugares destinados a plazas públicas.

Dice Maroni: “el Mercado Constitución llegó a ser mucho más que una simple parada de carretas. Su recinto, es decir, el enorme espacio abierto que servía de plaza, fue en realidad “el gran patio” de una inmensa barraca, constituida por todas las barracas que lo bordeaban y las situadas en los alrededores…” Al lugar del Mercado, que duraría hasta 1885, y que recién sería inaugurado como plaza en 1907, llegaban y se trasladaban carretas y bueyes en un incesante ir y venir de cargas de frutos del país, viajeros y bultos en medio de una abigarrada muchedumbre de variadas vestimentas, que indicaba el origen de la gente que deambulaba: comerciantes, mercachifles, paisanos, chinas e innumerables chiquillos.

La Plaza de Constitución se remodeló con la llegada de la estación de trenes. Siempre había sido un terreno baldío, poblado con la algarabía y diversión de los carreros que se amontonaban ruidosa y festivamente. Durante varios años funcionó como centro de carga y descarga, y de diversión para los sectores populares, que bailaban allí y frecuentaban los boliches, canchas de pelotas y los ranchos que fueron los embriones del barrio. Con la llegada del Ferrocarril (1865) paulatinamente entró en decadencia, pero quedaron sus huellas para que lo recordemos (Este texto fue complementado con datos y comentarios extraídos de una nota de Jorge Quiroga para la Junta de Estudios Históricos)

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