EL MANISERO

Así se llamaba a unos pintorescos vendedores de maní que recorrían las calles de Buenos Aires hasta mediados del siglo XX. Lo hacían empujando unos pequeños carritos que habían armado con un tambor  de metal (quizás de unos 200 litros), al que le habían colocado un tubo que hacía las veces de chimenea, por lo que tenían todo el aspecto de una pequeña locomotora. En el interior de tambor llevaban maní con cáscara que mantenían caliente mediante un pequeño brasero que contenía algunas brazas ardientes, también adentro del tambor. Voceaban su mercadería y el humo que salía por la chimenea era la garantía que ofrecían de que los maníes salían bien calentitos, condición que los hacía más deseables y apetecibles, sobre todo durante las frías jornadas de invierno.

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