EL MAESTRO DE LA CALLE SANTA CLARA (2/1825)

EL MAESTRO DE LA CALLE SANTA CLARA. La escuela estaba en la esquina de las calles Chacabuco y Santa Clara, que después se llamó Potosí y hoy es Alsina, y la gritería de las chinas y negras del mercado vecino se oían en las aulas durante las horas tempranas de la mañana. Había sido en un día de febrero de 1825, en el tiempo del gobernador LAS HERAS, cuando un hombre joven abrió la escuela. “Se llamaba Juan Andrés de la Peña. El último de sus alumnos lo recordaba todavía en el año 1910: “Me parece verlo, como en 1852, acariciando a los niños que tanto amó. Pulido en sus modales, en su decir, en su blanda expresión, sedoso el largo cabello, blanco su traje, blanca su alma, paseándose entre las hileras de bancos”. “Se notaba como un reflejo luminoso en la mirada de sus ojos grises, transparentando un alma sin doblez. Se leía tan claro en aquellos ojos, pegándose al oído su voz persuasiva, a toda hora paternal”. La escuela de Juan Peña debía permanecer abierta durante cuarenta años. Las dos generacíones del tiempo de Rosas aprendieron a leer en las cartillas del maestro de la calle Santa Clara, que debía aún enseñar las primeras letras a una generación más. En el aula de los más chicos había un banco donde cuatro futuros príncipes de la Iglesia garabatearon sus primeros palotes: los obispos Aneiros, Boneo, Terrero y Espinosa. En otro grabaron sus iniciales con mellada navajita, los que iban a ser con el tiempo los generales Campos, Garmendia, Bernal, Obligado, Balsa y Romero. Larga sería la lista de los argentinos ilustres cuyas cabecitas infantiles se inclinaron sobre los pupitres de la escuela de la calle Chacabuco. Pasaban los años, y don Juan Peña seguía enseñando. Su juventud se fué, transcurrió el cuarto de siglo de la tiranía de Rosas, sus cabellos castaños se volvieron blancos, y él continuaba paseándose entre las hileras de bancos, corrigiendo las planas, repasando el alfabeto a los más pequeños, exami­nando de gramática a los mayorcitos. Habían pasado ya veintisiete años desde aquel día de febrero en que se abriera la escuela. Era una mañana calurosa y la campana del Cabildo cercano daba las diez. Los escolares retardados que llegaban corriendo vieron a don Juan Peña, quien, un poco pálido, los esperaba en la puerta: -Niños, vuélvanse corriendo a sus casas … ¡Pronto! La banda de escolares dio media vuelta y se alejó a toda velocidad por la desierta calle Santa Clara. En la puerta de la casa del general Mansilla (Alsina y Tacuarí) un soldado negro tocaba generala en un tambor rojo, y el cañón del Fuerte cercano anunciaba que la Santa Federación y don Juan Manuel de Rosas acababan de caer para siempre en los campos de Caseros. Don Juan Peña debía continuar enseñando durante doce años más, hasta que una tarde de 1864 los ojos cansados del anciano se cerraron entre los bancos de su querida escuela. La dulce voz que enseñó durante cuarenta años estaba muda. El amor y las lágrimas de tres generaciones rodearon el sencillo ataúd de don Juan Peña. Cabezas encanecidas de antiguos alumnos se descubrieron al abrirse la madre tierra para recibirlo, y rubios ángeles, sus últimos discípulos, cubrie­ron el féretro de flores. Sobre su tumba se alzó una modesta columna coronada por un busto de mármol. Debajo, en relieve, se veía la imagen de Jesús. El mármol parecía decir con sublimes palabras, lo que había sido la vida del maestro de la calle Santa Clara “Dejad que los niños vengan a mí…”

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