EL JUEGO DE LAS “BOLITAS”

EL JUEGO DE LAS “BOLITAS”. Las había de distintos colores y casi siempre eran de vidrio, aunque había algunas que eran de cerámica y aún de barro. Su diámetro, bastante variable, definía sus clasificaciones: las más chicas se llamaban piojos o pininas, las más grandes, bolones (inútiles éstos últimos para jugar pero muy preciadas como objetos por su alto valor de canje: se podían cambiar hasta por diez de las comunes). Las medianas, las más numerosas en cualquier colección, tenían distintos nombres según fueran semiopacas (las llamadas lecheritas, usualmente blancas y azules) o translúcidas (las chinas o japonesas). Y la más querida era la punterita: era la personal, la que nunca entraba en el circuito de bienes en disputa, aquel que arriesgaba la puntera tenía la certeza de ganar o la desesperación de haber perdido sin parar. La bolita es un pedazo de la niñez de los porteños adultos. Primero el televisor y luego la computadora y sus capacidades interactivas le quitaron terreno al juego más popular de la vieja ciudad. Bastaba un pedazo de vereda y un amigo para poner en juego la destreza y la suerte. Tanto ha menguado el interés por la bolita que sólo queda una fábrica en el país: se llama Tinka, está ubicada en la localidad santafecina de San Jorge y pertenece a las familias Chiarlo y Reinero, que transmiten el oficio sólo a sus descendientes. Pero basta con una para que no se pierda un entretenimiento infantil que marcó a generaciones, aunque hoy tenga la dura competencia de los combates virtuales.

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