EL GAUCHO

El gaucho fue un personaje de las llanuras rioplatenses, de suma importancia en nuestra historia, puesto que fue uno de sus  principales protagonistas durante más de un siglo. Muy parecido en algunos rasgos humanos al español de la conquista, del que fuera descendiente directo, pero al mismo tiempo muy diferenciado en otros,  debido a que surgió luego de una larga mestización, se ha erigido  en un prototipo humano, cuyas características, virtudes y defectos  inspiraron a humanistas, filósofos, escritores y poetas que lo inmortalizaron, ensalzando su figura algunos, transformándolo en leyenda  o vituperando su existencia y su idiosincrasia otros (ver El gaucho visto por un inglés).

Ni matrero, ni sumiso respetuoso de la Ley. Ni vago,  ni esforzado trabajador,  ni altanero,  ni fiel ni adúltero. Porque fue eso y mucho más. Fue el dueño del aire, del sol y de las nubes que lo cubrieron. Fue la voz de la tierra que lo vio nacer. Fue amigo de los pájaros, sostén de sus amores y bravo defensor de lo suyo. El nombre que lo identifica, y lo define como “hombre de campo” en  la República Argentina y en el Uruguay es una palabra acerca de cuya etimología, no se han conciliado aún dispares interpretaciones de filólogos autorizados, que incursionaron en el tema, aunque hay quienes afirman que “gaucho” deriva de la palabra quichua “huacho” que significa ilegítimo, vagabundo o abandonado y que a principios de la época colonial, se aplicaba a los nómades solitarios que pululaban por las pampas y que sólo necesitaban de caballos salvajes y ganado para su subsistencia simple, salvaje y libre.

En un vasto territorio que comprende las llanuras de Río Grande del Sur, la Banda Oriental,  la Mesopotamia rioplatense  y las Pampas bonaerenses, el gaucho entra en escena al promediar el siglo XVIII y lo hace simultáneamente desde distintos ámbitos, pero siempre ligado a las labores y la vida en la campaña. Trabajando en las grandes estancias jesuíticas de las Misiones Orientales, en las vaquerías de la Banda Oriental y de las que medraban al norte del Río Salado como jinete, domador, enlazador, tropero, baqueano, herrador y todos los oficios propios de la campaña, van consolidando la admirable personalidad del gaucho rioplatense, a la que no empañan las diversas figuras del “matrero”, “mal entretenido” y “vagabundo”, con las que lo han denostado.

Biológicamente, el gaucho es, ante todo, es el hijo del español en tierra americana  y secundariamente, es  el mestizo, hijo de europeo y de madre india. En el primer caso, el gaucho no es sino un español más aplomado, con alma clásica y con su centro espiritual allí donde “los vientos lo llevan”. En el segundo, es el fruto superior de un cruzamiento de razas providencialmente encontradas. “El verdadero hombre superior —dice el doctor LEONARDO PERRUS:— aparece cuando uno de los cónyuges es un paranoide y el otro es un sensato aplomado que vive tranquilo a ras del suelo”. Y mucho de esto hubo en el mestizaje hispanoamericano que tuvo como habitat a estas tierras.

Dueño y señor de esos vastísimos territorios poblados por gran cantidad de ganado, aún sin marca, ocupado en tareas estacionales y sin necesidad de grandes esfuerzos para alimentarse, o para satisfacer sus pequeños vicios, pronto adquirió fama de “vago” y así lo bautizaron quienes primero se ocuparon de él. Los gauderios los llamaban,  porque seguramente no se detenían a verlo desplegar esas excepcionales habilidades y destrezas, que nos permiten hoy calificarlo como un verdadero centauro de las pampas (ver Los gauderios).

Porque si bien es cierto que la existencia de alimento de fácil acceso, las características estacionales de las tareas de campo que le eran afines a sus capacidades, lo austero de su vida y la innegable herencia hispana que corría por sus venas, lo definen como un hombre amante de la libertad y orgulloso de su estirpe, el gaucho fue un vigoroso trabajador, que sembró con su sudor y su sangre el suelo de la patria. Y ya sea en sus tareas cotidianas, como protagonista de las luchas por la Independencia o participando en la defensa de la soberanía nacional, supo cual era su destino,  sin que la deslealtad, la mentira o el deshonor, fueran males que lo identificaran.

El prototipo del hombre rural del Río de la Plata, no se parece al de ninguna otra región del continente, pues difiere, y en no pocos rasgos, del cholo del Alto Perú, el guaso de Chile o el charro mexicano, sin que sea preciso extenderse en mayores consideraciones para corroborar el aserto. Uno y otros son mestizos, pero el elemento hispano predominó más en el gaucho rioplatense, cuyas modalidades, en toda la gama del folclore, están impregnadas de españolismo. De ahí que si bien, como su ancestro pampa, tehuelche, guaraní o diaguita, su instinto de libertad y su amor irrenunciable a la heredad nativa,  eran indomables, heredó del conquistador, no pocas de sus virtudes y acaso muchos de sus defectos.

En ese sentido cabe señalar su hidalguía proverbial, la temeridad en la pelea, el espíritu de aventura, su vocación de señorío por más lastimosa, pero siempre digna, que sea su pobreza, corno la de los hijodalgos venidos a menos y —¿por qué no?—, cierta proclividad trashumante y de holganza, que matiza con guitarreadas y ruedas de mate junto al fogón. Por-eso ha dicho MENÉNDEZ Y PELAYO que “el gaucho de la pampa argentina, no es ni más ni menos, que el campesino andaluz o extremeño”.

En su época de oro, el gaucho,  cargado de tradiciones paternas y de una lengua que el romance había purgado, se desplaza con su  guitarra para cantar, en pulperías y fandangos, “con toda la voz que tiene” y así nace el “payador” (ver Los payadores). Asi lo vio Concolorcorvo en su obra “Lazarillo de Ciegos caminantes, cuando en 1773) dejó uno de los primeros testimonios sobre el gaucho payador diciendo: “Estos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos del Plata. Mala camisa y peor vestido procuran encubrirse con uno o dos ponchos. Se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Se pasean a su albedrío por toda la campaña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su  costa y pasan las semanas enteras tendidos en un cuero, cantando y tocando”.

Durante los más de cuatro siglos pasados desde el descubrimiento de América, el gaucho ha desempeñado diversos papeles en el desarrollo histórico de la República Argentina, habiéndose transformado, ya en el siglo XX,  en un símbolo de la identidad nacional, justamente, cuando el gaucho desaparecía de la vida y la escena argentinas. Durante el siglo XVI, y como parte de la lucha para sobrevivir, la forma de vida de los gauchos, se desarrolló al margen de la estructura hispánica de “Pueblo-Iglesia-Gobierno” y de economía agrícola-ganadera. Eran individuos, que ya fuera por necesidad o preferencia, cambiaban las seguridades de una sociedad establecida, por la vida libre en los campos, por lo que paulatinamente, fueron conformando un estilo de vida viable, que se basaba casi totalmente en la disponibilidad de caballos salvajes y de ganado, muy abundante en aquellos días.

El número de estos centauros vernáculos, se acrecentó notablemente durante los siglos XVII y XVIII, con la inclusión de representantes de las razas blanca e india, frecuentemente mezcladas, pero con la sangre caucásica predominante. Las frecuentes carnicerías y la exposición diaria al peligro físico y a las lesiones corporales, los tornaron indiferentes al derramamiento de sangre, aceptando la violencia y la brutalidad como algo normal, necesario y hasta digno de admiración, si era útil para asegurar el logro de un fin deseado; solamente individuos bien dotados podían elegir esta vida y ciertamente, sólo los hombres fuertes podían sobrevivir.

Los gauchos desarrollaron poderosos egos y otorgaban su lealtad en forma ciega y completa al caudillo o líder que ganaba su confianza y bajo el mando de dichos capitanes, prestaron invalorables servicios durante guerras contra los indios, extendiendo las fronteras;  se unieron a otros argentinos para derrotar a las inglesas en 1806 y 1807; lucharon valerosamente en las guerras de la independencia; bajo el mando de MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES y otros “atrevidos”, defendieron con valor y astucia las fronteras norteñas argentinas contra las fuerzas realistas hasta que los ejércitos y la estrategia continental de San Martín, conquistaron la independencia; fueron arrastrados a las guerras civiles, tanto en el período de la independencia como en el de los albores de la nacionalidad, generalmente comandados por líderes provincianos: ARTIGAS, ESTANISLAO LÓPEZ, FRANCISCO RAMÍREZ, JUAN FACUNDO QUIROGA, y hasta ROSAS Y URQUIZA contaron con su pertenencia para lograr sus objetivos.

Al comenzar el siglo XVIII, la economía argentina casi dependía de las habilidades y la baquía de los gauchos, quienes capturaban, mataban y cuereaban el ganado salvaje para utilizarlo en el floreciente comercio de piel y sebo a lo largo de la costa; se ocupaban de la hacienda y los caballos de las estancias más convencionales del noroeste; actuaban como arrieros de mulas para el aprovisionamiento de las nuevas y productivas industrias que se instalaron en Santa Fe y zonas aledañas; eran los “baquianos” que conducían las pesadas carretas transportando bienes y personas a través de llanos, montes y montañas y hasta criaban mulas para comerciarlas en Bolivia (ver El comercio de mulas).

Durante el largo período de gobierno de ROSAS, muchos de los gauchos que no estaban en las fuerzas armadas, se encontraron luchando para sobrevivir, pero esta vez contra el gobierno, formando parte en bandas armadas de ladrones de ganado o bandidos, cuya destino inexorable era enfrentarse con cinco años de prisión o de conscripción en los fortines de frontera, si no podían demostrar que tenían un empleo legal y fijo en alguna de las estancias (ver El gaucho federal). Más tarde, los cambios económicos que tuvieron lugar a comienzos del siglo XIX, produjeron desastres en el entramado social y eso trajo la eventual aniquilación del gaucho. El número de esos antigüos “señores de la Pampa”, decreció aún más con la crisis que sobrevino luego de la guerra con Paraguay y más tarde con las Campañas al Desierto de Alsina y Roca. La industria de saladeros que tomó fuerzas a principios del siglo XIX, hizo de la carne algo valioso para la alimentación y desarrollos posteriores usaron la totalidad de la estructura del ganado vacuno, que ya no era de quien se apropiara de él, sino de quien lo compraba para la faena. La tierra comenzó a ser de propiedad privada y los gauchos ya no podían recorrerla libremente para obtener carne para alimentarse y cuero para sus aperos o para ocasionales trueques por yerba y otros “vicios”.

Por eso y otros muchos males, muchos hombres, entre ellos nuestros gauchos, se unieron a la migración rural y fueron hacia las ciudades para emplearse como policía militar o para unirse a alguna otra fuerza de seguridad. y cuando a comienzos del siglo XX, quisieron volver a las pampas, se encontraron con que ésta se hallaba ya ocupada por grandes establecimientos ganaderos, fábricas y poblados con gente que ya no montaba a caballo, sino que utilizaban modernos automóviles.

(Informe enriquecido con material extraído de “Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú” de Samuel Haigh; “Viajes por el Río de la Plata”, de Pablo Mantegaza; “Archivo de la Revista Todo es Historia”;  Memoria sobre el estado rural  del Río de la Plata”, de Félix de Azara; “Lazarillo de ciegos caminantes” de Concolocorvo; “Historia del país de los argentinos”, de Fermín Chaves

Ver la vestimenta del gauchoEl gaucho su viviendaEl gaucho, su recado

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.