EL FEDERALISMO ARGENTINO (1820)

Tres corrientes pobladoras procedentes de España, Perú y Chile efectuaron la conquista y colonización de lo que hoy es el territorio argentino. Fundadas las primeras poblaciones, algunas desaparecieron, pero otras, favorecidas por el medio geográfico y social, no tardaron en desarrollarse y luego de organizar su vida política en torno de un Cabildo, se transformaron en ciudades. Diseminadas en tan vasto territorio, las ciudades extendieron sus influencias a la zona rural circundante y así dieron origen a las capitales de las provincias. El aislamiento de esos centros poblados y la idiosincrasia de sus habitantes, hicieron surgir un sentimiento localista”, de marcada hostilidad a todo lo extraño. Por otra parte, los Cabildos se desempeñaron, en el aspecto político,  como organismos de gobierno celosos defensores de los intereses locales. Además, la división del territorio en intendencias, en cumplimiento de la Real Ordenanza de 1782, estimuló la formación de núcleos autónomos. De tal manera, las provincias subsistieron gracias a sus propios esfuerzos y recursos y sus pobladores, adoptaron como su bandera, la defensa de los ideales y costumbres que imponía el pasado tradicional. Como entidades autónomas, las provincias consideraban que tenían derecho a participar en el gobierno del país y por eso sus habitantes no aceptaron ni concibieron nunca la tutela ejercida por Buenos Aires. “La resistencia de las provincias contra el centralismo porteño, escribe ZORRAQUÍN BECÚ, constituye el germen del federalismo político en nuestro país.

Desde la época de la dominación española, Buenos Aires ejerció un evidente predominio sobre el resto del país. Esta primacía obedeció a factores económicos y políticos:

Económicos. Con un puerto apto para el arribo de embarcaciones extranjeras, Buenos Aires se benefició desde un principio con el intercambio comercial que se realizaba por éste y así se hizo un estado poderoso. Sólo limitó su actividad, cuando las restricciones económicas se hicieron más enérgicas, circunstancias que fueron beneficiosas para la incipiente industria del interior, que no se vio perjudicada con la competencia europea, pero que no afectó mayormente los intereses porteños, pero que una vez reabierto el comercio, volvió a asegurarle a Buenos Aires, su riqueza y su superioridad comercial. Este predominio económico perjudicó particularmente a las provincias del litoral, debido a que el puerto rioplatense, era el único que cobraba derechos aduaneros, e impedía además el paso de armamentos destinados a promover alzamientos y fiscalizaba todo el tráfico fluvial.

Políticos. Siendo la capital del virreinato y sede de las autoridades durante todo el período hispánico, Buenos Aires fue la cuna de la gesta de Mayo, envió las expediciones militares que difundieron los ideales revolucionarios y así se constituyó en “dueña” de la revolución de 1810. Luego, los gobiernos que se sucedieron, fueron controlados por la culta burguesía porteña, que aspiró al predominio político sobre el resto del país, a pesar de la creciente oposición de las provincias. En los diez años siguientes a la Revolución de Mayo, se produjeron sucesivas convulsiones en la política interna y cambios de gobierno hasta que en 1820 éstos culminaron con la batalla de Cepeda, donde las fuerzas federales de Artigas, Ramírez, López y Bustos derrotaron a las de Rondeau y esta victoria de los caudillos, significó el “triunfo del federalismo en oposición al gobierno directorial porteño”.

Dice el historiador Ricardo Levene: “La preponderancia de Buenos Aires sobre las provincias, fue impuesta por las circunstancias y por la necesidad de asegurar la definitiva emancipación del país. Cuando los gobiernos de Buenos Aires se sintieron conmovidos en sus cimientos por las resistencias que opusieron las provincias, los hombres de pensamiento tuvieron la veleidad de pensar que la única f órmula de paz interna y de la organización política, era coronar un rey”. “La resistencia de los partidos y facciones de las provincias, de la masa social que no piensa pero que siente, se hizo entonces más poderosa e incontenible. La guerra civil estalló y el gobierno directorial y monarquista de Buenos Aires fue vencido en Cepeda. “Cepeda representa, además del triunfo de las provincias sobre Buenos Aires, el triunfo del sentimiento y del instinto democrático de las masas, sobre la fórmula monárquica de gobierno propuesta por el núcleo dirigente del país.”

Los caudillos. Las aspiraciones populares. Los caudillos lucharon por conservar el espíritu histórico y político del lugar donde habían nacido y al frente de sus “montoneras” o milicias lugareñas, representaron la fuerza autóctona y viva de la tierra. Rudos como el medio en que actuaron, sus ideas no podían sujetarse a normas jurídicas, pero es innegable que en ellos predominó el patriotismo y el sentido de la nacionalidad. Basta mencionar entre otros, a José Gervasio Artigas, llamado “el heraldo del federalismo rioplatense”; a Martín Miguel de Güemes quien dirigió la epopéyica “guerra gaucha” contra el invasor realista que avanzaba desde el Norte; a Estanislao López, quien al frente de los santafecinos, anheló y lucho por la organización de la República; a Francisco Ramírez, el “supremo entrerriano” que supo defender sus ideales hasta con su vida; a Facundo Quiroga, “el tigre de los llanos riojanos”, implacable defensor de su tierra al frente de sus montoneras, etc.

Luego de Cepeda, ante la derrota de las autoridades nacionales y debido a la ausencia de instituciones orgánicas que consolidaran el régimen político interno, se inició el llamado “período de la “anarquía (1) y  durante el mismo, encabezando la rebelión popular y bajo la bandera de la democracia y el federalismo,  los caudillos se opusieron a la política de Buenos Aires. En 1820 quedaron consolidadas tres aspiraciones populares por las que se había luchado denodadamente: a) la democracia, por cuanto la opinión pública comienza a orientarse hacia la forma republicana de gobierno y rechaza tendencias monárquicas; b) el federalismo, como expresión del sentimiento nacional y c) el fortalecimiento de las provincias, que se erigen en estados autónomos y dictan sus propias leyes y constituciones.

(1) La mayoría de los historiadores coinciden en que el período de la anarquía política, se prolonga en nuestra historia a través de nueve años: 1820 a 1829. En este lapso, cesaron las autoridades nacionales, con excepción de la presidencia de Rivadavia, que fue breve. En el transcurso de la anarquía, las provincias fueron dominadas por los caudillos y por su parte la provincia de Buenos Aires progresó bajo los gobiernos de Martín Rodríguez, Las Heras y Dorrego.

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