EL ÉXODO ORIENTAL (1812)

Una gran multitud de paisanos orientales seguidos de sus familias se retiraron de la campaña de la Banda Oriental y emprendieron el éxodo hacia la provincia de Entre Ríos, acompañando a José Artigas, el caudillo uruguayo que se había opuesto al armisticio firmado por el Triunvirato con Elío.

Esta «migración», como prefería llamarla Artigas, arrastró a no menos de 16.000 personas de toda edad y condición, en un millar de carretas. Pocas veces se vio semejante peregrinación en la historia, sobre todo si tenemos en cuenta, la espontaneidad de este movimiento. Una carta de Artigas a la Junta de Gobierno del Paraguay, ha descrito con elocuencia esta pacífica retirada: «Unos, quemando sus casas y los muebles que no podían conducir, otros, caminando leguas y leguas a pie por falta de auxilios o por haber consumido sus cabalgaduras en el servicio. Mujeres ancianas, viejos decrépitos, párvulos ino­centes acompañaban esta marcha, manifestando todos la mayor energía y resignación en medio de todas las privaciones imaginables….».

Esta heterogénea caravana, después de cruzar el río Uruguay por los medios más diversos, se detuvo bajo los palmares del río Ayuí, en la provincia de Entre Ríos y allí, Artigas manda como un juez del Antiguo Testamento, poniendo orden en ese caos, impartiendo justicia, manteniendo contacto con sus partidarios de diversos puntos de su patria. Ha hecho fusilar a varios individuos que habían cometido robos y se desvive por hacer menos penosa la suerte de la inmensa población que vive a su vera.

El Ayuí no es una ciudad sino un campamento, donde la gente ha improvisado viviendas precarias pues todos viven soñando con el regreso a sus pagos, pero deseando que esos pagos sean liberados del dominio que siguen ejerciendo los españoles que responden al Consejo de Regencia de Cádiz. Entretanto, el prestigio de Artigas acrece y sería un grave error por parte de las autoridades de Buenos Aires marginar a este patriota de sus planes. Nadie ignora que la endeble paz lograda con los dirigentes de Montevideo puede quebrarse en cualquier momento y entonces habrá que contar con el jefe más prestigioso de la Banda Oriental para liberar esa rica región del antiguo virreinato (ver Tratado de pacificación con la Banda Oriental).

Transcribimos textualmente a continuación, un relato del escritor uruguayo JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN, tomado de su obra “La epopeya de Artigas”, editado en Bar­celona en 1916:

«La marcha es penosa y lenta, por lo complejo de los órganos locomotivos; unos van a caballo, otros a pie, los otros en vehículos más o menos groseros; carros destechados o cubiertos de cuero, rastras tiradas por caballos, acémilas cargadas.

Una estridente sinfonía de voces y ruidos sale de aquello: la carreta primitiva se mueve oscilante, dando tumbos y crujiendo. Parece que con sus ejes de madera y sus ruedas macizas, se lamenta dolorida, largamente, de la dura tracción de los bueyes. En sus convulsiones, sacude todo cuanto lleva dentro, hombres y cosas; en ella van los mejor parados: las familias expulsadas de Montevideo, los viejos y los niños, los rendidos por el cansancio, los enfermos.

Los conductores a caballo clavan sus largas picanas en los lomos de las bestias, cuatro, seis, ocho bueyes, y las azuzan con gritos que parecen quejidos o risas. Los pelotones de ganado salvaje, novillos, vacas, caballos, carneros, que mugen, balan, entrechocan los cuernos con ruido de granizo, o hacen retemblar el suelo bajo el martilleo de los cascos innumerables, pasan arreados por jinetes que galopan, que cierran la huida de los que amagan dispersión, reincorporan a los dispersos, empujan hacia un paso difícil a los que se resisten y arremolinan.

Los perros acosan al ganado, ladrando. Los muchachos, negros, blancos, cobrizos, alternan con los hombres y con los perros en la faena: se ven jinetes de diez años, y aun de menos, casi tan desnudos como el potro que montan y rigen con destreza; cachorros de centauro alado. Van también mujeres a caballo, con sus hijos en brazos; y mujeres armadas de lanza, con sombrero en la cabeza, y cubiertas con el poncho o capa americana; una tela con un agujero en el centro por el que se pasa la cabeza, y que cae en largos y graciosos pliegues, desde los hombros hasta el anca del caballo.

Los hombres visten, como pueden; se cubren a medias: una vincha o lienzo blanco, atado a la frente, les retiene los cabellos como un vendaje, que les da un aspecto de fieros convalecientes; una camisa de lienzo les cubre el cuerpo; un pedazo de jerga o de bayeta de color, ceñido a la cintura, el chiripá, les envuelve los muslos, dejando libres las piernas, desnudas, o defendidas por una especie de guante de piel de caballo sobada, la bota de potro, que no envuelve los dedos, agarrados al estribo. En la cintura llevan ceñidas las boleadoras, y atravesado a la espalda, el cuchillo.

Un viejo con un niño en brazos y una mujer a la grupa, jinetes con un caballo de tiro o de repuesto; cargueros o animales en cuyos lomos se amontonan los utensilios que se han podido salvar: ropas, monturas, trebejos. Destacamentos de gente armada de lanzas, de sables o trabucos, o fusiles de formas varias; los escuadrones de Blandengues, uniformados; las ocho piezas de artillería; nuevas carretas, tambaleantes y quejumbrosas … todo camina lentamente, camina hacia el Norte”.

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