EL CHOCOLATE DE LAS FIESTAS PATRIAS

Además de las cuestiones estrictamente históricas que los convierten en fechas importantes, los aniversarios patrios tienen otros elementos que los hacen diferentes. Cumplen esta condición algunas comidas tradicionales que, en días como el 25 de Mayo (aniversario de la Revolución de 1810), aparecen en la mesa de los argentinos. En esa lista están, por ejemplo, las empanadas y un buen locro. Pero también hay otro producto que siempre fue protagonista al momento de celebrar acontecimientos relevantes: el chocolate espeso, dulzón y humeante, servido en grandes tazones y acompañado con churros crocantes (herencia española) o por pastelitos rellenos con dulce de membrillo. Y si de chocolate se trata, en la Ciudad y en el país hay una historia con nombre y apellido: ABEL SAINT.

Nacido en Francia el 13 de junio de 1845, ABEL FRANÇOIS CHARLES SAINT era hijo de CHARLES ARMAND SAINT (un contador que trabajaba en las minas de hulla) y MARIE MARGUERITE HERMANCE LAPORTE. Aquella pareja, de 38 y 27 años, respectivamente, jamás imaginó que ese niño devenido en emigrante hacia la Argentina, se convertiría en un reconocido empresario, creador de una de las marcas más cercanas a los afectos de nuestra gente: el chocolate Águila. ABEL SAINT murió en 1892. Está enterrado en el Cementerio Británico del barrio de Chacarita, en un mausoleo realizado para su familia por el arquitecto francés GASTÓN LOUIS ALCINDOR MALLET. Pero a pesar de su muerte prematura (tenía apenas 47 años), dejó la semilla para que su viuda (DESIDERATA PETIERS, también francesa) y sus hijos siguieran la huella emprendedora.

Para ese momento, el chocolate ya estaba incorporado a los productos de la marca, que no dejaba de crecer. Ese crecimiento fue el que, en 1894, motivó la compra de un terreno en Barracas para instalar una fábrica más de avanzada. Surgía “Saint Hermanos”. La primera construcción abarcaba un gran lote en Herrera, entre Brandsen y Suárez. Allí no sólo se hacía el tostado y torrado del café, sino que los productos de chocolate tenían gran protagonismo porque se habían convertido en los preferidos del público consumidor. El símbolo de aquella fábrica era un águila de cemento, ubicada en una de las ochavas del edificio. Se cumplía lo que ABEL SAINT había instalado como consigna para su vida: “Una empresa debe trascender a un hombre”. Con sucesivas ampliaciones, esa planta llegó a tener ocupadas dos manzanas en ese barrio del sur de la Ciudad, “uno de los más importantes lugares donde se cimentó el progreso de Buenos Aires”, como afirma una placa colocada en lo que queda de esa construcción.

Aparte del famoso chocolate (desde 1993 lo produce la empresa Arcor, también argentina), la fábrica de Saint llegó a tener más de 300 productos propios que incluían hasta yerba mate con la marca Águila. Y otros como los recordados helados Laponia (su distribución incluía a unos 700 vendedores ambulantes) y los dulces Corimayo. La empresa creció de tal forma que tuvo hasta 2.000 empleados, un sistema propio de embalaje con autoabastecimiento de materiales para sus envases y hasta una sastrería que confeccionaba la ropa para su personal. La estructura contaba con 95 sucursales en todo el país y hasta mantuvo representaciones en Uruguay y Paraguay. En la actualidad esa fábrica no existe, pero Águila sigue siendo “el nombre del chocolate” (extraído de un trabajo del historiador Eduardo Perise)

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