EL CAPATAZ GAUCHO

En la ruda existencia de nuestras estancias,  hasta finales del siglo XIX, había un personaje que imponía a la vez, respeto y temor reverencial al gauchaje: era el “capataz de hacienda”. Seleccionado entre los paisanos más diestros en las faenas de a caballo, debía poseer una cualidad irremplazable: la de saber dirigir a la peonada. Su autoridad se basaba en una mezcla de habilidades propias de su oficio y en la energía que ponía, para imponerse a través de su propio ejemplo de valor. Cuando un peón se insubordinaba, cosa frecuente en la pampa, que era el reino de la libertad, el capataz sacaba de inmediato su chicote de hierro y castigaba duramente al insolente. Si la rebeldía persistía, recurría al cuchillo y muchas veces se dio el caso, de que el infeliz pagara con la vida su atrevimiento o una simple contestación airada, aunque siempre tenía la posibilidad de defenderla, pues jamás se empleaba el arma de fuego, desdeñada por los paisanos rioplatenses.

Nadie cuestionaba  la autoridad del capataz así como nadie osaba  cuestionar la sacrosanta autoridad del patrón, representante indiscutido de Dios y del gobierno en la desolada llanura, según lo veía la paisanada. Y ahí era donde el capataz también debía saber oficiar de intermediario entre los peones y el “patrón” cuando surgía alguna controversia. Su permanente contacto con la tierra y con sus hombres, le permitían conocer de cerca los problemas, sufrimientos y necesidades  de ellos y por lo tanto interceder en su defensa, cuando así lo creía justo y necesario. Y era ese conocimiento de sus hombres, el que le imponía asumir la responsabilidad como “jefe de levas”, reclutamiento que se realizaba de tanto en tanto para formar las milicias que debían defender a los poblados de los ataques de los aborígenes y más cá en el tiempo, como “punteros políticos”, ocupados en el reclutamiento cohercitivo de sumisos votantes para el candidato del “cacique local”.

Eran sus tareas específicas, manejar la peonada, dándole las tareas que a cada uno le correspondía y vigilar su cumplimiento; mantener la disciplina entre sus peones y recorrer repetidamente  los puestos que tenía  asignados, verificar el estado de los cercos  y zanjas o de los alambrados, cuando los hubo y controlar la cantidad y estado de los animales que allí se encontraban  y si no había hacienda del vecino entre sus manadas,  ya que el ganado se “misturaba” (mezclaba) con frecuencia debido a la rotura o falta de zanjas y cercas entre las propiedades linderas, tarea para la que le era necesario levantarse al amanecer y muchas veces hacer sus recorridas pasada la medianoche, si era necesario. El éxito en la labor del capataz, dependía de que hubiera una eficaz coordinación de las tareas y/o funciones, entre el personal que estaba a su cargo (puesteros, peones y esclavos),  y pasando por el mismo capataz, con los mayordomos y el estanciero o en su defecto, el administrador de la estancia.

JUAN MANUEL DE ROSAS fue el autor (o por lo menos, así quedó regustrado para la Historia), de unos apuntes que tituló “Instrucciones a los Mayordomos de Estancias”,  con instrucciones para los mayordomos de sus muchas estancias, reconocidas como ejemplos de orden, espíritu ahorrativo, eficiencia y rentabilidad. En este manual, todo lo atinente al manejo de sus establecimientos se encuentra escrupulosamente detallado: desde cómo debe seleccionarse a los mejores animales para que sirvan como padrillos, hasta la forma de de obtener la grasa de los despojos vacunos o  cómo freírla para su consumo. Abunda en detalles acerca del mejor método para  destruir a los ratones mediante el veneno en el agua o empleando una docena de combativos gatos. Aconseja además, eliminar todo lo supérfluo, como ser pequeños e improductivos cuzcos y gallinas, por las que ROSAS demostraba particular rechazo. Este manual, fue publicado 1856 con el nombre de “Administración de estancias y demás establecimientos pastoriles en la campaña de Buenos Aires”.

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