EL CAMBÁ-CUÁ EN CORRIENTES (SIGLO XIX)

En guaraní,  cambá-cuá significa “barrio donde viven los negros”, aunque literalmente quiere decir «la cueva de los negros». De esta  manera se designaba a una zona hacia el sudeste de la ciudad de Corrientes habitada en su mayor parte por gente de color. A pesar de ser libertos,  seguían considerándose espiritualmente sometidos a la dominación (aunque afectuosa, todavía dominación), como  personal de servicio de los grupos familiares que fueran sus amos. Acaparaban empleos de cocineras y mucamas con una especie de  “derecho hereditario”  porque las viejas morenas no abandonaban las casas en que servían,  hasta llegar a ser casi centenarias, que era cuando pasaban a ser  “»cambá-señorás”», hasta su muerte y sucedidas en sus responsabilidades por sus hijas o nietas..

Usaban amplias enaguas y sayas coloridas, almidonadas, crujientes y voladas, como si fueran de cartulina Eran insuperables planchadoras, manejaban también la mano del mortero con maestría, pisando el maiz para las mazamorras, cantando con sus compañeras y riendo mientras llevaban el compás con los pesados palotes en un clima festivo. Luego cernían el maiz así pisado,  haciéndolo volar en el cedazo para que el aire aventara el salvado que al caer al suelo, era devorado rápidamente por las bulliciosas gallinas que deambulaban  a su gustio y placer.

También se integraban con las familias en las fiestas que éstas celebraban, concesión otorgada  como un honor tradicional e indiscutible, sin que ello les hiciera olvidar sus hábitos y maneras respetuosas,  propios de la época, empleando el vocativo “su merced”  en el trato diario. Consideración ésta que era recíproca y que las hacía depositarias de una confianza absoluta de sus amos, para con estas fieles servidoras.

Contaba  mi padre, Benjamín T. Solari, en su libro «Insenecencias” en el año 1926: «Pasé mi niñez viendo diariamente a la comadre Antonia, morena servidora de mi abuela y de mi madre, envejecida en  el hogar en que la práctica de todas las virtudes difundía un ambiente de placidez insuperable. Era «comadre» de todos porque ella nos llevó a la pila bautismal a los diez vástados de mis venerables genitores. Al evocar su recuerdo con las reminiscencias de la infancia, cumplo un debe de gratitud para con aquella bondadosa morena”. Cabe destacar que mi padre fue bautizado el 26 de septiembre de 1867 en la iglesia Matriz, de Corriente,  siendo madrina Leonor Pujol y padrino Francisco Solari. Hace de esto 122 años.-

E1 6 de enero cuando se conmemora la festividad de los Reyes Magos, también  era la fecha en que el Cambá-Cuá adquiría gran animación y era muy numeroso el público que acudía a presenciar esa exótica fiesta, donde el » bá-caraí» era un personaje de importancia, ya que usaba calzado y era el único que lo hacía, pues los demás se hallaban descalzos en cumplimiento de una disposición colonial (ya entonces caduca), lo que no dejaba de tener un toque humorístico.

“El santo Rey Baltasar era venerado por los negros de aquella barriada. En cada hogar se tenía la imagen del rey moreno, solo, es decir, sin sus dos compañeros (Melchor y Gaspar) y se la rodeaba de luces y de flores. Todo era alegría; los negros en traje de gala, algunos con levita y galera de felpa y ellas,  con sayas rojas o de otros colores fuertes. Se servían tortas, mate y licores a la merienda y luego seguía el baile hasta la hora de la comida. A continuación se iniciaba el «candombe», con los clásicos tambores golpeados a mano cuyo sonido profundo y monótono, se oía a varias cuadras de distancia. La danza,  de características primitivas, consistía en  zapateos, saltos y diabólicas contorsiones que proporcionaban a la pareja actuante el aspecto de muñecos electrizados. A una pareja de danzarines jadeantes seguía otra, hasta  que el cansancio demandaba el consumo de vasos de  abundantes vasos de «aloja».y era entonces  cuando el cambá-cuá explotaba de risas, cantos y alegría.

El «cambá-ra-angá» era en esas fiestas, un tipo carnavalesco que se disfrazaba de «cambá-carai»y recorría las casas en tren de broma y era esperado con  simulada gentileza por las jocosas morenas. Este personaje llevaba un pie calzado y otro descalzo, aludiendo a la norma derogada durante los primeros de la Independencia, que les prohibía calzarse, bajo pena de severos castigos.

Hoy ya no quedan vestigios de aquella fiesta de sencillez aldeana, plena de encantos y sana alegría que se vieron en mi provincia y según las referencias que tengo, también en los barrios cambá cuá de Montevideo, en aquellos tiempos la Banda Oriental ( «Memorias de un viejo porteño»  de Pablo Solari Parravicini).

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