EL CAFÉ TORTONI (11/11/1858)

El café será, desde la época hispánica, un lugar de reunión de los hombres vinculado a la política, a lo cotidiano, a compartir problemas, a evitar la soledad. Como decía MARTÍNEZ ESTRADA: “los Cafés vinieron a dar residencia a la tertulia fuera del hogar y a reemplazar en cierto modo a la  familia”. Y el Tortoni, uno de los más característicos de Avenida de Mayo, es eso y más que eso.

Porque aludir al Tortoni, equivale a mencionar una especie de templo abierto a la feligresía culta. A un bastión que, no obstante las ráfagas transformadoras permanece enhiesto, fiel a una generosa vocación de servicio. Siempre propicio como escenario de challas sustanciosas o acaso sobre bueyes perdidos, de escritores, autores teatrales, gente de tango, pintores y “tutti cuanti” se interesen por esas cosas del intelecto.

Escritores, pintores, periodistas, políticos, jóvenes, no tan jóvenes, jugadores de ajedrez y de dominó, tomadores de capuchinos o de chocolate, gustadores del tango, seguidores del jazz, entusiastas de la pintura, todos ellos son solo una parte de los personajes, conocidos o ignotos, que pueblan y poblaron los salones del viejo Café Tortoni,

Es el más antigüo y el más célebre de los cafés porteños y ya desde sus comienzos, formó parte inseparable del paisaje de la avenida de Mayo, la más española de Buenos Aires. Su historia comenzó el 11 de noviembre de 1858, cuando un francés de apellido TOUAN lo fundó en la esquina de Rivadavia y Esmeralda y lo bautizó  ”Tortoni”, en recuerdo de otro famoso café homónimo de París, que a fines del siglo XVIII, fue centro de reunión de artistas, intelectuales y políticos (1)..

En 1880 el “Tortoni” se mudó a un nuevo domicilio en Rivadavia 825, a un edificio obra del arquitecto ALEJANDRO CHRISTENSEN, que era propiedad de la familia UNZUÉ DE CASARES y que quedó a nombre de un sobrino de esa familia. El sobrino era un jugador compulsivo que, arrinconado por las deudas, se vio obligado a rematar la propiedad. La adquirió el Touring Club Argentino, con la intención de construir un hotel internacional, pero para entonces el “Tortoni” ya se había convertido en una verdadera reliquia y se decidió conservarlo. En 1894, pocos meses después de la inauguración de la Avenida de Mayo, el café reabrió sus puertas sobre esta avenida, a la altura del 825, lugar donde aún está. Por entonces su dueño lo vendió a un amigo, otro francés llamado CELESTINO CURUCHET, que le dio al establecimiento el carácter especial que hoy lo distingue.

Era CURUCHET un personaje fuera de serie. Romántico y excelente empresario al mismo tiempo. Se paseaba entre las mesas luciendo un casquete árabe de seda negra, con borla de oro. Gracias a él, muchos escritores y poetas que apenas podían consumir una copa tuvieron un lugar para reunirse y darse a conocer. Algunos de esos nombres figuran entre los más importantes de la cultura nacional y muchos de ellos, compartieron sueños, ideas y fantasías en este Café, que es uno de los más fieles baluartes de la cultura porteña. En la década del 20, el “Tortoni” se afianzó como lugar de reunión preferido por escritores, músicos, artistas y políticos que le dieron una nueva vida a la cultura nacional. Curuchet ofreció la bodega del Café para los encuentros de artistas y la presentación de sus obras y fue así que el 25 de mayo de 1926, por iniciativa del pintor BENITO QUINQUELA MARTÍN (que realizó allí la primera Exposición de sus pinturas), la poetisa ALFONSINA STORNI y los escritores NICOLÁS OLIVARI y RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN, inauguraron en sus salones, la que fue la famosa  “Peña del Tortoni”.  En el grupo fundador, sobraba el talento pero escaseaban los fondos y fueron ellos mismos, los que limpiaron el sótano, trasladaron libros muebles y adornos y lo pusieron en condiciones para el día de la inauguración.

El primer programa fue extenso y apto para todos los gustos: JUAN DE DIOS FILIBERTO ejecutó tangos en el piano, GERMÁN DE ELIZALDE tocó también en el piano, obras de Debussy y Grieg y LUIS BERNÁRDEZ y GONZÁLEZ TUÑÓN, protagonizaron una verdadera competencia, recitando sus versos. La peña organizó concursos literarios y a través del tiempo, se presentaron en el lugar, excepcionales artistas nacionales y extranjeros.

La Peña del “Tortoni” inauguró así una moda que pronto tuvo imitadores en otros locales abiertos a los hombres y mujeres que hicieron historia en la cultura y a un público ansioso de estimularlos. Allí estuvieron y compartieron sus valores, CARLOS CAÑÁS, ANA MARÍA MONCALVO, ELADIA BLÁZQUEZ, HÉCTOR NEGRO, ALBERTO MOSQUERA MONTAÑA, BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO, ALFREDO PALACIOS, BENITO QUINQUELA MARTÍN, FLORENCIO PARRAVICINI, ALFONSINA STORNI, ENRIQUE MUIÑO, HÉCTOR PEDRO BLOMBERG, RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN, CONRADO NALÉ ROXLO, ROBERTO ARLT, CARLOS MASTRONARDI, CÉSAR TIEMPO, ARTURO JAURETCHE, JORGE LUIS BORGES, JULIO DE CARO, CARLOS GARDEL, BLACKIE, JULIÁN CENTEYA, ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO, JUAN JOSÉ DE SOIZA REILLY, JUAN DE DIOS FILIBERTO, NICOLÁS OLIVARI y HORACIO REGA MOLINA, CARLOS DE LA PÚA, ULISES PETIT DE MURAT, EDMUNDO GUIBOURG, SANTIAGO GÓMEZ COU, SEBASTIAN PIANA, GERMÁN DE ELIZALDE, RICARDO VIÑAS y TOMÁS ALLENDE IRAGONI y muchos otros de igual calibre, entre los que se encontraron, ilustres visitantes extranjeros, tales como LUIGI PIRANDELLO, FILIPO TOMASO, PIERO MARINETTI, ARTURO RUBINSTEIN, ALEJANDRO BRAILOVSKY, JOSEFINA BAKER, GÓMEZ DE LA SERNA, MARTINEZ SIERRA, el genial pianista ARTURO RUBINSTEIN, la soprano LILY PONS y el incomparable CARLOS GARDEL.

Todos ellos brillantes representantes de la cultura, que muchas veces se vieron sorprendidos por la presencia de ilustres ciudadanos, como el Presidente MARCELO T. DE ALVEAR, quien con su esposa, llegaban caminando y ocupaban un lugar etre el público, como dos ciudadanos cualquiera. Para ser socio de la peña, era necesario pagar una cuota mensual, pero no siempre se exigió este aporte, en consideración a que el talento muy pocas veces era compañero del desahogo económico.

Este viejo Tortoni que se negó a morir y se convirtió en una verdadera reliquia porteña y como tal venerada por sus habitantes, probablemente no haya esas discepolianas mesas que nunca preguntan nada a quien las ocupa. Sus “habitués” fueron y son otros; diversos de esos prototipos porteños, los protagonistas de aquellos viejos cafés, los templetes nocturnos que marcaron también una identidad del Buenos Aires de antaño. Personajes que mataban el tiempo y las horas, sentados ante una mesa, dando vueltas por sus recuerdos, de la misma manera circular y rítmica,  como la que mezclaban su café en el pocillo.

El Tortoni señorial y familiar a la vez, remoto y tan cercano, era el detalle de Buenos Aires que asemejaba esta ciudad tan europea y tan propia a otras que también enarbolaron sus cafés: aquel Pombo, de Madrid; el Deux Magot o el Feore, de París; el Aragno ó el Greco, de Roma, que reunía nombres como los de Baudelaire, Goethe, D’A nunzio, Schopenauer y Anatole France.

Fue en el pasado, un cenáculo reservado para hombres, acaso el mejor club que tuvieron los porteños de las primeras cuatro décadas del siglo. Lo paradójico es que, en tanto la ciudad incorporaba nuevas modas, otras formas de co­municación y de vida doméstica, el Tortoni lograba preservar esa cosa intimista y cordial que siempre atrae, como si a propósito hubiera quedado detenido en el tiempo.

Nada ha cambiado hoy de aquel viejo “Tortoni”. Se ha preservado de la fórmica y del neón con la prolijidad que merece respeto y todavía forma parte de la historia doméstica de Buenos Aires y sus muros parecen encontrar alguna de las voces que allí resonaron en la intimidad, para decir aquellas cosas que solo se dicen y se piensan frente a una mesa de café.

El “Tortoni” de hoy sigue siendo aquel viejo café, reducto de solitarios y de soñadores. El lugar donde se va a pensar, a conversar con amigos o a leer algún diario, pero ya no es solo eso. Es además un refugio del arte consagrado y un mecenas de innovadores y aspirantes a la gloria. Hoy, en el sótano del Café (en donde lo que fue su bodega), se realiza todo tipo de actividades culturales: Hay recítale« de tango, exposiciones de pintura, presentación de libros y conferencias, sesiones de jazz, lectura de poesías y hasta actuaciones de grupos musicales de avanzada, que parecen no tener lugar en la fría e indiferente gran ciudad. Pero no sólo fue y es un ámbito propicio para los consagrados. También allí hallan su espacio muchos jóvenes con inquietudes estéticas, y hasta personas que, sin tener ninguno de esos méritos, concurren simplemente porque allí se sienten a gusto, en un ambiente cálido de afecto, pero respetuoso también de cada  singularidad.

Cantado y evocado por los poetas, inmortalizado con un tando (“Viejo Tortoni” de Héctor Negro y Eladia Blázquez), iluminado con versos de BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO, el Café Tortoni hoy,  forma parte del paisaje de la ciudad y de su patrimonio turístico. y vale la pena terminar este comentario, recordando que en su frente luce gallarda la siguiente inscripción “Desde un bar arco iris te saludo, ahito de café y melancolía”.

(1)..Existen diferentes versiones sobre su ubicación original y su fundador. Algunos dicen que se abrió en Defensa al 200, gracias a un tal Oreste Tortoni; mientras que otros, aseguran que el tal Oreste Tortoni no existió; que  fue inventado por un periodista que lo mencionó en un artículo que escribiera para un suplemento especial del café. Otros  que se estableció en la esquina de Rivadavia y Esmeralda y que debía su nombre a un café homónimo de París inaugurado en 1798 (versión a la que adherimos) ya que  PUCCIO, renombrado historiador de la ciudad, certifica mediante una guía de la época, le existencia del local en la calle Defensa.

Esta nota ha sido escrita recopilando datos de viejos diarios y revistas, muchos de ellos muy deteriorados por el tiempo, que fueron guardados con amor, para que no cayeran en el olvido, textos  y sentimientos que alguien quiso que gozaran de la eternidad. En algunos de ellos, figura la firma de JORGE GÖTTLING, pero la pegatina desordenada que se hizo con ellos, nos impide indentificar cuales son los textos de este admirado poeta y escritor. Cumplimos entonces en dejar aclarado que los más bellos, los más poéticos y más hermosos, son seguramente los que él escribió.

1 Comentario

  1. Sixto Alfonso Páramo Quintero

    Excelente, descripción, el lector se traslada magicamente a esos bellos tiempos que quisiera revivirlos.

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