DARWIN VISITA A ROSAS (00/08/1833)

DARWIN VISITA A ROSAS. Carlos Darwin, a la sazón un joven de veinticuatro años, que estaba recorriendo el Canal de Beagle, embarcado en un navío inglés de diez cañones, que al mando del capitán Fitz Roy, realizaba un viaje de exploración y de estudio alrededor del mundo, llegó a Carmen de Patagones, que era un muy precario villorrio poblado por unos pocos centenares de cristianos, rodeados por varios toldos levantados allí por indígenas amigos y allí se enteró que el general ROSAS estaba acampado en las márgenes del río Colorado, donde había dado fin a su campaña contra los indios y se propuso conocer al célebre personaje. Para trasladarse de Carmen de Patagones al campamento de Rosas había que atravesar los desiertos que separan al río Negro del río Colorado y así lo hizo DARWIN, acompañado por un inglés vecino de Patagones y cinco nativos (él los llama gauchos en el informe que presentó después), que tenían negocios con el ejército y el joven Darwin pareció sentirse muy a gusto al compartir la vida primitiva de los gauchos. Aprendió a dormir sobre el recado y a pasar la noche a la intemperie, bajo el tolde de las estrellas. Al cabo de unos dos días de viaje, los viajeros llegaron al campamento de “don Juan Manuel.” “El campamento’ del general Rosas —apunta Darwin en su diario de viaje— es un cuadrado formado por carretas, artillería, chozas de paja, etcétera. No hay más que ca­ballería. y pienso que nunca se ha juntado un ejército que se parezca más a una partida de bandoleros. Casi todos los hombres son de raza mezclada: casi todos tienen en las venas sangre negra, india y española. No sé por qué, pero los hombres de tal origen rara vez tienen buena catadura”. En el campamento. Darwin se hospedó en el rancho de un viejo español, quien —según le contó— había estado en Rusia, con el ejército de Napoleón y que removiendo sus recuerdos, podía hablar de las grandes batallas del viejo mundo. Pero la curiosidad de Darwin, se inclinaba por saber más sobre este “Napoleón de las pampas”. De acuerdo a lo que había escuchado, Rosas se le presentaba en la imaginación como un hombre originalísimo y desconcertante. Un gaucho rubio al frente de un ejército de jinetes, que acababa de derrotar y dispersar a indígenas muy belicosos, allí, casi en los confines del mundo conocido. El español que lo hospedaba le contaba inagotables anécdotas de Rosas. Le hablaba de sus grandes estancias y del reglamento férreo con que las gobernaba. De sus peonadas armadas militarmente y convertidas en un ejército. De su humor extravagante. Del ascendiente que tenía sobre los paisanos. De su extraordinaria habilidad como jinete. Cuando Darwin se encontró por fin frente a frente con Rosas, éste le causó una excelente impresión. El inglés debió clavarle sus ojitos de naturalista y después —en su diario de viaie— sintetizó su opinión: “Es un hombre de carácter extraordinario, que ejerce la más profunda influencia sobre sus compatriotas, influencia que sin duda, pondrá al servicio de su país para asegurar su prosperidad y ventura”. Y más adelante dice: “En la conver­sación el general Rosas es entusiasta, pero a la vez está lleno de buen sentido y gravedad, llevada esta última hasta el exceso. . . Mi entrevista terminó sin que se sonriese ni una sola vez”. . . Darwin observó que Rosas “tenia cerca de él dos bufones, como los antiguos señores feudales”. Estos eran negros. Y uno de ellos le contó cómo había sido estaqueado por importunar al general. El relato termina con una sagaz observación del moreno: “Cuando el general se ríe, no perdona a nadie”. Darwin, ya convertido en hábil jinete, viajó a caballo desde el río Colorado hasta Bahía Blanca, a Buenos Aires y a Santa Fe. De vuelta en Buenos Aires, pudo presenciar la revolución tramada contra el gobierno de Balcarce y advirtió que Rosas estaba detrás de aquella trama y así lo anotó en su “Diario”: “Su partido se amaña para probar que ningún gobernador puede permanecer en el poder”. Predijo la dictadura y en 1845, al corregir una nueva edición de su diario de viaje, al pie de la página donde narraba la entrevista con Rosas y la influencia benévola que esperaba de él, agregó esta breve nota: “Los acontecimientos han desmentido cruelmente esta profecía. 1845”.

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