CURIOSIDADES DE LA MARCHA DE BELGRANO HACIA EL PARAGUAY (00/10/1810)

En cumplimiento de la orden de la Junta de Gobierno, el general  MANUEL BELGRANO al mando de una reducida fuerza, se dirigió hacia el Paraguay, con el objeto de lograr su incorporación al movimiento libertario iniciado el 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires. A tales efectos, partió desde San Nicolás y bordeando la costa entrerriana, inició su viaje atravesando nuestra Mesopotamia, realizando una marcha que le deparó a sus hombres, un sinnúmero de hechos sorprendentes (para ellos), algunos de los cuales, consignamos aquí.

Exuberante naturaleza, paisajes agrestes, gentes y costumbres que sorprenden a su tropa,  fueron desplegándose como novedades ante los ojos de los expedicionarios y en ese medio hospitalario, la vocación civilizadora de BELGRANO lo impulsa a fundar  nuevos pueblos. Así surgen “Mandisoví” y “Curuzú Cuatiá” en la provincia de Corrientes,  dos nombres que les traen  otra novedad a los expedicionarios y que ya comenzaba a ser cotidiana: la vigencia del idioma guaraní en esas poblaciones y el aditamento de regionalismos en el castellano al que todos estaban acostumbrados, les acerca esta nueva forma de expresarse, que no deja de sorprendelos: “Curubica” para referirse a los restos desgranados de un pan o una torta, “tereré”  (mate cocido frío), “morotí” (blanca)  y el inefable “zapucay”, un grito característico estridente, mezcla de entusiasta alarido y de reto altanero y corajudo, que llevaba en sus notas la cadencia guaraní.

Tan distinto a todo lo conocido. Tan variadas las costumbres que observan a su paso. Tan alegres, confiadas y hospitalarias sus gentes. Pueblos  expansivos y locuaces,  espontáneos y prontos para manifestarse en la risa fácil, en la ira brusca y en sus cantos,  son testigos del paso de BELGRANO y su tropa, que marchan hacia el norte, viviendo nuevas experiencias y asimilándose a nuevas costumbres.

En las aldeas del camino
En las aldeas y sus alrededores de  toda la  provincia de Corrientes, suscitaban  curiosidad y cierta admiración la recia estampas de los gauchos:  morenos, con larga y renegrida cabellera, de mirada dura ante el desconocido, pero abierto y franco, tras el saludo de protocolo;  mujeres viejas que vendían su mercancía en las calles y caminos, mientras saboreaban sus infaltables cigarros; mozas de tez cobriza y brazos fuertes  curtidos por el sol, cubiertas con el blanco “ tipoy” (vestido indígena),  que llevaban con paso elegante enormes tinajas apoyadas en la cadera o la cesta en equilibrio sobre la cabeza graciosamente erguida.

En los caminos y plazuelas se cruzaban con los lecheros a caballo, las mujeres que ofertaban frutas y verduras; tentadoras desde sus árganas de lienzo, las negras que pregonaban “¡Rica y sabrosa mazamorra! ¡A cinco el plato con miel de caña y bien moroti!” (es decir,  tan blanca como la dentadura que la sonrisa prodigaba, a modo de yapa de la oferta). No faltaba el mate, ni en los pobladores ni en las filas ex­pedicionarias; pero en éstas, pocos sabían que la mente de los nativos, sorbiendo sus bombillas, evocaban la mítica diosa de la yerba, la “Caá-Yari”, que juraban se hallaba en los yerbales y celebraba pactos de amor y fidelidad con sus elegidos. No eran simples relatos. Fueron y siguen siendo concepciones míticas que el paisano no diferencia claramente de la realidad. Por eso, todos confían en el “payé”, amuleto o talismán que procura bienes y evita males, creencia que se vincula con la pluma del  “caburé”, pequeña ave de la familia de las le­chuzas, que trae buena suerte en el amor, y hasta puede tor­nar a su poseedor,  inmune a las balas y aún a la muerte.

Y así, en su larga marcha,  por las selvas del Litorial y del Paraguay, los soldados de BELGRANO,  se fueron adentrando en ese mundo poblado de “poras”, espíritus sutiles de las cosas y de seres míticos como el “Pombero” y el “Yasy-Yateré”, cuyos silbidos y engañosos llamados habrán creído percibir, sin duda, también ellos al adentrarse en esos montes y sus misterios..

Cazando en el Litoral
Las propias necesidades de la tropa del  ejército de BELGRANO, obligado a subsistir con los medios que le brindara la naturaleza,  aunque al principio lo hicieron con cierta reticencia, soldados y oficiales  comenzaron a hacerse duchos en una actividad, que aprendieron de esos gauchos que ya comenzaban a admirar: la boleada de cimarrones en campo abierto, único modo  de reforzar la escasa caballada, o la captura de gamas huidizas, ciervos de los pantanos, o carpinchos, en las proximidades de los cursos de agua, comadrejas en sus cuevas o anguilas en las costas del río, fueron presas que rápidamente aprendieron a cobrar para subsistir.

Y no solo aprendieron a cazar para llevar a su rancho, tuvieron también la oportunidad de mostrar su coraje y habilidad en la captura del tigre que los guaraníes llamaban “yaguareté”,  el mayor félido de América. Con solamente el lazo y el cuchillo, se aventuraban a esta cacería que exige gran destreza y coraje. Muchas veces debieron recurrir a la ayuda de los perros, pues la astucia y velocidad del animal, frustraba todo intento de acercarse, por lo que cansado y acorralado por los perros, se subía a un árbol, donde era más fácil aba  tirlo de un tiro.

Y cuando regresaron de esa campaña, cruzando la Mesopotamia, trajeron como recuerdo de aquellas cacerías, esas hermosas pieles manchadas  que eran la más preciada prenda del apero criollo. Se la usaba para ornamentar los bordes de la carona que sobresalían bajo el cojinillo, o directamente como carona. También trajeron cueros de carpincho o capibara, el mayor roedor del mundo, que se utilizan para cubrir el cojinillo, como sobrepuesto, en los aperos más lujosos.

Cruzando el rio
Frente a Campichuelo, Belgrano decidió atravesar el Paraná y atacar a las fuerzas paraguayas apostadas en la margen este  y para realizar el pasaje,  acudieron en su ayuda con su experiencia y destreza, los paisanos del lugar, hábiles en armar balsas de troncos amarrados con isipós”, una  liana silvestre abundante en esas costas, y diestros en acomodar los pertrechos en unas  llamadas pelotas”. Eran éstas, unas verdaderas pelotas hechas con cuero y rellenas con paja, que se ataban a la cola de los caballos, que cruzando el río, las llevaban hacia la otra orilla, aunque también había hombres que llevando con los dientes un cordel atado a ellas, las llevaban nadando,  cargadas con sus pertrechos, original sistema de transbordo, que fue relatado por el jesuita FLORIAN PAUCKE y otros cronistas  del siglo XVIII, como el franciscano PEDRO JOSÉ DE PARRAS.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.