CRÓNICA DE UNA DICTADURA EN PARAGUAY (11/11/1814)

El 11 de noviembre de 1814, el doctor Gaspar Rodríguez de Francia asumió la presidencia de la República del Paraguay e impone un régimen dictatorial que promete durará solamente tres años, pero nadie cree que abandone graciosamente en ese plazo, los poderes absolutos con que fue investido, ya que en poco tiempo, el misterioso doctor Francia, ha hecho desaparecer a sus rivales e instaurado un régimen de terror que se agudiza día a día.

Después de la declaración de la independencia de la República en 1813, los paraguayos habían elegido a dos cónsules (o candidatos a ejercer el gobierno): Francia y Yegros. El segundo de estos candidatos, un estanciero ignorante, era notoriamente inferior al primero y mientras sus colosales gaffes eran el hazme reír de todos, su astuto contrincante  tejía una red de intrigas para apoderarse del gobierno, sin dejar de lado la ironía y el insulto para descalificarlo: “Consideren —sugería Francia— si ese animal, ese idiota puede gobernar la República…”. En octubre de 1814 se reuníó en Asunción un Congreso integrado por 1.000 diputados, cifra enorme si se tiene en cuenta que la población del Paraguay no llegaba a los 200.000 habitantes. Los delegados provenían de las zonas rurales, donde la popularidad de Francia era indiscutible, y de Asunción, ciudad en la que tenía muchos enemigos en las clases adineradas. La mayor parte de los representantes iba descalza y por supuesto, ignoraba toda la fraseología referente a consulado, dictadura, junta, etc. Resultó fácil a los secuaces del doctor que el “carai” (señor) Francia fuera nombrado dictador absoluto. Música y serenatas celebraron su triunfo.

Apenas consiguió su objetivo de acceder al poder, , Francia se quitó la máscara e implantó un hábil sistema de vigilancia y espionaje que tenía a todo el mundo en vilo, especialmente a los presuntos opositores. Nadie escapaba al control del “Supremo” y se decía que el mejor reconocedor de yerba en Asunción (oficio utilísimo y muy respetado, considerando que la yerba mate era la principal industria del Paraguay), era uno de sus más activos agentes (espías). Un hombre de aspecto humilde, siempre risueño y servicial, fachada que ocultaba una personalidad cruel y rencorosa. Y no sólo se dedicaba a espiar, también cumplía funciones como agitador político al servicio de Francia. Se llegaba a las pulperías y daba largas y encendidas arengas a los parroquianos que encontraba. Recorría las tiendas, almacenes y paseos públicos, siempre con la oreja atenta para captar cualquier crítica, ofensa o simple comentario adverso al gobierno. Pero por cierto, no gozaba de la seguridad que creía merecer y murmuraba entre sus íntimos: “El “caraí” Francia es hombre de muy difícil trato. Tiene muchos otros empleados además de mí y no se quienes son. Si por cualquiera de ellos, yo fuera sorprendido en falsedad o en nada semejante a equivocación, usted sabe cuál sería el resultado para mi”.

Francia se enorgullecía del terror que infundía a sus conciudadanos y los despreciaba a todos ellos. Cuando alguno iba a pedirle algo, lo recibía siempre de pie y escuchaba al peticionante que debía dirigirse a él, agachado y sin alzar la vista, hasta que un perentorio “Bien, retírese ¡!, le indicaba que su tiempo había terminado y debía esperar afuera para saber que había decidido el Supremo acerca de su pedido. Los paseos del dictador por las calles de Asunción  siempre resultaban peligrosos, pero no para él. Eran los transeúntes quienes debían esperar lo peor si por casualidad se cruzaban en su camino. Los guardias que siempre lo acompañaban, no vacilaban en apartar violentamente a quienes estorbaban su paso, sacarle de un manotazo el sombrero a quienes no se descubrían o propinarle un golpe de culata a aquellos infelices que pretendían acercarse para pedir alguna gracia. Pero nada de esto parecía que era de su incumbencia. Ajeno a todo él avanzaba  impertérrito montado en su caballo, con la cabeza inclinada sobre el pecho y una fría expresión inmóvil en sus facciones, ajeno a todo lo que ocurría a su alrrededor. “Nunca vi a Francia de buen talante”, afirmaba un residente francés que lo conocía bien.

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