COMPRA DE ARMAS PARA AFIANZAR LA REVOLUCIÓN (28/05/1810)

Triunfante la Revolución de Mayo de 1810, la Primera Junta de Gobierno se comprobó una alarmante carencia de armas para dotar con ellas a los efectivos que deberán defender la conquista lograda por ese evento y para solucionar el problema, rápidamente, como primera medida, el 28 de mayo de 1810, dispuso una requisa general de todas las armas blancas y de fuego, que estuvieren en poder de los civiles. Paralelamente se consideró necesario poner en marcha dos cursos de acción: disponer una urgente compra de armas en el exterior y encarar decididamente la fabricación de armas y demás material bélico que nos fuere necesario.

En cumplimiento de esta decisión, el 29 de mayo de ese año, el alférez de navío MATÍAS DE IRIGOYEN (1781-1839), viajó a Inglaterra en procura de armamento. En Londres se puso en contacto con el norteamericano David Curtis de Forest (1774-1825), comerciante establecido en Buenos Aires, quien se encargó en nombre del Comisionado de todo lo vinculado con la compra de armas. Irigoyen regresó a Buenos Aires en la nave inglesa “Betsy”, trayendo 1.500 fusiles (un fusil inglés de buena calidad con bayoneta y correa valía entonces 12 pesos).

El 6 de junio de 1811 la Junta envió a Estados Unidos una petición al Presidente James Madison solicitándole armas “para defenderse de sus enemigos y de los ataques contra la libertad”. Fueron enviados para hacer el pedido DIEGO SAAVEDRA, hijo del Presidente de la Junta, y JUAN PEDRO AGUIRRE, quienes viajaron con los nombres supuestos de Pedro López y José Cabrera. En carta personal, SAAVEDRA le escribe a Madison que la misión de su hijo DIEGO y de AGUIRRE era conseguir armas para “combatir a los europeos enemigos de la libertad”. El pedido de armas consistía en 10.000 fusiles, 4.000 carabinas y tercerolas, 2.000 pares de pistolas, 8.000 espadas y sables y un millón de piedras de chispa. Para esta compra se había entregado a los comisionados veinte mil pesos solamente, de los que descontados los gastos de viaje quedaban 11.690 pesos. Ellos pusieron 15.000 pesos de dinero propio y pudieron adquirir solamente 1.000 fusiles y 350.000 piedras de chispa a Stephen Gerard, comerciante de Filadelfia. El permiso de exportación fue acordado por James Monroe, secretario de Estado de Madison y la carga se embarcó en la nave “Liberty”, que arribó a Ensenada en mayo de 1812. El gobierno de los Estados Unidos había autorizado oportunamente la venta de veinte mil fusiles a Gerard, pero los comisionados no recibieron el dinero necesario de Buenos Aires y solamente pudieron adquirir esos mil que trajeron.

El Ministro español ante el gobierno de los Estados Unidos, mandó aviso al virrey ELÍO en Montevideo, poniéndolo sobre aviso de esta gestión de compra de armas en el “país del Norte” y que la noticia de la compra de fusiles estadounidenses llegó a manos del general GOYENECHE, quien en vísperas de la batalla de Salta escribió a su primo, el general  PÍO TRISTÁN: “Famosos son los fusiles americanos, pero deben salir muy costosos: supe que mil y más de éstos habían recibido con mayor número de pistolas y sables”.

Como se puede apreciar, la red de espías realistas funcionaba perfectamente en aquellos tiempos, llegando las noticias rápidamente desde Buenos Aires hasta el Alto Perú. El cónsul norteamericano en Buenos Aires W. G. Miller dice que en Buenos Aires había gran entusiasmo en todas las clases del país por la llegada de esa partida de fusiles y que los Estados Unidos eran con­siderados como los únicos amigos sinceros de su causa. Agrega que “el Gobierno no tiene fondos para adquirir más y no hay gente de fortuna en Buenos Aires, solamente diez personas disponen de ochenta mil pesos cada uno”. La carta del cónsul finaliza con estas palabras: “cómo van a obtener las armas es un interrogante”.

Estados Unidos sería por mucho tiempo el principal proveedor de armamentos de las Provincias del Río de la Plata, expresa RAFAEL M. DEMARÍA en su interesante libro “Historia de las armas de fuego en la Argentina” (1972). También llegaron armas provenientes de Inglaterra, Francia y Alemania, pero siempre Estados Unidos mantuvo el primer lugar como abastecedor de los países sudamericanos en su lucha por la independencia.

La rendición de Montevideo, el 25 de julio de 1814, brindó un importante botín a los patriotas. En esa plaza fueron capturados 8.245 fusiles, 525 tercerolas, 3.000 cañones de fusil, 2.000 llaves, numerosos sables, pistolas y varios centenares de cañones que defendían la plaza. Todo este material necesitaba reparaciones, por lo que fue enviado a la Fábrica de Armas de Buenos Aires, para que se las hiciera allí.

Pero la compra de armas no fue era una  buena solución para el problema que enfrentaban las nuevas autoridades. El alto costo de las mismas, las maniobras especulativas que generó esta necesidad y urgencia de armarnos y los riesgos que la piratería imponía a su transporte desde lugares tan lejanos, estimularon la búsqueda de una solución definitiva para esta necesidad de armas. Por eso llegado el mes de octubre de 1810, el alarife JUAN BAUTISTA SEGISMUNDO trazó los planos de la que sería nuestra primera Fábrica de armamentos. Recordemos aquí, que ya en 1782 se había decidido la creación de talleres para reparar y fabricar armas en Buenos Aires, pero que este proyecto no prosperó y que en 1806, el platero y orfebre italiano JOSÉ BOQUI (1780-1848), natural de Parma que se había radicado en Buenos Aires y que era un hábil mecánico, durante las invasiones inglesas fundió cañones y fabricó un obús de su invención y un aparato que aseguraba la puntería con singular precisión.

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