CÓMO NOS VEÍAN

CÓMO NOS VEÍAN. Fueron numerosos los viajeros, observadores y protagonistas accidentales de nuestra historia, que han dejado sus pareceres e impresiones sobre la Argentina en sus orígenes y su gente. Algunas de ellas están volcadas en este texto, que queda abierto a la colaboración de quienes puedan aportar otros testimonios acerca del mismo tema.

Carta de un prisionero inglés (1806). Uno de los prisioneros ingleses que luego de la derrota sufrida durante la primera invasión a Buenos Aires en 1806, por estar herido, no había sido remitido al interior con el resto de los prisioneros, le envió una carta a otro oficial del ejército británico, que estaba internado en el Valle de Calamuchita, provincia de Catamarca y en ella le decía:

“El viaje fue mejor de lo que esperábamos. Por supuesto que tuvimos que habituarnos a las incomodidades del camino y en especial a recorrer leguas y leguas en las pésimas ca­balgaduras que el gobierno español puso a nuestra disposición. Desde San Antonio de Areco te envié algunas noticias con una tropa de sesenta carretas que llevaba vino de Mendoza a Buenos Aires, pero no sé si habrán llegado a tus ma­nos. “En ese pueblito de Areco pasamos tres meses. El lugar es pintoresco porque está ubicado en una loma con abundantes árboles frutales, tiene una hermosa iglesia de ladrillo y casas prolijamente encaladas. Con tres camaradas alquilamos un antiguo granero de harina que se convirtió en nuestro hogar. Nos las arreglamos para entretenernos bastante, organizando incansablemente nuestros juegos, el cricket y las carreras de caballos y realizando cacerías nocturnas de vizcachas, animalitos que viven cerca del agua y de mulitas, cuya carne es bastante sabrosa. “La gente nos recibió al principio con cierta hostilidad por nuestra doble condición de herejes y extranjeros, pero luego prevaleció su buen natural y hasta los tenderos nos abrían crédito. La población estable es honesta sin ser muy activa, salvo cuando tienen algún incentivo concreto, como, en este caso, atender a las necesidades provocadas por los prisione­ros. Más desconfianza me inspiran los peones errantes o gauchos que nos acompañan cuando nos trasladamos por el desierto. Tienen una mirada torva, pelo largo y renegrido coronado por un pequeño sombrero que les cae sobre la frente y se ata con un barbijo. Todos usan poncho, prenda muy abrigada y útil para la gente pobre y botas de cuero fresco abiertas en los dedos del pie. Ningún árabe puede emular su destreza a caballo. Los días domingos se unen puebleros y peones para asistir a los oficios religiosos en la iglesia. A la tarde, pasan largas horas jugando a la taba o a los naipes y por la noche empiezan las peleas, algunas muy sangrientas y a cuchillo por motivos de juego. “Temeroso el gobierno español de que pudiéramos huir o incorporarnos a las fuerzas británicas que ocupan Montevideo, se dio orden de marchar a las lejanas provincias de arriba. Más de 200 prisioneros formaron un convoy que inició entonces un largo desplazamiento por la llanura. En estas «pampas», un día no se diferencia de otro. Atravesamos una serie de fortines -Salto, Rojas, Melincué, Guardia de la Es­quina, que son defensas contra el indio. Todos son iguales y se componen de algunos ranchos para la tropa, un mirador y uno o dos cañones de hierro, por toda defensa, salvo un profundo foso que rodea el perímetro, cercado con estacas de madera dura. “Para divertirnos durante el interminable trayecto organizamos un “club de los feos”, que se reunía en el centro de nuestras carretas, formadas en círculo, al anochecer. Nuestra alegría contagiosa hizo que los peones nos miraran con menos desconfianza. De ellos aprendimos a comer comidas insólitas, por ejemplo la carne con cuero, que es muy sabrosa porque no pierde “nada de su jugo”. Aunque no lo creas, me he acostumbrado a beber mate. Pienso que si los ingleses no tuviéramos que importar necesariamente el té de las Indias Orientales, apreciaríamos esta bebida excelente para el estómago, especialmente para los nuestros, fatigados de recorrer tantas latitudes y siempre mal alimentados. “Al llegar a las proximidades de Córdoba cambia mucho el paisaje. Hay montañas de regular altura habitadas por cóndores que, según dicen los paisanos, son muy peligrosos pues suelen llevarse prendidos con sus garras a los animales pequeños. Existen signos de mayor número de población y observé que en muchos sitios se tejen ponchos de todos los colores, precios y tamaños posibles. La gente es más industriosa. “De tanto en tanto nos cruzábamos con un grupo de militares que se dirigían la capital del Virreinato para cooperar en su defensa. Sospecho que finalmente nuestra custodia será confiada a indios mansos, que también integran las filas de los ejércitos del rey. “Nuestro destino, por el momento, es el valle de Calamuchita. La residencia que se me ha asignado es el colegio de San Ignacio, un gran edificio cuadrado ubicado en un bello paraje, rodeado de huertas bien cultivadas y de prados. El sitio perteneció a los padres jesuítas, cuya influencia benéfica se advierte en todas estas regiones. Lamentablemente fueron expulsados hace unos cuarenta años por orden del rey de España. Desde entonces sus propiedades pasaron a manos del estado o de particulares y están muy abandonadas. “En San Ignacio las horas transcurren realizando largos paseos por los alrededores, estudiando español con ayuda de un diccionario en los ratos de la siesta y atracándonos de fruta en la huerta. Pero temo que esto acabe pronto: se rumorea que nuestro próximo destino serán las montañas de La Rioja. Se teme que nos fuguemos — como ya lo han hecho algunos compañeros— y por lo tanto se nos envía cada vez más lejos”.

Informe sobre Buenos Aires en el diario “The Times” de Londres. En su edición del 25 de septiembre de 1806, este periódico inglés, publicó el siguiente informe sobre Buenos Aires, que contiene un detallado informe sobre el estado de Buenos Aires y las ventajas que se derivarían de su conquista: “El territorio que ahora constituye la provincia de Buenos Aires se hallaba en un principio sometido al control del virrey del Perú, pero en 1778 fue constituido como gobierno independiente. Esta disposición y el permiso de libre comercio que le fue otorgado el mismo año lo han beneficiado grandemente. En 1791 los comerciantes españoles y también los extranjeros obtuvieron licencia de importación de esclavos negros y herramientas, y pudieron exportar los produc­tos del país. Este aliciente ha contribuido en gran medida al progreso de la agricultura y al crecimiento de la población, y tal es la fertilidad del suelo que, si se mantienen esas sabias medidas, Buenos Aires se transformará en corto tiempo en el granero de Sudamérica. En estas regiones, bendecidas por un clima excepcionalmen­te favorable, la sola Naturaleza, si no se ponen impedi­mentos en su camino, producirá de todo, casi espontá­neamente. La provincia en la que se encuentra Buenos Aires es muy extensa y abunda en fertilísimas tierras cultivadas, cruzadas en todas direcciones por ríos y arroyos, que van a morir al gran río de la- Plata. Las praderas mantienen a millones de vacas, caballos, ovejas y cerdos. Abunda la sal, y no faltan lugares donde los buques y embarcaciones pueden ingresar un cargamento de carne salada para exportación. La pesca en las costas, especialmente la de la ballena y del lobo marino, es muy productiva, lo mismo que la caza en el interior. Algodón, lino y cáñamo son cultivados en muchos distritos, y no faltan algunas minas de oro. En el año 1796 el monto total de las importaciones fue de 2.853.944 pesos. Las- exportaciones en el mismo año fueron: oro acuñado y sin acuñar: 1.425.701 pesos, plata: 2.556.304: los demás productos del país: 1.076.877, lo que hace un total de alrededor de 5 Millones de pesos. Los principales artículos producidos fueron: cueros, sebo y lana. Durante la guerra se produjo una seria paralización del co­mercio y se notó la falta de toda clase de manufacturas europeas, especialmente telas de lino, en cuyo lugar debieron utilizar algodones fabricados en las provincias. También existió una gran demanda de licores espirituosos, la que no pudo ser satisfecha. Las cosas fundamentales necesarias para la vida son aquí tan extraordinariamente baratas, que ello favorece el ocio. Hay aquí numerosas bandas de vagabundos, llamados “gauderios”, parecidos a los gitanos en muchas cosas, si bien no son aficionados al robo. Recorren el país en pequeños grupos, y entretienen a los campesinos cantando baladas de amor, acompañándose con la guitarra. Los paisanos, por su parte, les suministran todo lo que pueden necesitar y el país es tan generoso que sus necesidades son pocas. Para saciar el hambre, sólo precisan capturar alguna res de las muchas que vagan por este territorio… Hace apenas cuarenta años, Buenos Aires era sólo la cuarta ciudad en el Virreinato del Perú, y los ciudadanos no tenían casas de campo: pero ahora no hay en Sudamérica, con la excepción de Lima, ciudad más importante que Buenos Aires, y hay pocas personas en buena posición, que no tengan quintas, y que no cultiven en sus jardines toda clase de frutos y flores. Las damas de Buenos Aires son consideradas las más agradables y hermosas de toda Sudamérica y aunque no igualan a las de Lima en magnificencia, su manera de vestirse y adornarse es no menos agradable y revela un gusto superior. Hay tal abundancia de provisiones y particularmente de carne fresca en Buenos Aires, que frecuentemente se las distribuye gratis entre los pobres. El agua del río es más bien barrosa, pero pronto se clarifica y se hace potable al ser conservada en grandes cubos o vasijas de barro. También hay gran abundancia de pescado… El comercio de esta región, bajo el ordenamiento británico, promete ser sumamente ventajoso para ella, y podría abrir mercados de incalculables ­posibilidades para el consumo de manufacturas británicas. En la medida en que las cargas impuestas a los habitantes sean dísminuidas por el Gobierno británico sus medios de comprar nuestros productos se verán incrementados, y el pueblo, en lugar de permanecer andrajoso e indolente, se hará industrioso, y llegará a la mucha competencia por poseer no sólo las comodidades, sino aun los lujos de la vida.

La Revolución de Mayo vista por un realista. Producidos los sucesos de la agitada semana de Mayo, el subinspector del Real Cuerpo de Artillería de Buenos Aires, FRANCISCO DE ORDUÑA, el 27 de mayo de 1810, envió a las autoridades metropolitanas con sede en Sevilla, un detallado informe acerca de los hechos que llevaron a la deposición de Cisneros y la instalación de la Junta provisional. Después de relatar los acontecimientos que desde mediados de mayo, preludiaron la Revolución, así describe Orduña, el Cabildo abierto del 22 de mayo y los hechos posteriores: “La escena fue bien irregular y sin orden. Allí los abogados, que eran en crecido número, tenían, puede decirse, toda la voz, ayudados de otros miserables sujetos. Después de largo rato trató de votarse, extendiendo en secreto cada individuo su parecer, pero se varió aún esta circunstancia y a proposición de un abogado que allí hacía mucho papel, hubo de leerse en alta voz cada voto. Se me llamó para dar el mío, y consultando sólo a mi honor, el juramento que tengo prestado al soberano y a mis obligaciones, lo extendí en los términos siguientes: ‘España no está perdida, sépase el parecer de las provincias interiores del Virreinato y mientras, siga mandando como hasta entonces el Virrey”. “Apenas se leyó en alto mi voto, me vi al momento insultado por uno de los abogados, tratándome públicamente de loco, porque no fui con las ideas del gran partido. Otros jefes militares veteranos, y algunos prelados que siguieron mi dictamen, fueron también insultados o criticados… De tal congreso, resultó depuesto de su mando el Virrey y arrogadas al Cabildo sus autoridades. En consecuencia, éste declaró que ponía el superior gobierno en manos de una Junta que nombró, por su presidente, al mismo Virrey. “La tarde del 24 se publicó, por bando general, la instalación de la nueva Junta… Aquella misma noche, reunidos los facciosos, en el cuartel del cuerpo urbano de Patricios, convinieron y pusieron en ejecución, ayudados de lo ínfimo de la plebe alucinada, el deshacer la Junta publicada el día anterior y a consecuencia de un escrito que presentaron al Cabildo, forjado por ellos y firmado por los jefes y varios oficiales urbanos, todos naturales de acá y por otros individuos de baja esfera, armados todos, pidiendo a la voz y con amenazas, la deposición del Presidente y Vocales de la Junta. Que se reemplazasen con los que ellos nombraban y así hubo de hacerlo el Cabildo. Desde el dicho día 25 de mayo, somos regidos en esta Capital por la tal Junta, formada por abogados, frailes y otros intrigantes, hijos todos del país y enemigos declarados de los españoles y europeos…

Don Tomás Hogg, distinguido caballeroro inglés que residió en nuestro, país entre 1819 y 1820, escribía a su hija Ana sus impresiones sobre este país diciéndole, entre otras cosas: “Como prometí, expongo mis impresiones en esta primera carta, y como decía en la carta que le mandé de Montevideo, soy más extenso. También como conozco su hábito de querer saber las buenas y malas cualidades de las personas de su sexo que viven en tierras extrañas, empiezo por decir que las mujeres de la buena sociedad de este país son todas de sangre española pura sin mezcla alguna de indios o negros, pero no asi la mayoría de los hombres y las mujeres del bajo pueblo, donde predomina el mulato, “En cuanto a las señoras y niñas de la mejor clase son, a mi juicio y de todo extranjero que vive aquí, como las mejores de cualquier parte en cuanto a carácter dulce, virtud y belleza, sin dejar de ser por esto sumamente joviales y entusiastas de los bailes familiares. “Aunque la instrucción no ha sido puesta a menudo a su alcance, son todas de una rapidez de inteligencia asombrosa, y su benevolencia con los extranjeros que no pueden expresarse bien en español, es algo digno de la más alta admiración. “No estoy contando todo esto como una crítica a la belleza y moral de mis queridas compatriotas, que nunca olvido, pero confieso que a gran distancia, me es más fácil hablar con tanta franqueza. “Con respecto a los caballeros, el asunto cambia, y puedo hablar sin preocupaciones de mi situación geográfica. Bajo mi punto de vista me veo obligado a dividir los hombres de la buena sociedad de este país en dos: los españoles americanos y los españoles europeos, ambos lindos tipos de hombres, varoniles, de finas maneras, de quienes cualquier nación puede estar orgullosa de tenerlos como hijos. “Encuentro que los españoles nacidos en América, son más abiertos de ideas y mejores amigos de los ingleses, pero esto no debe de ser causa de sorpresa después de todos los sucesos pasados en este continente, desde que Inglaterra quiso quitar a España estas provincias. No obstante, nadie puede negarles hidalguía a los españoles europeos, pues los ingleses, sin duda serían más rudos en circunstancias iguales. Nuestra diferencia de religión, es también muy puntualizada por los españoles. “Nobleza, casi no se encuentra en este país y la muy poca que existe son gente de una llaneza tan republicana que jamás ostenta sus títulos y escudos. Esta hidalga delicadeza de esa minoría revela su distinguido origen y profundo amor a la nación que acaban de fundar y cuyo porvenir no puede ser otro que grandioso, si calculamos el futuro, teniendo en cuenta el empobrecimiento indudable y rápido de las tierras del Viejo Mundo. “La ciudad la encuentro sin diferencias a la descripción que hizo de ella Hilson. Muchas incomodidades se encuentran, pero, en honor a la verdad, no peores que las halladas en Portugal y en muchas ciudades de España. Con una oceánica masa de agua a sus pies, es incomprensible en Buenos Aires la falta de agua en la mayoría de las casas y la dificultad que encuentro para conseguir un baño en otra parte que no sea el barroso pero majestuoso rio de la Plata. Es la molestia más grande que he encontrado. “La creencia de muchos ingleses de que todas las casas de Buenos Aires son un vivero de moscas, pulgas y chinches, depende de la clase de gente con quien se vive, y si nos referimos a las clases bajas no seré yo quien podría garantir que existe una libre de piojos. “La casi inexistencia de calles empedradas y el continuo pasar de caballos, ocasiona el placer de encontrarse envuelto en densas nubes de polvo cada vez que uno tiene necesidad de salir a la calle, pero todo esto es olvidado y amortiguado con creces por la interminable y cariñosa hospitalidad de los nativos. “He notado también que existe, tanto en esta ciudad como en Montevideo, una tendencia muy pronunciada a abusar del dulce en las comidas. “Otra cosa que ha llamado mucho mi atención aquí, es ver que los mozos de café no quieren aceptar propinas y he encontrado en esta actitud, una altivez que agrada y que hace pensar que la libertad de gobierno dignifica a los hombres. No creo que esta moda de no aceptar propinas pueda tener una explicación en la escasez de clientes, puesto que he sido testigo de este proceder en el café más concurrido de la ciudad, situada en la plaza Mayor. “Los suburbios de la ciudad, sobre todo la parte Norte, cerca del rio y sobre el camino de una pequeña aldea llamada San Isidro, son muy pintorescos por sus colinas y hermosas vistas al rio de la Plata, es también un cuadro mirar las enormes caravanas de carros tirados por bueyes que vienen del interior cargados de cuero, lana y cebo. Los dueños de estas caravanas y encargados, son generalmente gauchos, hombres vigorosos, sobrios, de tez tostada por el aire caliente de la pampa y que forman la clase superior de la población rural de esta provincia, su trato es alegre y cordial, no así la masa trabajadora , llamada “peones” y formada por el elemento de sangre negra y mestiza, que reúne todas las condiciones más indeseables: sanguinarios, crueles y sucios, no obstante ser mercenarios, son bastante fieles y casi toda la soldadesca se compone de esta clase tan inferior, salvo uno o dos cuerpos de caballería compuestos en total por gauchos de ojo de águila y bravura de león. “La oficialidad del ejército, sobre todo los jefes de alta graduación, son todos hombres blancos, bien preparados para su misión, el coronel Saavedra, por ejemplo, uno de los ídolos de la revolución, es un espléndido hombre, tanto en lo físico como en lo moral e intelectual. El gobernador es otro hombre fino, talentoso y a la altura de su delicado puesto. “Hay también unos pocos oficiales extra n j e r o s ocupando puestos de alguna importancia: tres británicos, un alemán, dos franceses y dos italianos. Uno de esos italianos es el Jefe del Puerto y dice haber vivido algún tiempo en Inglaterra. “El comercio está, en su mayoría, en manos de los españoles europeos y unos pocos franceses y portugueses, pero los británicos están tomando también mucho pie. “Los nativos prefieren dedicarse a la política y a las armas, y también a la Iglesia. “Encuentro que aquí, no es menor la afición a las plantas y loros, que en España. Otra cosa muy agradable y tocante que he observado, es la forma humanitaria con que se trata a los esclavos. He visto más de una vez a una señora respetable y una negra sentadas juntas en el mismo sofá, charlando y cosiendo, si esto no es efecto del republicanismo, se ha exagerado mucho la crueldad española”.

Hasta los chiquilines nos hacían la guerra. En 1820, el caserío perdido en la espesura parecía sólo un borrón en la selva salteña. Las ráfagas de viento traían por momentos bochornoso calor mientras el sol radiante iluminaba el paisaje con trazos vigorosos. Ni un solo hombre se veía por allí. Sólo mujeres, niños y ancianos habitaban el paraje. Los demás, los hombres y los jóvenes fuertes, se ha-bían ido con GÜEMES. De vez en cuando se oía allá a lo lejos, detrás de monte, el rápido galopar de caballos. Los gauchos preparaban la emboscada… Cerca del arroyo está el sendero, que sólo ellos conocen, por el que han de cortar la retirada de la patrulla realista después de atacarla de frente. En las casas ha llegado la hora del mate cocido. Doña Juana tiene en sus faldas a Francisquito, de apenas cuatro años de edad y lo riñe porque “corcovea” ante el brebaje demasiado caliente. El general VALDEZ, jefe de las fuerzas realistas, llega por un atajo y se detiene ante el tierno cuadro… “Es la naturaleza misma, gentes sencillas éstas”…” comenta con su ayudante. Casi se apena de ser el enemigo. Sin embargo, allí vienen con él tres mil hombres aguerridos. Francisquito lo mira: ¡ es el invasor! La madre alcanza a decirle unas palabras al oído y el chicuelo, como luz, monta en pelo en un zaino y parte a la disparada a avisar a los hombres de Güemes la llegada de los “gringos”. Valdez comprende la estratagema. Sabe que en el primer recodo volverá a perder varios de sus hombres. “A este pueblo no lo conquistaremos jamás!” exclama.”Hasta los chiquilines nos hacen la guerra !!”.

Una carta del ingeniero Santiago Bevans (1823) El ingeniero inglés Santiago Bevans llegó a Buenos Aires durante la administración del coronel Martín Rodríguez, quien lo designó ingeniero jefe del Departamento de Ingenieros Hidráulicos que se había creado recientemente por iniciativa de aquel gobernante. Unos meses después de hallarse en Buenos Aires, el 29 de junio de 1823, Bevans dirige una carta a sus hijos – John, de 11 años, y Thomas, de 9 – , que habían quedado estudiando en un colegio de Londres. En esa extensa carta – de la que extraemos los párrafos de mayor interés – el ingeniero Bevans describe características de Buenos Aires y algunas costumbres del país donde reside. Debemos señalar que los subtítulos no aparecen en el original de la carta, y que el ingeniero hidráulico Santiago Bevans (1777-1832) será, con el correr de los años abuelo materno del doctor Carlos Pellegrini, presidente argentino y político de vasta actuación. “Aquí nos sorprendió el hallazgo de familias inglesas, en tal número que no tratamos con otras. Voy aprendiendo muy despacio el español y espero que cuando Uds. vengan aquí lo aprenderán enseguida. El álbum de vistas bonaerenses que teníamos allí es casi perfecto. Las casas de Buenos Aires son amplias, de varios patios, sus paredes de ladrillo, muy gruesas, blanqueadas o enyesadas. Con el criterio inglés sobre edificación, parecerían destinadas a oficinas públicas. Algunas poseen ventanas al frente, con rejas exteriores de hierro. Las habitaciones dan a patios internos y son cómodas. El clima, algo excesivo en el verano, impone la siesta después del almuerzo, siendo esta costumbre tan generalizada que cuando alguien está fuera de su casa y anda por el campo a caballo, ata el animal a un árbol o poste o simplemente lo para y se echa a dormir a la sombra de la planta o de la bestia. Los comercios cierran sus puertas de una a cuatro de la tarde. Durante el verano, las tormentas son continuas y refrescan la atmósfera, pero el calor reaparece pronto, hasta que otra tormenta nos libera de él. Cuando llegamos era el tiempo de las frutillas, que son mucho más grandes que las inglesas, aunque sin su rico sabor. Las naranjas se producen en este país, pero la variedad dulce es escasa y cara. La otra clase es muy abundante y pueden obtenerse 8 ó 9 naranjas por un medio. La fruta más aceptada es el durazno, de los que hay muchos árboles (1) de especies salvajes, apreciados más que por su fruta por su leña, utilizada aquí para quemar y que es traída de las quintas en carretas tiradas por bueyes. No tenemos otro carbón que el de Inglaterra y a precios muy altos. Los habitantes de este país carecían de estufas hasta la llegada de los ingleses, los que las han generalizado en muchas fincas, aunque con algunas dificultades, pues en varios casos los propietarios han exigido su retiro al desocupar la casa. Yo he mandado hacer una estufa para mi salón. Viajando por el interior. “ Mi empleo me obliga a viajar continuamente. Se reirían Uds. al verme salir de casa en un coche arrastrado por cuatro caballos que manejan tres hombres: dos montados en los animales delanteros y el otro, en el pescante. En llegando a una posta, hay que esperar el cambio de las bestias, las que unas veces están sueltas y otras guardadas en un corral. En este último caso, se evita que el encargado del cambio salga al campo y tire el “lazo” (suerte de tirilla de cuero con una argolla en un extremo), sobre la cabeza del animal elegido, repitiendo la operación hasta juntar todos los que necesita. Varias veces he comido en estas postas. La comida es siempre la misma. Cuando llega el carruaje, sale un muchacho corriendo al campo y trae un cordero que ha degollado y desollado en pocos minutos y cuya carne sujeta a un “asador”, que es un hierro clavado en tierra, a poca distancia del fuego, éste se hace con troncos de madera, hojas secas u otro combustible. Cocinada la carne, es servida en una fuente de gran tamaño y la comida es suficiente como para satisfacer el hambre de cuatro o cinco personas. Lo curioso es que el dueño de la posta nunca acepta el pago del almuerzo. En ocasiones, nuestro coche es tirado por seis mulas a la vez, en lugar de los cuatro caballos que generalmente se utilizan, y esto resulta muy divertido. Felizmente, pronto gozaré de más comodidades. Se está construyendo un carruaje suficientemente largo como para que pueda ir yo acostado en su interior. Tengo a mi servicio dos oficiales de policía, que el gobierno ha destinado a ese efecto. Estos oficiales viven en nuestra casa y cuando salgo me siguen y cuidan”.

Nada bueno, no siendo carne (1826). “Buenos Aires es el sitio más despreciable que jamás vi, estoy cierto que me colgaría de un árbol si esta tierra miserable tuviera árboles apropiados…” Así escribía, en 1826, tres meses después de su llegada a estas tierras, John Ponsonby, barón de Imokilly, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Gran Bretaña ante las Provincias Unidas. Y agregaba en otra carta: “… nunca vieron mis ojos país más odioso que Buenos Aires. realmente tiemblo cuando pienso que debo pasar algún tiempo aquí, en esta tierra de polvo y pútridas osamentas… sin caminos, sin casas confortables, sin libros, sin teatro digno de tal nombre… Nada bueno, no siendo carne. Clima detestable, nunca falta polvo o barro con temperaturas que saltan en un día 20º. Además, la jactancia republicana en todo su vigor, intolerable sitio”. Woodbine Parish, en esos momentos destacado en misión diplomática en estas tierras, afectado por la designación de Ponsonby, había escrito que “…un high aristcrata está poco calificado para tratar a los bajísimos demócratas con quienes debemos alternar aquí”. Para calmarlo, se le explicó que no estaba en juicio ´su eficacia y que Ponsonby, pese a sus sesenta años, era un dandy desdeñoso y galante que había atraído el interés de lady Conyngham, amante del rey Jorge IV y que para alejarlo de Londres, se le había buscado un empleo “lo más lejos posible” y que el lugar elegido había sido Buenos Aires. El gobierno inglés se vio obligado a explicarle, que no estaba en tela de juicio la eficacia del mismo Parish, que la designación de Ponsonby se debía a cuestiones meramente “administrativas”. Ocurría que Ponsonby, pese a sus sesenta años, era un dandy desdeñoso y galante que había atraído el interés de lady Conyngham, amante del rey Jorge IV. Para alejarlo de Londres, se le buscó a Ponsonby un empleo “lo más lejos posible” y el lugar elegido fue Buenos Aires. Un documento de lady Salisbury fechado en 1838, afirma que Wellington creía que los celos de Jorge IV impulsaron al rey a pedir al ministro Canning, el alejamiento de su rival y que la necesidad de designarlo ministro extraordinario influyó en el reconocimiento por los ingleses de los Estados hispanoamericanos. Ponsonby fue recibido por Rivadavia el 19 de setiembre de 1826, con guardia de honor y salvas de artillería. Un mes después escribía sobre Rivadavia: “El presidente me hizo recordar a Sancho Panza por su aspecto, pero no es ni la mitad de prudente que nuestro amigo Sancho… Como político carece de muchas de las cualidades necesarias”. Estimó, sin embargo, que Rivadavia era “autor de muchas, beneficiosas y buenas leyes”. Objetivos británicos en el Plata. Aun opinando que la dirección política argentina era mala y la táctica que seguía en la guerra no le permitiría salir de un estancamiento bélico, a pesar del desprecio que le inspiraban los gobernantes, los habitantes y el mismo país. Ponsonby no descuidó los objetivos de su misión, ni la defensa de los intereses británicos en el Plata. Al igual que Parish, abrigaba el mayor entusiasmo por las posibilidades comerciales del país y abogaba por una garantía británica en pro de la libre navegación. El 20 de octubre de 1826, escribía a Canning: “El colono encuentra aquí abundancia de caballos y ganado, una tierra rica y una fácil y constante comunicación con Inglaterra, aquí la religión no solo se tolera sino que se respeta, las personas y la propiedad están tan bien protegidas como las personas y la propiedad de los naturales del país… mediante la industria y la destreza puede acumularse con rapidez una considerable fortuna”. Creyendo posible que el Río de la Plata se poblara con activos británicos, que harían fortuna y crearían una fuerte demanda “que solo puede ser satisfecha y atendida con productos ingleses”, concluía Ponsonby en que “todas las ventajas ya existentes o las que cabe esperar para el futuro, dependen de la seguridad que la navegación del Plata sea libre”. Esta última condición enunciada por Ponsonby, sería uno de los principales objetivos de Gran Bretaña en su política futura en la zona del Plata. En la convención preliminar de paz firmada por García en Río de Janeiro, se impuso el criterio sostenido por Ponsonby al respecto, y en una de las cláusulas establecía la garantía británica de la libre navegación del Plata. Pero el tratado fue denunciado por el gobierno argentino y sólo al firmarse la paz definitiva con el Brasil, en 1828, vuelve a plantearse la posibilidad de reabrir la navegación de los ríos de la cuenca del Plata, aunque se alcance se limita exclusivamente al Brasil. Esta era la primera vez que se permitía a buques extranjeros surcar el Paraná y el Uruguay. No se halló, sin embargo, en ese entonces, la fórmula definitiva a que laude la cláusula, y esta fue letra muerta hasta 1852.

El gaucho visto por un francés (1834). Reproducimos la descripción que, sobre el gaucho uruguayo, incluyó en un informe a su gobierno el cónsul francés en Montevideo, RAYMOND BARADËRE. Dicho informe, redactado en1834, contiene además dos dibujos acuartelados, obras del mismo Baradëre, que ilustran la figura y vestimenta del gaucho y las piezas que componían el recado. “Se designa generalmente con el nombre de gaucho a esa parte de población de la campaña que sólo posee como propio su choza o rancho, su caballo y su silla o recado. Lo más a menudo no tiene absolutamente nada. Tal vez el gaucho sea el más independiente, el más libre y el hombre más feliz de todos los hombres. Es de una completa indiferencia por el porvenir y vive absolutamente al día. Sólo trabaja cuando ha agotado todos sus recursos para proveer a sus necesidades. Entonces se presenta en la primer estancia que encuentra en su camino y se instala allí en virtud del derecho ilimitado de la hospitalidad, que es costumbre en estas tierras, téngase o no necesidad de sus servicios. En tal caso trabaja sin salario (sólo por la comida), hasta que uno de sus camaradas suficientemente provisto de dinero para volver a emprender su vida ociosa, le cede su lugar y pasa a ser rentado. Después de algunos días de trabajo, hace otro tanto y va a reunirse con sus camaradas para seguir su camino errante. Su punto de reunión es por lo común una especie de taberna conocida en el país con el nombre de “pulpería”. Allí establecen su domicilio, pasan el tiempo bebiendo y cantando cielitos, acompañándose con la guitarra y jugando a las cartas. Cuando han gastado todo su dinero, el grupo se disuelve y cada uno emprende de nuevo el camino de las estancias. Pero es raro que tal separación se efectúe sin que tengan lugar numerosas riñas, peleas a cuchillo y sin que se derrame sangre. Los gauchos rara vez se casan, lo que no les impide que tengan mujeres. Si tienen hijos, es raro que los abandonen. En tal caso, construyen una choza o rancho en el primer terreno que encuentran, pero lo más cerca posible de una estancia, donde esperan encontrar trabajo. El gaucho así instalado es muy hospitalario. El mejor lugar de su rancho y el mejor trozo de su asado, son siempre para el huésped. Ël cuida su caballo y lo ata en el lugar donde el pasto es más abundante. Si se da cuenta que el caballo está cansado, le ofrece gustoso el suyo. Afecta el mayor desinterés y jamás acepta el precio de la hospitalidad que se ha recibido.  Pero repito, por una extrañeza inexplicable, ha sucedido varias veces que ha desvalijado a su huésped, el puñal al cuello a sólo algunos centenares de pasos de su casa”.

Diario del viaje del teniente Macckinnon (1847). Entre los numerosos viajeros o residentes ingleses, ya sea comerciantes, diplomáticos, científicos, exploradores, etc., que en el siglo pasado escribieron sobre la  Argentina, existe uno que se destaca por la sencilla hermosura de su relato y la precisa fidelidad con que describe el ambiente físico y humano de la provincia  rioplatense. Hablamos del libro de LAUCLAN BELLINGHAM MACKINNON: “Viaje a caballo por la provincia argentina”, editado en Londres en 1852. De esa obra transcribiremos algunos párrafos que nos permiten apreciar las impresiones y experiencias recogidas por el autor en el viaje que, en 1847, realizó a caballo por las campañas del sur de la provincia de Buenos Aires. “En la primera hora de la tarde divisamos, a lo lejos y en lo alto de una loma, una casa de buena apariencia y decidimos llegarnos allí para pasar la noche. Habitaban la casa un hombre soltero y su hermana, que eran los propietarios de la estancia. Como de costumbre, nos invitaron pasar, ofreciéndonos todo cuanto necesitáramos. La estancia comprendía una legua cuadrada y tenía ganado en abundancia. Como nos hallábamos lejos del lugar donde habíamos comprado los caballos, pensamos que podríamos, sin peligro, dejarlos sueltos, así lo hicimos, pero atamos uno de ellos a soga larga, cerca de la casa. El dueño nos pidió que lleváramos los recados y otros pertrechos a la cocina; era un rancho abierto en sus dos extremos de manera que el viento corría libremente por su interior. En mitad del piso había un espacio cuadrado, como de cuatro pies, formando con huesos de patas de ovejas hundidos en el sueldo y que sobresalían como tres o cuatro pulgadas. Allí ardía un fuego que se alimentaba con leña, yuyos secos, huesos y grasa. A lo largo de la pared había unos postes bajos, como dos pies de altura, sobre los que descansaban estacas sujetas con guascas y cubiertas con un gran cuero de buey. Este aparato  nos sirvió de cama.   Arreglamos nuestros bagajes, y antes de entrarse el sol, salí a dar  vuelta por los alrededores. Encontré hasta doce perros muy grandes, todos pertenecientes a la casa y no fue poca mi sorpresa y al encontrarme también con un indio que, según supe después formaba parte de un grupo llegado de las inmediaciones de Tapalqué  para comprar yeguas destinadas al consumo. La carne ese animal es el alimento preferido de los salvajes y pueden comprarla muy barata, sobre todo tratándose de yeguas viejas, porque los criollos no se sirven de ellas para montar y el gobierno exige una licencia especial para matarlas…”   El asado   “Después de hacer un paseo a pie, que es el mejor descanso cuando se ha viajado mucho a caballo, volví  a la cocina; la dueña de casa se ocupaba en preparar la cena. En el fogón había dos asadores inclinados sobre el fuego con sendos costillares de oveja. Uno a uno iban entrando los huéspedes y las personas de la casa; nosotros nos sentamos cerca del fuego sobre unos trozos de madera para observar cómo se preparaba la comida. La mujer cortó en dos partes un zapallo muy grande colocando las mitades boca abajo sobre la ceniza caliente, asándola con mucha precaución. Por último limpió de cenizas el zapallo con una cuchara de metal y clavó los asadores en el piso, en ángulos opuestos del fogón, de manera que cuatro personas de las que allí estábamos podíamos comer cómodamente de un asador.   Pusieron un poco de agua con sal en un asta de buey y rociaron la carne. Una vela colocada en una botella alumbraba el festín. Cuando todo estuvo listo, sacamos el asado y el zapallo con mucho apetito. Los indios que estaban en sus toldos, muy cerca de ahí, despacharían sin suda esa misma hora uno de sus potros.   Después de comer tomamos mate, bebida tan necesaria a esta gente como el té a los ingleses. En seguida, los dueños de la casa, dándonos las buenas noches, se retiraron a dormir. Los peones se fueron bajo una ramada, al extremo de la casa principal. Nosotros, viéndonos dueños del refectorio, sala de banquetes o cocina, como quería llamársele, pensamos también en descansar. Don José y yo ocupamos la cama de cuero a que me he referido…Los perros, los gatos y hasta los ratones batallaron hasta el amanecer por asegurar posiciones en el dormitorio. El frío, afortunadamente, nos libró de las pulgas, pero los ladridos, gruñidos y chillidos de los animales perturbaron nuestros sueños toda la noche.”

Ese tal MACCKINNON, aparece en otros trabajos, figurando como el Teniente WILLIAM MACKINONN, que parece ser que en realidad fue uno de los muchos oficiales ingleses que formaron en la escuadra de Gran Bretaña cuando ésta, aliada en Francia en 1845, decidió el bloqueo de las costas de la Confederación. Tripulante de la corbeta de vapor “Alecto” fue testigo y protagonista de las acciones en que su buque intervino y luego permaneció durante todo el año 1846 en la zona de operaciones, tiempo en el que registró en su diario de viaje agudas observaciones sobre los hombres y paisajes de la región recorrida. Tampoco escaparon a su análisis las contradicciones planteadas por el conflicto e insiste con frecuencia en su libro, en las ventajas económicas que los súbditos ingleses podrían alcanzar, asegurada la libre navegación por el Paraná y consolidada la paz necesaria para el incremento del comercio. Los aliados de Inglaterra y Francia, sobretodo los combatientes de la plaza sitiada de Montevideo, son acerbamente criticados por Mackinnon. El trozo transcripto contiene alguna de las observaciones recogidas durante su estada en Montevideo antes de viajar a Buenos Aires, a fines de 1846, para emprender luego el regreso a Inglaterra.

Muchas de ellas “quizás,  puedan chocar a los creyentes de una Nueva Troya ideal, al decir del historiador JOSÉ LUIS BUSSANICHE, donde se daban cita todas las virtudes y todos los cruzados de la libertad”. Dice Macckinnon: “En este período, la ciudad de Montevideo se hallaba en un estado de discordia y de caos que superaban todo lo imaginable. Los gobernantes de la ciudad, dependían enteramente de los representantes de las dos naciones más poderosos del mundo. Y, en consecuencia, las autoridades locales estaban dispuestas a lanzar proclamas y a hacer leyes o no hacerlas, a hipotecar rentas, o llevar a cabo cualquier resolución que le fuera ordenada por los dichos gobiernos. Los habitantes de la ciudad estaban divididos en diversos bandos. Primero estaban los exportadores, cuyos negocios en algodón, lana, quincalla, etc., permanecían estancados por las acciones  de guerra. Este bando condenaba la guerra en alta voz como inútil, por el ningún efecto que producia y como ruinosa para ellos. También se lamentaban de que, por la confianza puesta en la intervención armada de Inglaterra, había ampliado el crédito al extremo y por ese motivo perdían grandes sumas de dinero”. “Después venían los abastecedores de los buques. Estos ganaban dinero por la extensa circulación de la moneda de John Bull y estaban cobrando a precios muy excesivos todo lo necesario para la provisión de los buques ingleses y sus tripulaciones y  consideraban que sería una mancha para el honor de Inglaterra al terminar la contienda antes de que fuera depuesto el detestable de ROSAS. Luego venia el gobierno de Montevideo que vociferaba y rugía proclamando un grosero patriotismo, según se  lo ordenaban. Los nativos de la ciudad, eran pocos y todos eran tenderos y dependientes de las casas inglesas, cuyas opiniones nadie tenía en cuenta. El resto de la población estaba formada por vascos, por italianos y negros libertos”.

La Argentina vista por Mantegazza en 1854. Paolo Mantegazaa (1831- 1910), médico, antropólogo,  viajero y humanista italiano, fue un gran amigo de la A rgentina a la que visitó en 1854, 1861 y 1863. Recorrió el interior y escribió numerosas obras sobre nuestras costumbres, flora y fauna y nuestra historia. Se casó con una argentina, Jacoba Tejada. En uno de sus trabajos, expresó: “Yo vi Buenos Aires en 1854, lo vi de nuevo en 1861 y 1863, y mucho me costó reconocer a la misma ciudad, tanto habla progresado. Para nosotros europeos tan tradicionalistas, nos cuesta mucho poder seguir las transformaciones incesantes que plasman y organizan a las jóvenes sociedades americanas. La República Argentina se presentó muy dignamente en la Exposición Universal de París de 1867. Dos grandes industrias llamaban la atención: las lanas y los cueros curtidos. La cuenca del Plata produce hoy tanta cantidad de lana, que sobrepasa la de todas las colonias inglesas de Oceanía y África juntas. Todos los años vienen desde el Plata cien millones de kilos de lana, cantidad que irá creciendo aún rápidamente. Son lanas de ovejas merinas puras, o de merinas mestizas o de carneros indígenas del interior. Estas lanas se colocan en los mercados de los Estados Unidos, Bélgica y Francia, pues Inglaterra prefiere trabajar la lana proveniente de de sus posesiones”.

Invitados en una casa riojana en 1860 “Hacía  tiempo que andábamos con una amigo por Sañogasta, La Rioja, cuando fuimos a dar  a la casa de una antigua familia del lugar, dueña de antigüa finca, única en medio de ubérrimos parrales, inmensos nogales, florecidos  tarcos y bellísimos arboles de sombra y fruto, con el magnífico fondo de las montañas riojanas de coloraciones rojizas y el trajamar que como inmensa sierpe cristalina cruzaba  sus frondas. Los dueños de casa no sabían cómo homenajearnos, cómo hacernos conocer algo de lo “nuestro”, del interior. De este interior tan lejano y desconocido para nosotros los “porteños”, Fue así que fuimos sorprendidas con el afectuoso recibimiento y el magnífico regalo de un menú con el que se nos iba a dar a conocer algunos platos típicos  de la cocina criolla: humita, locro, frangollo, chancaca, manjares y postres.

Y allá fue la dueña de casa a preparar el pan casero, las tortillas, la humita en chala, el sabroso churrasco y el guachalocro……Quisimos ayudar; no nos hacía mucha gracia estar de “señoritos”, sin hacer nada; solo mirando como trabajaban los otros para nosotros. Y mientras en la sombra del gran patio colonial, varias mujeres pelaban nueces de la reciente cosecha, nosotros preparábamos las hojas de chala, dábamos forma a las “guaguas” de masa y entre el amasar y el decir, riendo como jóvenes de otro planeta, deteníamos el tiempo para guardar en la memoria el feliz recuerdo de una “chinita”, que nos servía mate, con azúcar quemada sobre las brasas.

La argentina vista por un periodista francés en 1910. El periodista francés JULES HURET visitó la Argentina en 1910, con motivo de los festejos del Centenario y al año siguiente publicó en París un libro que tituló En Argentina”, en donde describe sus observaciones. “La riqueza fundamental de la Argentina son las tierras de cultivo y las destinadas a la ganadería. La superficie del país es seis veces la de Francia y siendo su tierra  virgen, en muchos sitios valen tanto como las de las provincias agrícolas francesas más ricas. ¿En qué consiste la prosperidad argentina? En la exportación a Europa de unos tres millones de toneladas de trigo vendidas el año pasado a 210 francos la tonelada, dos millones de maíz, a 126 francos, un millón de lino, a 269 francos y 300.000 toneladas de carne congelada, que suman en total unos dos mil millones de francos. A esto hay que agregar las 160.000 toneladas de azúcar de Tucumán, los 3 millones de hectolitros de vino de Men­doza y San Juan, las 300.000 toneladas de madera de quebracho y 55.000 toneladas de tanino, sin menospreciar lo producido por las minas de los Andes y los yacimientos de petróleo que empiezan a descubrirse por todas partes. Pero todo esto es la reserva del porvenir.

En menos de 40 años se ha creado la agricultura actual. Ha cambiado el término medio de sangre española de la población argentina. Desde hace 40 años, una importante inmigración de italianos del norte, piamonteses y lombardos, de ingleses, franceses, alemanes y vascos, ha dotado a la Argentina de brazos laboriosos, de inteligencias activas y de caracteres emprendedores. Ac­tualmente domina la sangre de los italianos. Se trabaja como no se había trabajado nunca y los mismos andaluces y los árabes son arrastrados por la corriente general. Un país de seis millones y medio de habitantes, ha podido, en pocos años, vencer a los Estados Unidos en la  exportación de cereales a Europa. Desde 1908 la Argentina ocupa el primer lugar entre los exportadores de trigo, maíz y lino. Mil millones de oro líquido entran por tales conceptos anualmente en la Argentina.

Una minoría inteligente se agita en el Jockey Club y el Club del Progreso, atenta a los negocios a realizar y las empresas proyectadas. Numerosas familias argentinas ricas viajan a Europa y recorren Francia, Italia, Alemania, Suiza e Inglaterra con sus Panhard. Si os invitan a cenar en sus mansiones veréis que el cocinero es de Perugia, el chauffer, de París, el lacayo, alemán, el pinche de cocina, gallego, las camareras, inglesas o vascas. Por otra parte, nuestro anfitrión, alemán por su padre, argentino por su madre, y casado con una hija de vasco francés y de italiana, tiene en este momento a sus hijos estudiando en las universidades de Cambridge o Heidelberg. En el desfile militar observamos debajo de las gorras de granaderos del Imperio, quepis de Saint- Cyr y gorras aplastadas a lo teutónica, los rostros cetrinos de mestizos de indias y españoles…”.

Cómo nos veían en Italia (1897). En el “Corriere della Sera”, diario de Milán, Italia, se publicaba una sección titulada “Bricciche”, en la que comentaba  en forma amena, hechos raros ocurridos en todas partes del mundo. Pero si la veracidad de estos hechos, es la misma de los que se dicen ocurridos en la República Argentina en el número del 9 de diciembre de 1897, no merecía  gran crédito ni mucha fortuna esta nueva sección del “Corriere”. Veamos. Allí dice: “Los aficionados a los incidentes de viaje harán bien en tener presente el ferrocarril que va desde Jujuy hasta Santa Rosa en la República Argentina. Según el informe oficial publicado por la compañía que explota la línea, a causa de la pésima condición de los rieles, la mayor parte de los trenes acaban por descarrilar en las curvas ó en las bajadas. Pero esto no basta. Cuando enfurecen los ciclones, tan frecuentes en las llanuras argentinas, los trenes sufren  fuertes atrasos que varían entre dos y tres días. Con frecuencia a la llegada ni siquiera se encuentra la estación porque el viento se la ha llevado.

Vale la pena entretenerse en refutar  semejantes afirmaciones?. Ni la línea férrea de Jujuy es de una empresa, ni existe tal informe, ni hay tales descarrilamientos, ni tales ciclones, ni desaparición de estaciones,  ni bajadas ni subidas porque Jujuy no está en las llanuras argentinas. Estas invenciones sólo son superadas por otra que contiene el mismo número en la misma sección y según la cuál,  se ha  establecido entre nosotros, un impuesto para los solteros comprendidos entre los 20 y los 80 años (Extraído de una nota publicada en el diario “La Nación” de Buenos Aires del 5 de enero de 1997).

Cómo nos veían los ingleses (1910). HOPE GIBSON, presidente de la Cámara de Comercio Británico en la Argentina, escribía en 1910 en un mensaje al gobierno de su país: “Les ruego presten mucha atención a lo que está pasando aquí en cuanto al desarrollo manufacturero. Ya sabemos lo rápido que se mueven las cosas en este país”. The South American Year Book  por su parte, también señalaba el progreso económico de la Argentina en sólo veinticinco años: “Hace apenas un cuarto de siglo Argentina ocupaba una posición de relativa oscuridad y sus valiosos recursos naturales yacían dormidos. Luego de una serie de avances prodigiosos la República ha llegado a ubicarse entre las naciones más grandes del mundo mercantil, y está creciendo diariamente hacia una prominencia mayor y despertando nuevos intereses por todas partes”.

El 25 de mayo de 1910, en el número dedicado al centenario, el Diario  La Nación (página 308), comentaba: “Nuestros frigoríficos son empresas colosales, modelos del género y alguno, como el de La Plata, pasa por ser el más importante y perfecto del mundo”.

En 1914, el censo registró la existencia de trece frigoríficos que reunían un capital de m$n 92.990.000, y que tenían una capacidad instalada de 24.287 H.P. (1.868 H.P. por empresa). Nueve de ellos estaban instalados en la Provincia de Buenos Aires, dos en Santa Cruz (a orillas del Río Gallegos y en el Puerto San Julián) y los dos restantes en Capital Federal. Entre los más importantes estaban el River Píate Fresh Meat Co. (1882); Sansinena, La Negra (1883); Las Palmas Produce Co. (1892); La Plata Cold Storage Co. (1902); La Blanca Cold Stora-ge Co. (1902); Smithfield & Argentine Meat Co. (1905); el Frigorífico Argentino (1905), y Armour (c. 1914). El tamaño promedio de ellos puede verse en la cifra de 1.130 empleados por establecimiento. La competitividad internacional de estas firmas queda probada por la expansión espectacular de las exportaciones de carnes congeladas. De un promedio de 600 toneladas anuales entre 1888-1892 se llegan a exportar 370.000 toneladas de carne bovina y 59.000 de carne ovina en 1914. La tasa de expansión de estas exportaciones fue del 28 % anual entre 1888 y 1914, del 21,3 % entre 1900 y 1914 y del 10,3 % entre 1905 y 1914. Las exportaciones de sus productos pasaron del 16 % del total de exportaciones de carnes en 1894 al 87 % en 1914.66 Los molinos harineros también se destacaban por sus exportaciones. Teniendo en cuenta que hacia fines de la década del setenta la Argentina importaba harina, el avance fue espectacular. En 1913 había 408 molinos en el país que tenían un capital invertido de 38,3 millones de pesos oro y empleaban a 5.000 personas. La producción en toneladas de harina y los capitales invertidos (a moneda constante) se expanden al 5,7 % y al 7,5 % anual, respectivamente, entre 1895 y 1914.

En un artículo titulado “Industrias”, Eusebio García, uno de los especialistas argentinos en materia industrial, escribía en 1914: “En el cuadro de los progresos que la República Argentina ha alcanzado en su primer centenario, destácase, con un rasgo de rapidísimo desarrollo, la industria nacional, especialmente la que transforma la materia prima del país”.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.