COMBATE DE CANCHA RAYADA Y DERROTA DEL EJÉRCITO LIBERTADOR (19/3/1818)

COMBATE DE CANCHA RAYADA Y DERROTA DEL EJÉRCITO LIBERTADOR. En los llanos de Cancha Rayada, ya en territorio chileno, refuerzos realistas provenientes del Perú al mando de MARIANO DE OSORIO, derrotan a SAN MARTÍN que al mando de sus tropas se dirigía a Chimbarongo para reunirse con O’HIGGINS. En esa planicie accidentada, con montículos con marcada inclinación hacia el oeste, cruzada por esteros y arroyuelos, matizada por una vegetación de arbustos y cortada por barrancos, tuvo lugar un audaz ataque sorpresivo al Ejército Libertador, sembrando la confusión en las filas patriotas y consiguiendo los españoles desarticular por completo a su enemigo. Por una feliz y desesperada inspiración del general realista, OSORIO, que acorralado por la estrategia de San Martín, estaba encerrado en Talca y obligado a una pronta rendición, durante la noche del día 19 de Marzo de 1818, lanza un ataque por sorpresa, en momentos en que el ejército Libertador realizaba un cambio de posiciones en ese lugar llamado Cancha Rayada. La oscuridad reinante produjo el fatal desbande de las tropas que aún no habían alcanzado las posiciones señaladas, produciéndose así la dispersión de la mayor parte del ejército Libertador de Chile. Sólo la destreza de su Segundo Jefe, el coronel GREGORIO DE LAS HERAS que logró contener la dispersión de su columna y ejecutar con la misma una retirada ordenada para acudir en auxilio de los patriotas sorprendidos, permitió que la derrota no fuera tan determinante, ya que muy poco tiempo después, les fue posible reivindicarse en Maipú. En tan crítica situación, SAN MARTÍN reunido en junta de guerra con sus oficiales, apreciando en un principio, que allí la situación se había vuelto insostenible, desarticuladas sus fuerzas por completo, encomendó el mando al coronel Las Heras para que reuniendo a sus dispersas tropas, se dirigiera en dirección al Norte, mientras él marchaba hacia Chimborongo para reunirse con O’HIGGINS. LAS HERAS, sin pensarlo ni un momento y oyendo sólo la voz de la patria, aceptó tan grande responsabilidad. Una ligera inspección le demostró que la artillería, mandada por Blanco Encalada, no podía servirle, pues no había un solo tres preparado, en cambio, disponía de cinco batallones de infantería intactos, con cincuenta tiros por hombre en las cartucheras. A la sordina hizo saber que tendría pena de vida el que se separase diez pasos de los flanqueadores, ordenó que la artillería tomase la delantera para ponerla en salvo, y él, con la infantería, formada en masa, emprendió una rápida marcha a la una menos cuarto de la madrugada.

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