COLACIÓN DE GRADOS EN LA UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA (1795)

COLACIÓN DE GRADOS EN LA UNIVERSIDAD DE CÓRDOBA. La floreciente vida de la Universidad de Córdoba se exteriorizaba en la pomposa fiesta llamada de la “Colación de grados”. No se omitía medio para solemnizar adecuadamente la consagración de los graduandos de las dos facultades, la de Artes y la de Teología, a las que se agregó más tarde la de Derecho. Fruto de la Universidad, el ritual para otorgar los grados y títulos era esencialmente eclesiástico y simbólico. La institución estimulaba entonces la fantasía del pueblo, con un espectáculo grandioso y pintoresco, que revelaba su importancia social y altísima significación. Y era sobre todo, al otorgarse el grado de doctor en teología cuando la ceremonia tenía mayor realce y resonancia. El día antes de la graduación, como para concitar la curiosidad y preparar el ánimo del pueblo, se comenzaba con el clásico “paseo a caballo”. Los doctores y maestros, revestidos con sus insignias, en su traje talar, concurrían corporativamente a buscar al graduando a su casa, en cuya puerta, bajo dosel, se ostentaba, junto a sus armas, el escudo de la Universidad y se lo llevaba en procesión ecuestre a través de la ciudad. Precedían los músicos, con sus chirimías y atabales y los bedeles, con sus mallas de metal bruñido. Venían luego los portaestandartes, los maestros, los doctores, con sus capirotes y bonetes con borlas y el Cabildo secular de la ciudad. Cerraba la marcha el graduando, con capirote blanco, pero sin bonete, entre el doctor más antiguo y su padrino, luciendo todos, hermosas cabalgaduras. Cuando la procesión pasaba ante la puerta de la casa de la Compañía de Jesús, la comunidad debía salir a saludarla y repicaban las campanas. Después del “paseo” por las principales calles de la ciudad, se dejaba al graduando en su domicilio, hasta el siguiente día. Aquello no era más que el aperitivo de la fiesta pues la “verdadera fiesta” se celebraba en el local de la Compañía, ordinariamente en la iglesia, a la que era llevado otra vez el graduando, con el mismo acompañamiento y caballería de la tarde anterior. En un ‘teatro’ o tablado tomaban asiento las autoridades y doctores de la Universidad. Delante del tablado se alzaba una mesa con tapete y sobre ella, en fuentes o salvillas de plata, se colocaban las insignias doctorales (bonete con borlas, anillo y un ejemplar del “Manual de las sentencias”, de PEDRO LOMBARDO), el libro de los Evangelios, los pares de guantes reglamentarios y las “propinas” (sumas que pagaba el graduando a los miembros de la docta corporación, por su asistencia al acto). Bajo el dosel presidencial resplandecían las armas de la Universidad y el local estaba decorado con ricas y vistosas colgaduras. Habiendo tomado todos, maestros y escolares, posesión de sus respectivos sitios, el doctorando pronunciaba desde la cátedra una elegante y breve oración latina, sobre un tema teológico y le contestaba el graduando. Luego se le tomaba juramento, que debía prestar de rodillas ante los Evangelios y se le ponía en la cabeza el bonete con borla. Por último, acercábase el padrino al graduando, que se arrodillaba a sus pies, le daba un ósculo en la mejilla, le ponía el anillo en el dedo y le entregaba el “Manual de las sentencias”, acompañando cada uno de estos actos con la respectiva y larga fórmula latina. El complemento de la ceremonia, se diría la apoteosis, era la escena de las congratulaciones. Sofocaban al ahora graduado, con sus parabienes y abrazos, los deudos, los compañeros, los amigos. No quedaba ya, cuando la numerosa y selecta concurrencia se ponía en retirada, más que el reparto de los pares de guantes y de las propinas. Cada miembro del claustro tomaba rápidamente de la bandeja los guantes y la moneda que a su grado correspondían, se los echaba a los bolsillos y se marchaba. La fiesta había terminado. En la pacífica ciudad de Córdoba dejaba una impresión de aristocrática y litúrgica pompa. ¡El mundo y la ciencia contaban, desde aquel momento, con nuevos doctores!

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