CHICLANA ESCAPA DE LA PRISIÓN (5/3/1819)

CHICLANA ESCAPA DE LA PRISIÓN. Aunque en 1819 Feliciano Antonio Chiclana tenía 58 años, la edad no era óbice para que persistiera en sus ardores juveniles, capaces de complicarlo en cuanta tremolina se armara en la Buenos Aires de su tiempo. Patricio distinguido de la primera época revolucionaria, los sucesos internos del país lo tuvieron como personaje activo, de primer o segundo plano, pero casi nunca como espectador. Opositor al director Pueyrredon, esta militancia lo había llevado al exilio y la cárcel. En ella se hallaba, precisamente, a comienzos de 1819, cuando fue actor de otro suceso que durante muchas semanas se constituyó en la comidilla popular: su propia fuga de la Guardia de Lujan. A mediados de febrero Chiclana fue puesto en este punto bonaerense, en manos del sargento mayor José María Echauri, por disposición del comandante de Frontera Gregorio Perdriel. Simultáneamente Echauri recibió otro preso, mejor dicho, otra presa: doña Javiera Carrera, y como el pobre sargento mayor carecía de una cárcel propiamente dicha, optó por poner a doña Javiera en el único ambiente decente que había en la fortaleza lujanera, en tanto que a Chiclana lo confinaba en la casa de un vecino, cierto Manuel Abreu. A los pocos días acertó a pasar Perdriel, quien interrogó a Echauri sobre el paradero de ambos presos, y enterado de la situación advirtió que Chiclana debía ser puesto a buen resguardo. Había, en realidad, un calabozo, pero de tales trazas que como el mismo Echauri lo dijo en el sumario posterior, “sólo sirve para los facinerosos”. Conminado por su superior a arreglar la celda, lo hizo parece que en algunos días, y al terminar la tarea ordenó a un cabo a que fuese a buscar a Chiclana para alojarlo convenientemente, según las instrucciones superiores, en el calabozo común. El cabo volvió diciendo que el tal Chiclana no estaba. Es de imaginar la prisa de Echauri en correr hacia la casa de Abreu para verificar la ausencia. La pieza había sido compartida por Chiclana con otro americano, Eugenio Balbastro, quien dijo ignorar donde estaba el prófugo ni cuánto tiempo faltaba. Abreu corroboró la ignorancia de Balbastro. Y diría Echauri en el citado proceso: “Entonces, conociendo malicia en la total negativa de Balbastro, compañero de cuarto, y de Abreu, dueño de la casa, cuando se agrega que estaba lloviendo de un modo que debía privar estar fuera de su casa a un hombre de la avanzada edad de Chiclana. me revestí con expresiones de amenaza para exigirle la verdad, amonestándoles del modo más serio y apuntándoles ideas que aclararen su malicia”. Entre el interrogatorio y las preguntas que anduvo haciendo por el pueblo, Echauri pudo colegir que también faltaba la montura de Chiclana, y a las pocas horas apresó a un “cómplice” del fugado, Tiburcio Cuchille quien tenía en su poder varias cartas de Chiclana a su esposa. También fueron detenidos varios sospechosos, uno de los cuales confesó que Chiclana había estado en su quinta a las cuatro de la tarde, hacía ya varias horas, montando en un caballo y desapareciendo prestamente. Nuevos interrogatorios hicieron contradecirse a Abreu, Cuchille y los demás sospechosos, optando Echauri por ponerlos bajo arresto e incomunicación. De todos modos, nada podía hacerse. A la mañana siguiente regresaban las partidas que presurosamente se habían enviado para perseguir a Chiclana, sin ningún éxito en su misión. Ni por la Guardia de Lobos, ni en el camino a Santa Fe, ni en la ruta de Lujan ni en las estancias vecinas se pudo divisar al prófugo. Acaso se hizo demasiada alharaca sobre el episodio. Porque al mes siguiente, exactamente el 19 de abril, Chiclana era repuesto en su grado de coronel. Llegaban otros tiempos, con la caída de Pueyrredon y la ascensión de Rondeau al gobierno, quien designaría a Chiclana, ese mismo año, para dirigir la campaña contra los indios ranqueles (Extraído de la obra “Cronología Histórica Argentina” de Armando Alonso Piñeiro).

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