CARTAS QUILLOTANAS (00/01/1853)

Son las estocadas polémicas que Alberdi, desde su quinta chilena de Quillota y luego desde Valparaíso, le asestó a Sarmiento en defensa de la política de Urquiza y contra el localismo revolucionario de Buenos Aires, que Sarmiento exaltaba, dando rienda suelta a un “antiurquicismo” tremebundo, proclamado en su “Carta de Yungay” (13 de octubre de1852), y luego en  “Campaña del Ejército Grande” (20 de marzo de1852).

Las cuatro “Cartas Quillotanas” se escribieron en los meses de enero y febrero de 1853 y en ellas, su autor,  punzaba a fondo a Sarmiento, llamándole “gaucho malo” y “caudillo de la prensa”. “Usted habla por heridas abiertas a su ambi­ción o a su amor propio, le decía  Alberdi a su antagonista sanjuanino. “Nada hay común entre su Campaña parásita y la del Ejército Grande”. “En la Campaña de Ud., en vez de amor, hay odio al vencedor de Rosas”. “Su Campaña personal, en vez de ser un diario de las marchas del ejército, es la historia psicológica de sus impresiones de emulación contra el General en Jefe”. “Su Campaña es el proceso de sus miras demagógicas, de su ambición contrariada”. “Otra aspiración llevó Ud. que la de escribir boletines, Ud. aspiraba a dirigir los acontecimientos”. “La disciplina militar no reconoce notabilidades literarias”. “Ud. no es militar; su grado de teniente coronel es gracia que Ud. debió al general Urquiza, antes de dar principio a la Campaña, no después de la batalla”. “Ud. leía por la noche manuales de estrategia francesa y cuando a la mañana siguiente veía Ud. gauchos y no soldados europeos a su alrededor exclamaba: barbarie, atraso, rudeza!”.

El Ejército Grande que obtuvo la gloria de acabar con Rosas, constaba de aliados argentinos, brasileños y orientales. El general Urquiza representaba el elemento argentino… El afán de Ud. en su Campaña, es probar que este elemento fue nulo y secundario, y que el cambio liberal de la República Argentina, fue debido al extranjero. Por quitarlo a Urquiza, da Ud. al Brasil el laurel de la caída de Rosas”. “¿Para qué he escrito las cartas?. No para demoler la reputación de Sarmiento, sino para desarmar a un agitador, para inutilizar sus armas de desorden, dejándole la gloria que adquirió antes, con sus armas de libertad”.

A esto SARMIENTO contestó con las llamadas “Ciento y una”, cinco brulotes reunidos con ese nombre, que enjareta por escrito a ALBERDI. Una retahíla de vociferaciones injuriosas que lesionan, sin duda, las bases en que se asienta el pundonor de los caballeros. ALBERDI, inmutable recibió entre otros, los calificativos de  “tuno”, “ganapán”, “compositor de minuetes”, “templador de pianos”, “abogadillo”, “alma y cara de conejo”, “sólo sabe agrupar pesetas y palabritas”, “esponja de limpiar muebles, que absorbe todas las ideas junto con el lodo”, “ratoncito que roe papeles”, “raquítico jorobado de la civilización”, “entecado que no sabe montar a caballo”, “abate por sus modales”, “saltimbanqui por sus pases magnéticos”, “mujer por la voz”, “conejo por el miedo”, “eunuco por sus aspiraciones políticas”, “conservador-demagogo”, “botarate insignificante”, “Rossini argen­tino”, “músico, periodista, abogado y magnetizador”, “entrometido”, “bodegonero”, “perrito de todas las bodas en política, siempre buscando ir a la segura”, “reo”, “Roberto Macaire de las letras” (legendario asesino y traidor francés del siglo XIV).

Los artículos de Alberdi en “El Mercurio” de Chile eran “huachitos anónimos”, “chilliditos de murciélago”; y su prosa: “fiorituras”, “bagatelilla de aparato”, “oropel y zarandajas”, “telaraña humedecida con la baba de la envidia del hipócrita”.

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