CAMPBELL EL LUGARTENIENTE DE ARTIGAS

El viajero inglés William Parish Robertson, en su obra “Letters on South America”, nos relata cómo alrededor de 1815 conoció  en la provincia de Corrientes a PEDRO CAMPBELL, “el lugarteniente de ARTIGAS”:  «Estando sentado una tarde bajo el corredor de mi casa, vino hasta mi misma silla, a caballo, un hombre alto, huesudo, de aspecto feroz, vestido de gaucho, con un par de pistolas de caballería, un sable metido en una vaina de acero aherrumbrado pendiente de un cinturón sucio de cuero medio curtido, barba y bigotes rubios, el pelo desgreñado, del mismo color, adherido por el sudor y cubierto de polvo.

La cara no sólo estaba quemada por el sol, hasta parecer negra, sino que estaba ampollada hasta los ojos, mientras grandes pedazos de la arrugada piel estaban prontos a desprenderse de sus paspados labios. Llevaba un par de aros sencillos, un sombrero de los que usan los salteadores, un poncho hecho jirones, una chaqueta azul adornada con cinta roja descolorida, un enorme cuchillo en una vaina de suela, un par de botas de potro y espuelas de fierro (sic) aherrumbrado con rodajas de un pie y medio de diámetro. Detrás de este Orlando Furioso,  cabalgaba un jinete a quien llamaba su paje; pero jamás he visto un paje semejante… Eran Mr. Pedro Campbell y su escudero Eduardo, que me fue presentado como compatriota, oriundo de Tipperary».

PEDRO CAMPBELL, irlandés católico, llegó al Río de la Plata como integrante no se sabe si en calidad de soldado o marinero de la expedición inglesa de 1806. Des­pués de la derrota y capitulación de las fuerzas de Gran Bretaña, Campbell abandonó el servicio de esta nación y se dirigió a la provincia de Corrientes. Allí comenzó a trabajar desempeñándose en el oficio que mejor conocía, curtidor de cueros, en el establecimiento de ANGEL FERNÁNDEZ BLANCO.

A poco de llegar, exhibió una notable adaptación al medio físico y social donde debía actuar; adoptó la vestimenta, las armas, el lenguaje y las costumbres de los gauchos, diferenciándose de éstos sólo por sus características físicas que eran las de un europeo nórdico. Después de la revolución de Mayo conoció a Artigas y pronto se convirtió en hombre de su confianza. Al producirse el enfrentamiento entre Artigas y Buenos Aires, Campbell ofreció sus servicios al caudillo oriental y éste le encargó el mando de una flotilla en el río Paraná. Así, el gaucho se convirtió temporariamente en marino e intervino en distintas acciones de guerra.y llevó a efecto muchos hechos audaces. De ese modo se difundió el temor de su nombre, con es­pecialidad en la provincia de Corrientes, llegando en breve a ser hombre formidable y por consecuencia influyente.

Sus proezas personales fueron prodigiosas; no había gaucho alguno que lo aventajara como jinete, ni en la ciencia generalizada en el país a la cual apelaba con frecuencia, de la esgrima con un largo cuchillo en lugar de espada y con un poncho envuelto en el brazo izquierdo a guisa de escudo. Nunca tuvimos noticia de que en sus combates cuerpo a cuerpo hubiera muerto a su contrarío, pero había mu­tilado, herido o inutilizado a muchos, de suerte que nadie se atrevía a pelear con el. Con frecuencia hemos oído que llegaba a una pulpería, o sea almacén de bebidas cuando los filosos cuchillos brillaban a su alrededor y ponían término a la bacanal con la muerte de uno o dos de los concurren­tes.

La entrada de don Pedro y su dominio de toda oposición con su poncho envuelto en el brazo Izquierdo y con el sable en la diestra, dando cortes y mandobles en todo sentido, aunque sin herir sino a aquellos que se le oponían, bastaba para que los gauchos asesinos se amilanaran, cesara el entrevero, ante la presencia del vigoroso gaucho irlandés de pelo colorado. Se carecía entonces de justicia bastante poderosa y vigilante para tomar conoci­miento de tales hechos. Los cuerpos de los que se mataban en las pulperías eran conducidos a la puerta de la iglesia y allí quedaban hasta que se pagaban los derechos de sepultura, sin cuya función preliminar no era posible tener en Corrientes un entierro decente, más de lo que sería posible obtenerlo en Londres.

Así, pues, don Pedro Campbell era tal como lo he descrlpto y en la época en que se me presentó era temido por los gauchos, admirado por los estancieros y respetado por los habitantes en general. Como gozaba de la confianza de Artigas, unía a sus títulos personales la deferencia, el conocido favor y el patronato de aquel cabecilla omnipotente y sin ley (!), por lo cual era, sin duda alguna, persona temible como enemigo y digna de ser cultivada como amigo, en tiempos de subversión”.

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