CABALLOS CIMARRONES (1541)

El caballo “cimarrón”, o sea el que descendía de los caballos domésticos traídos por PEDRO DE MENDOZA y otros conquistadores españoles, y que fueron abandonados a su libre albedrío en estas tierras, vivía en las pampas del mediodía del Río de la Plata, formando  grandes manadas, cuyo número llegaba a ser enorme. Se diferencia del caballo doméstico en que no era tan hermoso y lógicamente tan cuidado, pero era igual a éste, en cuanto a tamaño,  fuerza y resistencia. Tenía la cabeza y las patas más gruesas y el cuello y las orejas más largas; su color natural era pardo, pero los había también de pelo negro, pero eran muy raros. Por instinto, eran dañinos, porque destruían  los pastos y atacaba con frecuencia al caballo doméstico, tratando de arrastrarlo con él hacia los montes para incorporarlo a su manada. Para lograrlo, cuando veía a un caballo doméstico, corría hacia él, lo saludaba con su relincho, lo acariciaba  con los belfos y con muy buenas maneras, poco a poco, lo iba conduciendo sin resistencia,  para incorporarlo a su manada. A veces, cuando se topaban con una tropilla que era arreada por un grupo de hombres,  se presentaban en gran número, marchando lo mismo que los indios, uno detrás de otro; formaban con su fila continuada un gran círculo alrededor del conductor de caballos, quien se veía en apuros para atemorizarlos, tratando de impedir que se llevaran alguno de sus animales. Tenía  por costumbre, durante el día, ir a ciegas, a la disparada por los campos, pero de noche se quedaba muy quieto, durmiendo siempre de pie.

En la carne del cimarrón y especialmente en la de yegua y potro, encontraban los indios un buen alimento, única utilidad que les prestaba este animal al comienzo de su presencia en estas tierras, porque raras veces lo domesticaban. Los españoles hacían uso solamente de las yeguas bien gordas, para encender con su grasa el fuego del campamento.

Toda vez que se quería aprehender uno de estos animales para faenarlo, varios hombres montados se le acercaban y le echaban lazos, hasta enredarle las patas; después de caído lo agarrotaban bien y lo llevaban atado con una cuerda muy fuerte, de veinte metros de largo. Lo domaban muy raras veces; pero, en caso de hacerlo, lo ataban previamente a una estaca, donde lo tenían sin darle alimento ni agua durante tres días, y después de castrarlo, lo montaban.

El caballo cimarrón influyó poderosamente en los primeros tiempos de la vida en las tierras recién colonizadas por España y sin su presencia, JUAN DE GARAY no hubiese obtenido la gloria de repoblar a Buenos Aires y esto se explica porque para ello, no bastaba el genio emprendedor de Garay, que tuvo la idea de abrir puertas a la tierra sino que fue necesario que algún otro interés personal halagase a los que le acompañaban para asegurar su colaboración en tamaña empresa.

Es sabido que en estas regiones no había minas de metales preciosos para explotar. El fracaso de la expedición de Mendoza hacía que los ánimos decayeran al no visualizarse un futuro de riqueza y buen vivir para los conquistadores y por otra parte, las indiadas y las tierras sin cultivar no ofrecían grandes atractivos a tan arriesgada empresa. Era necesario que alguna otra cosa convirtiese estas comarcas en tierra de promisión, para los primeros pobladores y este problema que fue resuelto por Garay, ofreciéndoles en compensación los caballos cimarrones, bien que tenía en gran cantidad a su disposición.

Los cimarrones son motivo de una disputa judicial.
El beneficio que llegaron a obtener los compañeros de Garay de estos animales, fue tan grande, que pronto el Adelantado JUAN DE TORRES DE VERA, les disputase la prerrogativa tan justamente adquirida, obligando a los vecinos a acudir a la Audiencia de Charcas, por intermedio de los procuradores de la ciudad PEDRO SÁNCHEZ DE LUQUE y GASPAR DE QUEVEDO, para “entablar demanda contra el citado Adelantado, por haberse permitido pregonar y traer en venta todas las yeguas y caballos cimarrones que poseían, tomándolos para sí en remate, por la suma de treinta mil pesos, pretendiendo que esa hacienda pertenecía al real patrimonio, siendo que ellos, los vecinos, eran los legítimos poseedores de dichos animales en virtud de una condición cumplida por GARAY y haber tenido mucho trabajo para enlazar y cazar los potros que tenía en la población”.

La protesta de los vecinos de Buenos Aires, contra ese acto que consideraban “como una usurpación”, encontró eco favorable en el seno del tribunal de Charcas, quien dictó dos “Provisiones reales”: una de fecha 12 de agosto de 1587 y otra de 30 de septiembre de 1591, ordenando al citado Adelantado “no tomar los caballos cimarrones que los pobladores tuviesen en su poder, ni impedirles de manera alguna la caza de ellos, bajo apercibimiento de dos mil pesos oro de multa, en benefiio de la Cámara y de que, si en caso no cumpliese con lo mandado, enviarían desde la Corte de Charcas, una persona con sueldo y salario a su costa, para hacerle cumplir o ejecutar en su persona, la dicha pena”

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