BUENOS AIRES SE TRANSFORMA (1580-1914)

Desde aquel lejano 11 de junio de 1580, el antigüo y precario poblamiento que JUAN DE GARAY fundara ese día, hasta el año del Centenario de la Revolución de Mayo, que nos declaró libres e independicntes, pasaron  trescientos treinta  años y durante ese lapso,  la ciudad de la “Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre”,  hoy la ciudad autónoma de Buenos Aires, ha sufrido una curiosa evolución que incluye períodos de peligrosos e incomprensible estancamiento, hasta vertiginosos saltos que la ubicaron como la “París de América”. Testigos de esa transformación fueron numerosos, exploradores, viajeros, observadores y “curiosos” que dejaron escritas sus impresiones en textos que hoy nos sirven para desarrollar en forma cronológica  (bastante  precariamente e incompleta, lo reconocemos), este testimonio de esa trasnformación.

1605
Primer Empadronamiento de la ciudad de Buenos Aires. Arroja que en  Buenos Aires hay 1.100 habitantes.

Carta del Padre Carlos Gervasoni al Padre Comini de la Compañía de Jesús. Buenos Aires, el 9 de junio de 1729, publicada en el Nº 30 de L.a Revista de Buenos Aires).
«Las casas son fabricadas todas sobre el terreno plano, y ahora la mayor parte de ladrillos. Quedan todavía muchas fabricadas de tierra y cubiertas de paja, habitadas aún por personas principales: entre ellas,  el señor Obispo (su casa es de adobe con techo de teja). Nuestro Colegio podría figurar decorosamente en cualquier lugar de Europa, hecho todo de bóveda maciza, de dos pisos y bien grande.

La iglesia también es soberbia, hecha a la romana, con cúpula y cinco capillas a cada lado, sin contar las tres grandes que están a los lados de la cúpula. En las ventanas, que no dan a la calle sino sobre los patios, usan talco, de que hay minas. En las que dan a la calle,  ni yo ni nadie tenemos otro reparo contra el viento,  que las tinieblas. No se encuentran vidrios a no ser que se traigan de Europa. Han hallado cierta piedra transparente, que convirtiéndola en láminas, da la misma luz que el papol encerado y tal vez más clara aún (quizás se refería a la mica). En estos momentos se está haciendo la bóveda de toda la nave, bajo la superintendencia del hermano Primoli, un milanés de la provincia romana, que vino en la misión pasada. Es éste un hermano incomparable, infatigable. Él es el arquitecto, el intendente, el albañil y tiene necesariamente que ser así, porque los españoles no entienden jota, y entregados a hacer buena bolsa, todo lo demás les importa bien poco.

Nuestra Iglesia es concurridísima, viviendo aquí los nuestros con una edificación y observancia extraordinarias. El culto divino es llevado con gran decoro. Las señoras,  aquí traen consigo una o dos esclavas negras con un tapiz floreado, que les sirve de alfombra, donde se arrodillan durante los ejercicios..

1738
En Buenos Aires, incluyendo la campaña,  se registra una población de  4.436 habitantes españoles y 455 entre negros, indios y castas.

1744
Un Empadronamiento establece una población compuesta por  10.056 blancos, (6.055 en la campaña); 188 aborígenes (431 en la campaña); 99 mestizos (627 en la campaña); 1.150 negros (3.837 en la campaña); 330 mulatos (2997 en la campaña); 221 pardos (Ordenado por Domingo Ortíz de Rozas, Gobernador de Buenos Aires),.

1769
Demarcación de la ciudad. Durante este año, se demarcaron los nuevos límites dentro de la aldea que era Buenos Aires. Hasta entonces, el casco fundacional de 1580 se había dividido en solares. La pequeña ciudad había crecido y ya contaba con veinte mil habitantes. Era tiempo entonces de organizar mejor su planta. «La ciudad quedó dividida en seis parroquias: Catedral, San Nicolás, Socorro, Piedad, Montser 84rat y Concepción y los límites parroquiales alcanzaban las actuales calles Viamonte, Estados Unidos, Salta y Libertad y por supuesto, el Río de la Plata. Y  ¿por qué parroquias?. En aquella época, las referencias para ubicar personas o lugares, eran las Iglesias. “Soy vecino de la parroquia de Montserrat”, decía la gente para ubicarse”.

1770
Censo dispuesto por CONCOLORCORVO. Determina la presencia de 21.065 personas habitando en la ciudad de Buenos Aires, excluyendo a los religiosos, monjas, huérfanos, presos, soldados, etc. Que no se incluyen en el mismo (si se los tiene en cuenta esa cifra ascendería a 22.007 habitantes

1773
La cuarta ciudad del virreinato. Esta ciudad está situada al oeste del gran Río de la Plata, y me parece se puede contar por la cuarta del gran gobierno del Perú, dando el primer lugar a Lima, el segundo al Cuzco, el tercero a Santiago de Chile y a ésta el cuarto. Las dos primeras exceden en adorijos de iglesias y edificios a las otras dos. La de mi asunto se adelantó muchísimo en extensión y edificios desde el año 1749, que estuve en ella. Entonces no sabían el nombre de quintas, ni conocían más fruta que los duraznos. Hoy no hay hombre de medianas conveniencias que no tenga su quinta con variedad de frutas, verduras y flores, que promovieron algunos hortelanos europeos, con el principal fin de criar bosques de duraznos, que sirven para leña, de que carecía en extremo la ciudad, sirviéndose por lo común de cardos, de que abunda la campaña, con notable fastidio de los cocineros, que toleraban su mucho humo; pero ya al presente se conduce a la ciudad mucha leña en rajas, que traen las lanchas de la parte occidental del Paraná, y muchas carretas que entran de los montezuelos de las Conchas

Hay pocas casas altas, pero unas v otras bastante desahogadas y muchas bien edificadas, con buenos muebles, que hacen traer de la rica madera del Janeiro por la Colonia del Sacramento. Algunas tienen grandes y coposas parras en sus patios y traspatios, que aseguran los habitantes, así europeos como criollos, que producen muchas y buenas uvas. Este adorno es únicamente propio de las casas de campaña, y aún de ésta se desterró de los colonos pulidos, por la multitud de animalitos perjudiciales que se crían en ellas y se comunican a las casas.

En las ciudades y poblaciones grandes, además de aquel perjuicio superior al fruto que dan, se puede fácilmente experimentar otro de peores consecuencias, porque, las parras bien cultivadas, crían, un tronco grueso, tortuoso y con muchos nudos, que facilitan el ascenso a los techos con buen descenso a los patios de la propia casa, de que se pueden aprovechar fácilmente los criados para sus insultos. Su extensión es de veintidós cuadras comunes, tanto de norte a sur como de este a oeste. Hombres v mujeres se visten como los españoles europeos, y lo propio sucede desde Montevideo a la ciudad de Jujuy, con más o menos pulidez.

Las mujeres en esta ciudad y en mi concepto, son las más pulidas de todas las americanas españolas, y comparables a las sevillanas, pues aunque no tienen tanto chiste, pronuncian el castellano con más pureza. He visto saraos en que asistieron ochenta, vestidas y peinadas a la moda, diestras en la danza francesa y española, y sin embargo de que su vestido no es comparable en lo costoso al de Lima y demás del Perú, es muy agradable por su compostura y aliño.

Toda la gente común y la mayor parte de las señoras principales no dan utilidad alguna a los sastres, porque ellas cortan, cosen y aderezan sus batas y andrieles con perfección, porque son ingeniosas y delicadas costureras, y sin perjuicio de otras muchas que oí ponderar en Buenos Aires, de gran habilidad, observé por muchos días el gran arte, discreción y talento de la hermosa v fecunda española doña Gracia Ana, por haberla visto imitar las mejores costuras y bordados que se le presentaban de España y Francia. Las de medianos posibles, y aun las pobres, que no quiero llamarlas de segunda y tercera clase, porque no se enojen, no solamente se hacen y pulen sus vestidos, sino los de sus maridos, hijos v hermanos, principalmente si son de Tornay, como ellas se explican, con otras granjerias de lavar y almidonar, por medio de algunos de sus esclavos. Los hombres son circunspectos y de buenos ingenios.

Esta ciudad está bien situada v delineada a la moderna, dividida en cuadras iguales y sus calles de igual v regular ancho, pero se hace intransitable a pie en tiempo de aguas, porque las grandes carretas que conducen los bastimentos y otros materiales, hacen unas excavaciones en medio de ellas en que se atascan hasta los caballos e impiden el tránsito hasta a los de a pie, principalmente el de una cuadra a otra, obligando a retroceder a la gente, y muchas veces a quedarse sin misa cuando se ven precisados a atravesar la calle…

La plaza es imperfecta y sólo la acera del Cabildo tiene por­tales. En ella está la cárcel y oficios de escribanos y el alguacil mayor vive en los altos. Este Cabildo tiene el privilegio de que cuando va al Fuerte a sacar al gobernador para las fiestas de tabla, se le hacen los honores de teniente general, dentro del Fuerte, adonde está la guardia del gobernador. Todo el fuerte está rodeado de un pozo bien profundo y se entra en el por puentes levadizos. La casa es fuerte y grande, y en su patio principal están las cajas reales. Por la parte del río tienen sus paredes una elevación grande, para igualar el piso con el barranco que defiende al río.

La catedral es actualmente una Capilla bien estrecha. Se está haciendo un templo muy grande y fuerte, y aunque se consiga su conclusión, no creo verán los nacidos el adorno correspondiente, porque el obispado es pobre y las canonjías no pasan de un mil pesos, como el mayor de los curatos. Las demás iglesias y monasterios tienen una decencia muy común y ordinaria. Hay muy buenos caudales de comerciantes, y aun en las calles más remotas se ven tiendas de ropas, que creo que habrá cuatro veces más que en Lima, pero todas ellas no importan tanto como cuatro de las mayores de esta ciudad, porque los comerciantes gruesos tienen sus almacenes, con que proveen a todo el Tucumán y algo más.

La carne está en tanta abundancia que se lleva en cuartos a carretadas a la plaza, y si por accidente se resbala, como he visto yo, un cuarto entero, no se baja el carretero a recogerle, aunque se le advierta, y aunque por casualidad pase un mendigo, no le lleva a su casa porque no le cueste el trabajo de cargarlo. A la oración se da muchas veces carne de balde, como en los mataderos, porque todos los días se matan muchas reses más de las que necesita el pueblo, sólo por el interés del cuero.

Todos los perros, que son muchísimos, sin distinción de amos, están tan gordos, que apenas se pueden mover, y los ratones salen de noche por las calles a tomar el fresco en competentes destacamentos, porque en la casa más pobre les sobra la carne, y también se mantienen de huevos y pollos, que entran con mucha abundancia de los vecinos pagos. Las gallinas y capones, se venden, en junto, a dos reales, los pavos muy grandes a cuatro, las perdices a seis y ocho por un real y el mejor cordero se da por dos reales…

Se hace la pesca en carretas, que tiran los bueyes hasta que les da el agua a los pechos, y así se mantienen aquellos pacíficos animales dos y tres horas, hasta que el carretero se cansa de pescar y vuelve a la plaza, en donde le vende desde su carreta al precio que puede, que siempre es ínfimo. .No creo que pasen de diez y seis los coches que hay en la ciudad. En otro tiempo, y cuando había menos, traían las mulas del campo y las metían en sus casas a la estaca, sin darles de comer, hasta que, de rendidas, no podían trabajar, y mandaban traer otras. Hoy día se han dedicado a sembrar alcacer, que traen a la ciudad con algunas cargas de heno para las caballerías, que se mantienen muy mal, a excepción de las de algunos pocos sujetos, que hacen acopio de alguna paja y cebada de las próximas campañas (extraído de ”El Lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima”,  Alonso Carrió de la Vandera (Concolocorvo), Guijón, España, 1773

1779
Población:  24. 206 habitantes

1801
Población: 40.000 habitantes

1806
Carta de un prisionero inglés Uno de los prisioneros ingleses que luego de la derrota sufrida durante la primera invasión a Buenos Aires en 1806, por estar herido, no había sido remitido al interior con el resto de los prisioneros, le envió una carta a otro oficial del ejército británico, que estaba internado en el Valle de Calamuchita, provincia de Catamarca y en ella le decía:

«El viaje fue mejor de lo que esperábamos. Por supuesto que tuvimos que habituarnos a las incomodidades del camino y en especial a recorrer leguas y leguas en las pésimas ca­balgaduras que el gobierno español puso a nuestra disposición. Desde San Antonio de Areco te envié algunas noticias con una tropa de sesenta carretas que llevaba vino de Mendoza a Buenos Aires, pero no sé si habrán llegado a tus manos.

«En ese pueblito de Areco pasamos tres meses. El lugar es pintoresco porque está ubicado en una loma con abundantes árboles frutales, tiene una hermosa iglesia de ladrillo y casas prolijamente encaladas. Con tres camaradas alquilamos un antiguo granero de harina que se convirtió en nuestro hogar. Nos las arreglamos para entretenernos bastante, organizando incansablemente nuestros juegos, el cricket y las carreras de caballos y realizando cacerías nocturnas de vizcachas, animalitos que viven cerca del agua y de mulitas, cuya carne es bastante sabrosa.

 «La gente nos recibió al principio con cierta hostilidad por nuestra doble condición de herejes y extranjeros, pero luego prevaleció su buen natural y hasta los tenderos nos abrían crédito. La población estable es honesta sin ser muy activa, salvo cuando tienen algún incentivo concreto, como, en este caso, atender a las necesidades provocadas por los prisioneros.

Más desconfianza me inspiran los peones errantes o gauchos que nos acompañan cuando nos trasladamos por el desierto. Tienen una mirada torva, pelo largo y renegrido coronado por un pequeño sombrero que les cae sobre la frente y se ata con un barbijo. Todos usan poncho, prenda muy abrigada y útil para la gente pobre y botas de cuero fresco abiertas en los dedos del pie. Ningún árabe puede emular su destreza a caballo. Los días domingos se unen puebleros y peones para asistir a los oficios religiosos en la iglesia. A la tarde, pasan largas horas jugando a la taba o a los naipes y por la noche empiezan las peleas, algunas muy sangrientas y a cuchillo por motivos de juego.

«Temeroso el gobierno español de que pudiéramos huir o incorporarnos a las fuerzas británicas que ocupan Montevideo, se dio orden de marchar a las lejanas provincias de arriba. Más de 200 prisioneros formaron un convoy que inició entonces un largo desplazamiento por la llanura. En estas «pampas», un día no se diferencia de otro. Atravesamos una serie de fortines -Salto, Rojas, Melincué, Guardia de la Esquina, que son defensas contra el indio. Todos son iguales y se componen de algunos ranchos para la tropa, un mirador y uno o dos cañones de hierro, por toda defensa, salvo un profundo foso que rodea el perímetro, cercado con estacas de madera dura. «Para divertirnos durante el interminable trayecto organizamos un “club de los feos”, que se reunía en el centro de nuestras carretas, formadas en círculo, al anochecer. Nuestra alegría contagiosa hizo que los peones nos miraran con menos desconfianza.

De ellos aprendimos a comer comidas insólitas, por ejemplo la carne con cuero, que es muy sabrosa porque no pierde «nada de su jugo”. Aunque no lo creas, me he acostumbrado a beber mate. Pienso que si los ingleses no tuviéramos que importar necesariamente el té de las Indias Orientales, apreciaríamos esta bebida excelente para el estómago, especialmente para los nuestros, fatigados de recorrer tantas latitudes y siempre mal alimentados. «Al llegar a las proximidades de Córdoba cambia mucho el paisaje. Hay montañas de regular altura habitadas por cóndores que, según dicen los paisanos, son muy peligrosos pues suelen llevarse prendidos con sus garras a los animales pequeños.

Existen signos de mayor número de población y observé que en muchos sitios se tejen ponchos de todos los colores, precios y tamaños posibles. La gente es más industriosa. «De tanto en tanto nos cruzábamos con un grupo de militares que se dirigían la capital del Virreinato para cooperar en su defensa. Sospecho que finalmente nuestra custodia será confiada a indios mansos, que también integran las filas de los ejércitos del rey. «Nuestro destino, por el momento, es el valle de Calamuchita.

La residencia que se me ha asignado es el colegio de San Ignacio, un gran edificio cuadrado ubicado en un bello paraje, rodeado de huertas bien cultivadas y de prados. El sitio perteneció a los padres jesuítas, cuya influencia benéfica se advierte en todas estas regiones. Lamentablemente fueron expulsados hace unos cuarenta años por orden del rey de España. Desde entonces sus propiedades pasaron a manos del estado o de particulares y están muy abandonadas. «En San Ignacio las horas transcurren realizando largos paseos por los alrededores, estudiando español con ayuda de un diccionario en los ratos de la siesta y atracándonos de fruta en la huerta. Pero temo que esto acabe pronto: se rumorea que nuestro próximo destino serán las montañas de La Rioja. Se teme que nos fuguemos — como ya lo han hecho algunos compañeros— y por lo tanto se nos envía cada vez más lejos”.

1806
Informe sobre Buenos Aires en el diario “The Times” de Londres. En su edición del 25 de septiembre de 1806, este periódico inglés, publicó el siguiente informe sobre Buenos Aires, que contiene un detallado informe sobre el estado de Buenos Aires y las ventajas que se derivarían de su conquista: “El territorio que ahora constituye la provincia de Buenos Aires se hallaba en un principio sometido al control del virrey del Perú, pero en 1778 fue constituido como gobierno independiente. Esta disposición y el permiso de libre comercio que le fue otorgado el mismo año lo han beneficiado grandemente.

En 1791 los comerciantes españoles y también los extranjeros obtuvieron licencia de importación de esclavos negros y herramientas, y pudieron exportar los produc­tos del país. Este aliciente ha contribuido en gran medida al progreso de la agricultura y al crecimiento de la población, y tal es la fertilidad del suelo que, si se mantienen esas sabias medidas, Buenos Aires se transformará en corto tiempo en el granero de Sudamérica. En estas regiones, bendecidas por un clima excepcionalmente favorable, la sola Naturaleza, si no se ponen impedimentos en su camino, producirá de todo, casi espontá­neamente.

La provincia en la que se encuentra Buenos Aires es muy extensa y abunda en fertilísimas tierras cultivadas, cruzadas en todas direcciones por ríos y arroyos, que van a morir al gran río de la- Plata. Las praderas mantienen a millones de vacas, caballos, ovejas y cerdos. Abunda la sal, y no faltan lugares donde los buques y embarcaciones pueden ingresar un cargamento de carne salada para exportación. La pesca en las costas, especialmente la de la ballena y del lobo marino, es muy productiva, lo mismo que la caza en el interior. Algodón, lino y cáñamo son cultivados en muchos distritos, y no faltan algunas minas de oro.

En el año 1796 el monto total de las importaciones fue de 2.853.944 pesos. Las- exportaciones en el mismo año fueron: oro acuñado y sin acuñar: 1.425.701 pesos, plata: 2.556.304: los demás productos del país: 1.076.877, lo que hace un total de alrededor de 5 Millones de pesos. Los principales artículos producidos fueron: cueros, sebo y lana. Durante la guerra se produjo una seria paralización del co­mercio y se notó la falta de toda clase de manufacturas europeas, especialmente telas de lino, en cuyo lugar debieron utilizar algodones fabricados en las provincias.

También existió una gran demanda de licores espirituosos, la que no pudo ser satisfecha. Las cosas fundamentales necesarias para la vida son aquí tan extraordinariamente baratas, que ello favorece el ocio. Hay aquí numerosas bandas de vagabundos, llamados «gauderios», parecidos a los gitanos en muchas cosas, si bien no son aficionados al robo. Recorren el país en pequeños grupos, y entretienen a los campesinos cantando baladas de amor, acompañándose con la guitarra. Los paisanos, por su parte, les suministran todo lo que pueden necesitar y el país es tan generoso que sus necesidades son pocas. Para saciar el hambre, sólo precisan capturar alguna res de las muchas que vagan por este territorio.

Hace apenas cuarenta años, Buenos Aires era sólo la cuarta ciudad en el Virreinato del Perú, y los ciudadanos no tenían casas de campo: pero ahora no hay en Sudamérica, con la excepción de Lima, ciudad más importante que Buenos Aires, y hay pocas personas en buena posición, que no tengan quintas, y que no cultiven en sus jardines toda clase de frutos y flores. Las damas de Buenos Aires son consideradas las más agradables y hermosas de toda Sudamérica y aunque no igualan a las de Lima en magnificencia, su manera de vestirse y adornarse es no menos agradable y revela un gusto superior. Hay tal abundancia de provisiones y particularmente de carne fresca en Buenos Aires, que frecuentemente se las distribuye gratis entre los pobres. El agua del río es más bien barrosa, pero pronto se clarifica y se hace potable al ser conservada en grandes cubos o vasijas de barro.

También hay gran abundancia de pescado… El comercio de esta región, bajo el ordenamiento británico, promete ser sumamente ventajoso para ella, y podría abrir mercados de incalculables ­posibilidades para el consumo de manufacturas británicas. En la medida en que las cargas impuestas a los habitantes sean dísminuidas por el Gobierno británico sus medios de comprar nuestros productos se verán incrementados, y el pueblo, en lugar de permanecer andrajoso e indolente, se hará industrioso, y llegará a la mucha competencia por poseer no sólo las comodidades, sino aun los lujos de la vida.

1810
Después de la Revolución de Mayo. La Revolución de Mayo y la presidencia de BERNARDINO RIVADAVIA trajeron con sus aires liberales cambios en los nombres de las calles, por entonces todas referencias religiosas, salvo algunas de ellas, que luego de las invasiones inglesas, cambiaron el suyo por el de algunos de los patriotas que se habían destacado en su defensa. La población de «las Provincias Unidas del Río de la Plata»» ya ascendía a 44.800 habitantes.

«Aunque era la segunda ciudad más importante de Sudamérica después de Lima, la realidad es que en 1810, la ciudad todavía era muy pequeña: Según la nomenclatura actual, ocupaba tierras que van desde el Parque Lezama, hasta la Plaza San Martín al norte (que ya era zona de cuarteles). Hacia el Oeste, avanzaba por lo que hoy es la Avenida Rivadavia, hasta Congreso y Plaza Lorea. El transporte público no existía y la gente tendía a concentrarse en barrios, ocupando tierras que fueran altas, cercanas a alguna estación de carretas o alguna Capilla o Templo.

La Revolución de Mayo vista por un realista. Producidos los sucesos de la agitada semana de Mayo, el subinspector del Real Cuerpo de Artillería de Buenos Aires, FRANCISCO DE ORDUÑA, el 27 de mayo de 1810, envió a las autoridades metropolitanas con sede en Sevilla, un detallado informe acerca de los hechos que llevaron a la deposición de Cisneros y la instalación de la Junta provisional. Después de relatar los acontecimientos que desde mediados de mayo, preludiaron la Revolución, así describe Orduña, el Cabildo abierto del 22 de mayo y los hechos posteriores: “La escena fue bien irregular y sin orden. Allí los abogados, que eran en crecido número, tenían, puede decirse, toda la voz, ayudados de otros miserables sujetos. Después de largo rato trató de votarse, extendiendo en secreto cada individuo su parecer, pero se varió aún esta circunstancia y a proposición de un abogado que allí hacía mucho papel, hubo de leerse en alta voz cada voto.

Se me llamó para dar el mío, y consultando sólo a mi honor, el juramento que tengo prestado al soberano y a mis obligaciones, lo extendí en los términos siguientes: ‘España no está perdida, sépase el parecer de las provincias interiores del Virreinato y mientras, siga mandando como hasta entonces el Virrey”. “Apenas se leyó en alto mi voto, me vi al momento insultado por uno de los abogados, tratándome públicamente de loco, porque no fui con las ideas del gran partido. Otros jefes militares veteranos, y algunos prelados que siguieron mi dictamen, fueron también insultados o criticados… De tal congreso, resultó depuesto de su mando el Virrey y arrogadas al Cabildo sus autoridades. En consecuencia, éste declaró que ponía el superior gobierno en manos de una Junta que nombró, por su presidente, al mismo Virrey.

“La tarde del 24 se publicó, por bando general, la instalación de la nueva Junta… Aquella misma noche, reunidos los facciosos, en el cuartel del cuerpo urbano de Patricios, convinieron y pusieron en ejecución, ayudados de lo ínfimo de la plebe alucinada, el deshacer la Junta publicada el día anterior y a consecuencia de un escrito que presentaron al Cabildo, forjado por ellos y firmado por los jefes y varios oficiales urbanos, todos naturales de acá y por otros individuos de baja esfera, armados todos, pidiendo a la voz y con amenazas, la deposición del Presidente y Vocales de la Junta. Que se reemplazasen con los que ellos nombraban y así hubo de hacerlo el Cabildo. Desde el dicho día 25 de mayo, somos regidos en esta Capital por la tal Junta, formada por abogados, frailes y otros intrigantes, hijos todos del país y enemigos declarados de los españoles y europeos…

1819
Carta de Tomas Hogg.  Este ciudadano inglés que residió en el Río de la Plata  entre 1819 y 1820, escribió a su hija Ana sus impresiones sobre este país diciéndole: «Como prometí, expongo mis impresiones en esta primera carta, y como decía en la carta que le mandé de Montevideo, soy más extenso. También como conozco su hábito de querer saber las buenas y malas cualidades de las personas de su sexo que viven en tierras extrañas, empiezo por decir que las mujeres de la buena sociedad de este país son todas de sangre española pura sin mezcla alguna de indios o negros, pero no asi la mayoría de los hombres y las mujeres del bajo pueblo, donde predomina el mulato,

«En cuanto a las señoras y niñas de la mejor clase son, a mi juicio y de todo extranjero que vive aquí, como las mejores de cualquier parte en cuanto a carácter dulce, virtud y belleza, sin dejar de ser por esto sumamente joviales y entusiastas de los bailes familiares. «Aunque la instrucción no ha sido puesta a menudo a su alcance, son todas de una rapidez de inteligencia asombrosa, y su benevolencia con los extranjeros que no pueden expresarse bien en español, es algo digno de la más alta admiración. «No estoy contando todo esto como una crítica a la belleza y moral de mis queridas compatriotas, que nunca olvido, pero confieso que a gran distancia, me es más fácil hablar con tanta franqueza.

 «Con respecto a los caballeros, el asunto cambia, y puedo hablar sin preocupaciones de mi situación geográfica. Bajo mi punto de vista me veo obligado a dividir los hombres de la buena sociedad de este país en dos: los españoles americanos y los españoles europeos, ambos lindos tipos de hombres, varoniles, de finas maneras, de quienes cualquier nación puede estar orgullosa de tenerlos como hijos. «Encuentro que los españoles nacidos en América, son más abiertos de ideas y mejores amigos de los ingleses, pero esto no debe de ser causa de sorpresa después de todos los sucesos pasados en este continente, desde que Inglaterra quiso quitar a España estas provincias. No obstante, nadie puede negarles hidalguía a los españoles europeos, pues los ingleses, sin duda serían más rudos en circunstancias iguales. Nuestra diferencia de religión, es también muy puntualizada por los españoles.

«Nobleza, casi no se encuentra en este país y la muy poca que existe son gente de una llaneza tan republicana que jamás ostenta sus títulos y escudos. Esta hidalga delicadeza de esa minoría revela su distinguido origen y profundo amor a la nación que acaban de fundar y cuyo porvenir no puede ser otro que grandioso, si calculamos el futuro, teniendo en cuenta el empobrecimiento indudable y rápido de las tierras del Viejo Mundo.

«La ciudad la encuentro sin diferencias a la descripción que hizo de ella Hilson. Muchas incomodidades se encuentran, pero, en honor a la verdad, no peores que las halladas en Portugal y en muchas ciudades de España. Con una oceánica masa de agua a sus pies, es incomprensible en Buenos Aires la falta de agua en la mayoría de las casas y la dificultad que encuentro para conseguir un baño en otra parte que no sea el barroso pero majestuoso rio de la Plata. Es la molestia más grande que he encontrado. «La creencia de muchos ingleses de que todas las casas de Buenos Aires son un vivero de moscas, pulgas y chinches, depende de la clase de gente con quien se vive, y si nos referimos a las clases bajas no seré yo quien podría garantir que existe una libre de piojos.

«La casi inexistencia de calles empedradas y el continuo pasar de caballos, ocasiona el placer de encontrarse envuelto en densas nubes de polvo cada vez que uno tiene necesidad de salir a la calle, pero todo esto es olvidado y amortiguado con creces por la interminable y cariñosa hospitalidad de los nativos. «He notado también que existe, tanto en esta ciudad como en Montevideo, una tendencia muy pronunciada a abusar del dulce en las comidas.

«Otra cosa que ha llamado mucho mi atención aquí, es ver que los mozos de café no quieren aceptar propinas y he encontrado en esta actitud, una altivez que agrada y que hace pensar que la libertad de gobierno dignifica a los hombres. No creo que esta moda de no aceptar propinas pueda tener una explicación en la escasez de clientes, puesto que he sido testigo de este proceder en el café más concurrido de la ciudad, situada en la plaza Mayor.

«Los suburbios de la ciudad, sobre todo la parte Norte, cerca del rio y sobre el camino de una pequeña aldea llamada San Isidro, son muy pintorescos por sus colinas y hermosas vistas al rio de la Plata, es también un cuadro mirar las enormes caravanas de carros tirados por bueyes que vienen del interior cargados de cuero, lana y cebo. Los dueños de estas caravanas y encargados, son generalmente gauchos, hombres vigorosos, sobrios, de tez tostada por el aire caliente de la pampa y que forman la clase superior de la población rural de esta provincia, su trato es alegre y cordial, no así la masa trabajadora , llamada “peones” y formada por el elemento de sangre negra y mestiza, que reúne todas las condiciones más indeseables: sanguinarios, crueles y sucios, no obstante ser mercenarios, son bastante fieles y casi toda la soldadesca se compone de esta clase tan inferior, salvo uno o dos cuerpos de caballería compuestos en total por gauchos de ojo de águila y bravura de león.

 «La oficialidad del ejército, sobre todo los jefes de alta graduación, son todos hombres blancos, bien preparados para su misión, el coronel Saavedra, por ejemplo, uno de los ídolos de la revolución, es un espléndido hombre, tanto en lo físico como en lo moral e intelectual. El gobernador es otro hombre fino, talentoso y a la altura de su delicado puesto.

«Hay también unos pocos oficiales extra n j e r o s ocupando puestos de alguna importancia: tres británicos, un alemán, dos franceses y dos italianos. Uno de esos italianos es el Jefe del Puerto y dice haber vivido algún tiempo en Inglaterra. «El comercio está, en su mayoría, en manos de los españoles europeos y unos pocos franceses y portugueses, pero los británicos están tomando también mucho pie. «Los nativos prefieren dedicarse a la política y a las armas, y también a la Iglesia. “Encuentro que aquí, no es menor la afición a las plantas y loros, que en España. Otra cosa muy agradable y tocante que he observado, es la forma humanitaria con que se trata a los esclavos. He visto más de una vez a una señora respetable y una negra sentadas juntas en el mismo sofá, charlando y cosiendo, si esto no es efecto del republicanismo, se ha exagerado mucho la crueldad española».

1820
En la década de 1820, los límites urbanos se extienden  hacia el oeste, hasta lo que es hoy Entre Ríos-Callao.

1822
Censo dispuesto por BERNARDINO RIVADAVIA. Desempeñándose como Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de la provincia de Buenos Aires, durante el gobierno del general MARTÍN RODRÍGUEZ, BERNARDINO RIVADAVIA ordenó que se realizara un Censo de población de la ciudad. VENTURA ARZAC estuvo a cargo de la organización y evaluación del Censo y uno de los resultados que arrojó, fue de que en Buenos Aires tenía una población de 55.416 habitantes, de los cuales, 8.795 eran morenos y 4.890 pardos (eran morenos los afrodescendientes puros y los pardos, los hijos de moreno y criolla o viceversa).

1823
Una carta del ingeniero Santiago Bevans El ingeniero inglés Santiago Bevans llegó a Buenos Aires durante la administración del coronel Martín Rodríguez, quien lo designó ingeniero jefe del Departamento de Ingenieros Hidráulicos que se había creado recientemente por iniciativa de aquel gobernante. Unos meses después de hallarse en Buenos Aires, el 29 de junio de 1823, Bevans dirige una carta a sus hijos – John, de 11 años, y Thomas, de 9 – , que habían quedado estudiando en un colegio de Londres.

En esa extensa carta – de la que extraemos los párrafos de mayor interés – el ingeniero Bevans describe características de Buenos Aires y algunas costumbres del país donde reside. Debemos señalar que los subtítulos no aparecen en el original de la carta, y que el ingeniero hidráulico Santiago Bevans (1777-1832) será, con el correr de los años abuelo materno del doctor Carlos Pellegrini, presidente argentino y político de vasta actuación. “Aquí nos sorprendió el hallazgo de familias inglesas, en tal número que no tratamos con otras. Voy aprendiendo muy despacio el español y espero que cuando Uds. vengan aquí lo aprenderán enseguida.

El álbum de vistas bonaerenses que teníamos allí es casi perfecto. Las casas de Buenos Aires son amplias, de varios patios, sus paredes de ladrillo, muy gruesas, blanqueadas o enyesadas. Con el criterio inglés sobre edificación, parecerían destinadas a oficinas públicas. Algunas poseen ventanas al frente, con rejas exteriores de hierro. Las habitaciones dan a patios internos y son cómodas. El clima, algo excesivo en el verano, impone la siesta después del almuerzo, siendo esta costumbre tan generalizada que cuando alguien está fuera de su casa y anda por el campo a caballo, ata el animal a un árbol o poste o simplemente lo para y se echa a dormir a la sombra de la planta o de la bestia. Los comercios cierran sus puertas de una a cuatro de la tarde. Durante el verano, las tormentas son continuas y refrescan la atmósfera, pero el calor reaparece pronto, hasta que otra tormenta nos libera de él.

Cuando llegamos era el tiempo de las frutillas, que son mucho más grandes que las inglesas, aunque sin su rico sabor. Las naranjas se producen en este país, pero la variedad dulce es escasa y cara. La otra clase es muy abundante y pueden obtenerse 8 ó 9 naranjas por un medio. La fruta más aceptada es el durazno, de los que hay muchos árboles de especies salvajes, apreciados más que por su fruta por su leña, utilizada aquí para quemar y que es traída de las quintas en carretas tiradas por bueyes. No tenemos otro carbón que el de Inglaterra y a precios muy altos. Los habitantes de este país carecían de estufas hasta la llegada de los ingleses, los que las han generalizado en muchas fincas, aunque con algunas dificultades, pues en varios casos los propietarios han exigido su retiro al desocupar la casa. Yo he mandado hacer una estufa para mi salón.

1826
Nada bueno, no siendo carne “Buenos Aires es el sitio más despreciable que jamás vi, estoy cierto que me colgaría de un árbol si esta tierra miserable tuviera árboles apropiados. Aquí no hay nada bueno, no siendo carne. Clima detestable, nunca falta polvo o barro con temperaturas que saltan en un día 20º. Además, la jactancia republicana en todo su vigor, intolerable sitio”.

…” Así escribía, en 1826, tres meses después de su llegada a estas tierras, John Ponsonby, barón de Imokilly, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Gran Bretaña ante las Provincias Unidas. Y agregaba en otra carta: “… nunca vieron mis ojos país más odioso que Buenos Aires. Realmente tiemblo cuando pienso que debo pasar algún tiempo aquí, en esta tierra de polvo y pútridas osamentas, sin caminos, sin casas confortables, sin libros, sin teatro digno de tal nombre

Pero Ponsonby no descuidó los objetivos de su misión, ni la defensa de los intereses británicos en el Plata, por eso, tres meses después de habrse expresado así, al igual que Parish, abrigaba el mayor entusiasmo por las posibilidades comerciales del país y abogaba por una garantía británica en pro de la libre navegación. El 20 de octubre de 1826, escribía a Canning: “El colono encuentra aquí abundancia de caballos y ganado, una tierra rica y una fácil y constante comunicación con Inglaterra, aquí la religión no solo se tolera sino que se respeta, las personas y la propiedad están tan bien protegidas como las personas y la propiedad de los naturales del país,  mediante la industria y la destreza puede acumularse con rapidez una considerable fortuna”.

Creyendo posible que el Río de la Plata se poblara con activos británicos, que harían fortuna y crearían una fuerte demanda “que solo puede ser satisfecha y atendida con productos ingleses”, concluía Ponsonby en que “todas las ventajas ya existentes o las que cabe esperar para el futuro, dependen de la seguridad que la navegación del Plata sea libre”.

Esta última condición enunciada por Ponsonby, sería uno de los principales objetivos de Gran Bretaña en su política futura en la zona del Plata. En la convención preliminar de paz firmada por García en Río de Janeiro, se impuso el criterio sostenido por Ponsonby al respecto, y en una de las cláusulas establecía la garantía británica de la libre navegación del Plata. Pero el tratado fue denunciado por el gobierno argentino y sólo al firmarse la paz definitiva con el Brasil, en 1828, vuelve a plantearse la posibilidad de reabrir la navegación de los ríos de la cuenca del Plata, aunque se alcance se limita exclusivamente al Brasil. Esta era la primera vez que se permitía a buques extranjeros surcar el Paraná y el Uruguay. No se halló, sin embargo, en ese entonces, la fórmula definitiva a que laude la cláusula, 1834 y esta fue letra muerta hasta 1852.

1846
Diario del teniente Mackinnon. El Teniente WILLIAM MACKINNON, fue uno de los muchos oficiales ingleses que formaron en la escuadra de Gran Bretaña cuando ésta, aliada con Francia en 1845, decidió el bloqueo de las costas de la Confederación. Tripulante de la corbeta de vapor “Alecto” fue testigo y protagonista de las acciones en que su buque intervino y luego permaneció durante todo el año 1846 en la zona de operaciones, tiempo en el que registró en su diario de viaje agudas observaciones sobre los hombres y paisajes de la región recorrida.

Dice Macckinnon: «En este período, la ciudad de Montevideo se hallaba en un estado de discordia y de caos que superaban todo lo imaginable. Los gobernantes de la ciudad, dependían enteramente de los representantes de las dos naciones más poderosos del mundo. Y, en consecuencia, las autoridades locales estaban dispuestas a lanzar proclamas y a hacer leyes o no hacerlas, a hipotecar rentas, o llevar a cabo cualquier resolución que le fuera ordenada por los dichos gobiernos.

Los habitantes de la ciudad estaban divididos en diversos bandos. Primero estaban los exportadores, cuyos negocios en algodón, lana, quincalla, etc., permanecían estancados por las acciones  de guerra. Este bando condenaba la guerra en alta voz como inútil, por el ningún efecto que producia y como ruinosa para ellos. También se lamentaban de que, por la confianza puesta en la intervención armada de Inglaterra, había ampliado el crédito al extremo y por ese motivo perdían grandes sumas de dinero”.

“Después venían los abastecedores de los buques. Estos ganaban dinero por la extensa circulación de la moneda de John Bull y estaban cobrando a precios muy excesivos todo lo necesario para la provisión de los buques ingleses y sus tripulaciones y  consideraban que sería una mancha para el honor de Inglaterra al terminar la contienda antes de que fuera depuesto el detestable de ROSAS.

Luego venia el gobierno de Montevideo que vociferaba y rugía proclamando un grosero patriotismo, según se  lo ordenaban. Los nativos de la ciudad, eran pocos y todos eran tenderos y dependientes de las casas inglesas, cuyas opiniones nadie tenía en cuenta. El resto de la población estaba formada por vascos, por italianos y negros libertos».

1847
El mismo MACKINNON escribió luego un libro “Viaje a caballo por la provincia argentina” que fue editado en Londres en 1852, donde dice: «En la primera hora de la tarde divisamos, a lo lejos y en lo alto de una loma, una casa de buena apariencia y decidimos llegarnos allí para pasar la noche. Habitaban la casa un hombre soltero y su hermana, que eran los propietarios de la estancia. Como de costumbre, nos invitaron pasar, ofreciéndonos todo cuanto necesitáramos. La estancia comprendía una legua cuadrada y tenía ganado en abundancia. Como nos hallábamos lejos del lugar donde habíamos comprado los caballos, pensamos que podríamos, sin peligro, dejarlos sueltos, así lo hicimos, pero atamos uno de ellos a soga larga, cerca de la casa.

El dueño nos pidió que lleváramos los recados y otros pertrechos a la cocina, era un rancho abierto en sus dos extremos de manera que el viento corría libremente por su interior. En mitad del piso había un espacio cuadrado, como de cuatro pies, formando con huesos de patas de ovejas hundidos en el sueldo y que sobresalían como tres o cuatro pulgadas. Allí ardía un fuego que se alimentaba con leña, yuyos secos, huesos y grasa. A lo largo de la pared había unos postes bajos, como dos pies de altura, sobre los que descansaban estacas sujetas con guascas y cubiertas con un gran cuero de buey. Este aparato nos sirvió de cama. Arreglamos nuestros bagajes, y antes de entrarse el sol, salí a dar vuelta por los alrededores.

Encontré hasta doce perros muy grandes, todos pertenecientes a la casa y no fue poca mi sorpresa y al encontrarme también con un indio que, según supe después formaba parte de un grupo llegado de las inmediaciones de Tapalqué para comprar yeguas destinadas al consumo.  La carne de ese animal es el alimento preferido de los salvajes y pueden comprarla muy barata, sobre todo tratándose de yeguas viejas, porque los criollos no se sirven de ellas para montar y el gobierno exige una licencia especial para matarlas.

El asado. Después de hacer un paseo a pie, que es el mejor descanso cuando se ha viajado mucho a caballo, volví a la cocina, la dueña de casa se ocupaba en preparar la cena.En el fogón había dos asadores inclinados sobre el fuego con sendos costillares de oveja. Uno a uno iban entrando los huéspedes y las personas de la casa, nosotros nos sentamos cerca del fuego sobre unos trozos de madera para observar cómo se preparaba la comida.

La mujer cortó en dos partes un zapallo muy grande colocando las mitades boca abajo sobre la ceniza caliente, asándola con mucha precaución. Por último limpió de cenizas el zapallo con una cuchara de metal y clavó los asadores en el piso, en ángulos opuestos del fogón, de manera que cuatro personas de las que allí estábamos podíamos comer cómodamente de un asador. Pusieron un poco de agua con sal en un asta de buey y rociaron la carne. Una vela colocada en una botella alumbraba el festín.

Cuando todo estuvo listo, sacamos el asado y el zapallo con mucho apetito. Los indios que estaban en sus toldos, muy cerca de ahí, despacharían sin suda esa misma hora uno de sus potros. Después de comer tomamos mate, bebida tan necesaria a esta gente como el té a los ingleses. En seguida, los dueños de la casa, dándonos las buenas noches, se retiraron a dormir. Los peones se fueron bajo una ramada, al extremo de la casa principal. Nosotros, viéndonos dueños del refectorio, sala de banquetes o cocina, como quería llamársele, pensamos también en descansar. Don José y yo ocupamos la cama de cuero a que me he referido…Los perros, los gatos y hasta los ratones batallaron hasta el amanecer por asegurar posiciones en el dormitorio. El frío, afortunadamente, nos libró de las pulgas, pero los ladridos, gruñidos y chillidos de los animales perturbaron nuestros sueños toda la noche.»

1854
La Argentina vista por Mantegazza . Paolo Mantegazaa (1831- 1910), médico, antropólogo, viajero y humanista italiano, fue un gran amigo de la A rgentina a la que visitó en 1854, 1861 y 1863. Recorrió el interior y escribió numerosas obras sobre nuestras costumbres, flora y fauna y nuestra historia. Se casó con una argentina, Jacoba Tejada. En uno de sus trabajos, expresó: «Yo vi Buenos Aires en 1854, lo vi de nuevo en 1861 y 1863, y mucho me costó reconocer a la misma ciudad, tanto habla progresado.

Para nosotros europeos tan tradicionalistas, nos cuesta mucho poder seguir las transformaciones incesantes que plasman y organizan a las jóvenes sociedades americanas. La República Argentina se presentó muy dignamente en la Exposición Universal de París de 1867. Dos grandes industrias llamaban la atención: las lanas y los cueros curtidos. La cuenca del Plata produce hoy tanta cantidad de lana, que sobrepasa la de todas las colonias inglesas de Oceanía y África juntas.

Todos los años vienen desde el Plata cien millones de kilos de lana, cantidad que irá creciendo aún rápidamente. Son lanas de ovejas merinas puras, o de merinas mestizas o de carneros indígenas del interior. Estas lanas se colocan en los mercados de los Estados Unidos, Bélgica y Francia, pues Inglaterra prefiere trabajar la lana proveniente de de sus posesiones».

17/10/1855
Segundo Censo de la Ciudad de Buenos Aires. Es el último de los levantados con métodos preestadísticos y estableció que la ciudad de Buenos Aires tenía 90.076 habitantes.

1860
Buenos Aires no era en ese entonces sino una aldea presuntuosa y sencilla. El recinto urbano se reducia a unas cuantas manzanas de modestas casas bajas en torno de la vieja Plaza Mayor dividida por la Recova, y a unas pocas calles, mal em­pedradas y sucias.

Además, según dice RICARDO ROJAS en su libro “VIDA DE SARMIENTO, la vida rústica empezaba en lo que es hoy Montserrat. La Recoleta y el Congreso, todo era campos, ranchos y túneles. El río era una ribera de toscas y juncos. El Puerto sólo tenía un precario muelle y el desembarco se realizaba en carretas o a babuchas de fornidos changadores. Sin ferrocarriles ni tranvías, la comunicación al interior se hacía en galeras, a caballo o en tropas de carros y carretas.

La avenida Alvear y las de Callao, Rivadavia y  Santa Fe, sólo eran tortuosos y polvorosos callejones con cercos de pita. El Retiro, un cuartel siniestro; la Recoleta, un sauzal poco frecuentado. Flores, una posta rural. Barracas, unos saladeros; la Boca deI Riachuelo, unos bañados.

En el centro no había más edificios importantes que los coloniales, o sea el Fuerte, donde hoy está la Casa Rosada, la Catedral, San Francisco, Santo Domingo y el Ca­bildo, donde funcionaban la policía y la cárcel.. Abundaban eso sí, las pulperías, con clientela de Indios, gauchos y negros. El aliento de la pampa sin arbolar ni alambrar llegaba hasta la ciudad semirrústica. Escaso era el comercio, lenta la vida intelectual, aun sin compararlos con los de hoy. Así quedó Buenos Aires después de veinte años del gobierno de JUAN MANUEL DE ROSAS..

1869
Población:  177.787 habitantes.

1870
En 1870, la República Argentina no era aún el granero del mundo, como lo señalara Federico Pinedo. El trigo producido en el país no alcanzaba para el pan de cada día y habrá que aguardar a los años siguientes para dejar de importarlo y para pasar a exportarlo, pues ello dependerá  de la transformación de la agricultura primitiva y rudimentaria  que era la practicada entonces, en una fuente fabulosa de la prosperidad futura. Lo mismo que ocurrirá con la ganadería, que de la exportación de cueros, tasajo y charque pasará a la de productos cárneos de primera calidad, estimulada por una incipiente industria del frío.

Buenos Aires ya tenía 187.346 habitantes y el resto de la provincia 307.761. No era aún la Capital Federal y la guerra con el Paraguay, no había terminado. El total de la población de todo el país, no llegaba todavía a los 2.000.000 de habitantes y el índice de alfabetización, no superaba el 50%. La edificación raleaba más allá de la actual avenida Callao y hacia el oeste,  había quintas y luego, sólo el campo. Flores y Belgrano eran  municipios autónomos  en los que veraneaban  las familias acomodadas. Tres líneas de tranvías de caballo, recorrían el ejido urbano, precedidos por un postillón vestido de verde que llevaba una bandera roja, anunciando su paso. Las terminaciones ferroviarias eran Chascomús, Chivilcoy, Tigre y Ensenada.

Los porteños almorzaban y cenaban tarde, de acuerdo con la tradición hispana; mesas grandes para varias generaciones, la carne asada, si no había puchero y una larga sucesión de suculentos platos, que predisponían a la siesta obligada. Los vinos, importados de Francia, Italia y España y exquiciteses varias adquiridas en el “almacén de Tiscornia” que ofrecía “embutidos de Vichi, manjar apetecido por los catalanes” o en lo de “Eastman e hijos” que tentaba a los porteños con “cajas de 20 libras de té”, producto de gran aceptación en la sociedad porteña.

Se podía también, naturalmente, salir a comer afuera: En el “Restaurante de Watson”, en San Martín 68, que servía almuerzos, lunches y cenas “recomendadísimas” por el mismo míster Watson o en el “Gran Restaurante y Café Americano. que funcionaba en la calle Cangallo, próximo al Mercado del Plata, que en sus avisos hacía saber que su propietario “invitaba a la gente de buen humor a visitarlo para convencerse de la excelencia, prolijidad y baratura con que en él se sirve”, comunicando además, que “en el mismo hay gabinetes particulares a la disposición de los “amateurs” (habrá querido decir amantes?).

En materia de modas se pretendía seguir el último rito. En la casa de Madame Reine, en la calle Florida, se vendían corsés de todas clases y tamaños, con la bendición de la “Facultad Imperial de Medicina de París”, que había dictaminado que “está probado que un corsé hecho al cuerpo de una persona, jamás puede incomodar, si el corte es bueno y por consiguiente, no causará nunca, la menor dolencia”. Los cosméticos eran variadísimos, pero la “línea del doctor Domassan”, era una de las más publicitadas. Ofrecía “el agua de lis doble”, para el cutis de las señoras, el “agua preservativa” para el cuidado de la boca y el “agua para teñir el pelo privilegiada”, en las variedades negro, castaño y rubio, especial para caballeros, “a quienes no les endurecería las facciones”.

Había también “ungüentos salutíferos” para combatir la calvicie y “pomadas olorosas” para disciplinar los bigotes. Las ofertas de la medicina también eran variadas. El que prefería a los alópatas, a los homeópatas o aún a los “mano santas”, los tenía bien a mano y si se prefería ser tratado por una corporación galénica, no tenía más que dirigirse a la “Empresa de Puestos Médicos”. Si lo que necesitaba era que le hicieran una sangría, seguramente encontrará lo que busca si acude a un práctico que se calificaba a si mismo como “pedícuro o callista, flebótomo o sangrador”, en cuyos avisos publicitarios, no dejaba de anunciar que las sanguijuelas que aplicaba, eran importadas de Hamburgo, “célebres por su poder extractivo”.

El doctor Ernest sacaba dientes sin dolor, pues anestesiaba con gas, compitiendo en tales menesteres con una señora que publicaba en el diario La Nación, un aviso donde ofrecía “una cura radical del dolor de muelas, sin operación alguna”, y como siempre, gratis a los soldados y a los pobres”. También la farmacopea era abundante, amplia, generosa e “infalible”. Ofrecía el bálsamo del doctor Greeves para los sabañones, el aceite de Berthé o el Quinium Labarraque como tónico reconstituyente, las perlas de éter del doctor Clertan para las jaquecas y neuralgias, los polvos de Rogé como laxante y las Píldoras de Vallet, que terminaban “con los colores pálidos”.

La ciudad de Buenos Aires era cosmopolita y políglota. Un aviso clasificado de la época decía: “Da questa casa vengono emesse cambiali in oro per l’Italia ..” y en “El Alcázar” se daba el vaudeville “L’homme n’est  pas par-fait, en tanto que en el Colón viejo, se representaba “Gli Ugonotti”. Pululaban los profesores de idiomas y competían ardorosamente entre sí. ¿Dónde vas sin saber inglés?, preguntaba uno de ellos, publicitando sus servicios en la prensa local. ¿Dónde vas sin saber francés?, retrucaba otro al día siguiente., mientras otro prometía “se enseña el inglés en 12 lecciones. Si el alumno no lo habla bien después de esas 12 lecciones, no se exigirá recompensa alguna”.

Otra actividad que era muy apreciada por los porteños, era la lectura. Buenos Aires era en verdad, una ciudad de lectores. Había ya numerosas librerías y hasta se hacían remates de libros. La “Librería del Colegio” ofrecía la “Historia de un joven” de Octavio Feuillet, traducida por Ángel Estrada. En Cangallo 170, se ofrecían publicaciones de la Casa Morel de París y la “Librería del Plata”, ponía a la venta obras americanas y documentos sobre el Río de la Plata.

Al interior se viajaba en galera o en diligencia. “La invariable Porteña” llevaba pasajeros hasta Azul y Las Flores. La “Flor del Oeste” iba hasta 25 de Mayo, “La Protegida”  cubría el trayecto Buenos Aires-Dolores y todas ellas aseguraban “caballos mansos y baqueanos”.

A las ciudades ubicadas sobre las costas de los ríos Paraná y Uruguay, se iba en barco y también hacia las de la costa atlántica se llegaba por agua: la “zumaca Naposta”, unía Buenos Aires con Bahía Blanca. Varias líneas de vapores llevaban pasajeros a Europa y a América. La “Compañía Italiana de Navegación” por ejemplo, iba a Génova  cobrando 140 pesos fuertes el pasaje en primera, $110 en segunda y $60 en tercera. Pero la navegación a vapor, todavía no había desplazado a los veleros: Para la ciudad de Amberes se podía viajar en la “muy marinera barca española Abnegación”. Para el Callao, en “la hermosa barca italiana Antonieta Costa” y para la Coruña,  en “la acreditada corbeta Nueva Ignacia”.

1875
Población:  230.000 habitantes.

1879
Contemplada en aquellos tiempos la ciudad de Buenos Aires desde la rada, ofrecía al que llegaba a sus playas el aspecto más desconsolador. No se veía, como es ahora, acordonada la ciudad de espléndidos edificios altos y bajos, la gran Estación Central de ferrocarriles, edificios públicos, bellos jardines y paseos. Lo que se denominaba el bajo era un trayecto desaseado, cubierto de cascajos, arena y cuanto dejaba el río en su receso; viéndose, con frecuencia, gran cantidad de pescados que los pescadores abandonaban por inútiles, muchas veces en estado de putrefacción; siendo también el depósito de basuras y caballos muertos, que a la cincha arrastraban de las calles de la ciudad.

Desde el río se veía un cordón de casas de pobre apariencia, bajas, casi todas iguales en su construcción y que daban al pueblo un aspecto lóbrego y poco agradable: monotonía interrumpida sólo por la belleza y arrogancia de las torres de sus iglesias y lo pintoresco de las barrancas del Retiro, la Recoleta, etc. Aún existían, al sud de la antigua Fortaleza, en dirección al Riachuelo, edificios en ruina, casuchos inmundos, que no condicen, ciertamente, con la elegancia de las construcciones de la ciudad.

Próximo al sitio en que se construyó el actual muelle, existió, por mucho tiempo, uno hecho en 185, de piedra bruta como de 180 a 200 varas de extensión por 12 o 13 de ancho y de 2 metros de altura más o menos. Es evidente que esta corta proyección era insuficiente e inadecuada para que los botes pudiesen atracar, de donde resultaba la inevitable necesidad de emplear carretillas, únicos vehículos que por entonces había para el transbordo de pasajeros.

En octubre de 1822 llegó a Buenos Aires el ingeniero hidráulico BEVANS, creemos que llamado, como otros extranjeros, por el señor Rivadavia), pes en esa época ya se estaba pensando en la construcción de un nuevo muelle y un nuevo puerto, en cuyos trabajos debía tomar parte monsieur Cattelin, ingeniero militar: pero por falta de recursos, nada se hizo.

1884
Cuatro años después de  la capitalización de Buenos Aires (1880) se sumaron a la ciudad los partidos de San José de Flores, Belgrano y San Martín y cada uno de ellos, agregó a la ciudad sus propios barrios y divisiones. Podemos decir entonces, que la actual división de los barrios,  obedece a unas ordenanzas de 1892 y 1904 y que, entre esos años y la primera década del siglo veinte, el ferrocarril, el trazado de avenidas, plazas y la gran ola migratoria terminan por conformar él perfil actual de la ciudad.

Así fue como muchos barrios recibieron su nombre oficial y se crearon las circunscripciones (hoy son 48 y no 100 como dice el Tango). En algunos casos, sin embargo, la fuerza de la costumbre pudo más: Cuando se habla de los barrios de Once o de Congreso, todos sabemos ubicarnos. Sin embargo, administrativamente no existen. Pasa lo mismo con Parque Chas. El uso popular recuerda al dueño de las tierras (FRANCISCO CHAS) y que .en 1925 fueron loteadas, pero pocos saben que en realidad, Parque Chas es parte del barrio de Agronomía (dixit Raúl Portela).

1887
Primer  Censo Municipal. Se realiza el Primer Censo Municipal ordenado por el Municipio de la Ciudad de Buenos Aires y de allí surge que en la Capital residen 433.376 habitantes, hay 877 “conventillos” y  35.277 personas residen en ellos y confirma la existencia de 4.200 establecimientos industriales en la ciudad (de los cuales solo 560 tenían fuerza motriz). El resto de los emprendimientos industriales, eran manufacturas o artesanías menores. La fuerza motriz instalada en estos 560 establecimientos era de 6.000 HP en total.

1895
Población: En la ciudad de Buenos Aires hay 663. 854 habotantes

1897
Cómo nos veían en Italia. En el “Corriere della Sera”, diario de Milán, Italia, se publicaba una sección titulada “Bricciche”, en la que comentaba  en forma amena, hechos raros ocurridos en todas partes del mundo. Pero si la veracidad de estos hechos, es la misma de los que se dicen ocurridos en la República Argentina en el número del 9 de diciembre de 1897, no merecía  gran crédito ni mucha fortuna esta nueva sección del “Corriere”.

Veamos. Allí dice: “Los aficionados a los incidentes de viaje harán bien en tener presente el ferrocarril que va desde Jujuy hasta Santa Rosa en la República Argentina. Según el informe oficial publicado por la compañía que explota la línea, a causa de la pésima condición de los rieles, la mayor parte de los trenes acaban por descarrilar en las curvas ó en las bajadas. Pero esto no basta. Cuando enfurecen los ciclones, tan frecuentes en las llanuras argentinas, los trenes sufren  fuertes atrasos que varían entre dos y tres días. Con frecuencia a la llegada ni siquiera se encuentra la estación porque el viento se la ha llevado.

Vale la pena entretenerse en refutar  semejantes afirmaciones?. Ni la línea férrea de Jujuy es de una empresa, ni existe tal informe, ni hay tales descarrilamientos, ni tales ciclones, ni desaparición de estaciones,  ni bajadas ni subidas porque Jujuy no está en las llanuras argentinas. Estas invenciones sólo son superadas por otra que contiene el mismo número en la misma sección y según la cuál,  se ha establecido entre nosotros, un impuesto para los solteros comprendidos entre los 20 y los 80 años  Extraído de una nota publicada en el diario “La Nación” de Buenos Aires del 5 de enero de 1997).

11/’9/1904
 Segundo Censo Municipal. Innforma que la población de la ciudad es de 950.891 habitantes.

1909
Población:  1.231.698 habitantes

1910
La argentina vista por un periodista francés  El periodista francés JULES HURET visitó la Argentina en 1910, con motivo de los festejos del Centenario y al año siguiente publicó en París un libro que tituló “En Argentina”, en donde describe sus observaciones. «La riqueza fundamental de la Argentina son las tierras de cultivo y las destinadas a la ganadería. La superficie del país es seis veces la de Francia y siendo su tierra  virgen, en muchos sitios valen tanto como las de las provincias agrícolas francesas más ricas. ¿En qué consiste la prosperidad argentina?.

En la exportación a Europa de unos tres millones de toneladas de trigo vendidas el año pasado a 210 francos la tonelada, dos millones de maíz, a 126 francos, un millón de lino, a 269 francos y 300.000 toneladas de carne congelada, que suman en total unos dos mil millones de francos. A esto hay que agregar las 160.000 toneladas de azúcar de Tucumán, los 3 millones de hectolitros de vino de Men­doza y San Juan, las 300.000 toneladas de madera de quebracho y 55.000 toneladas de tanino, sin menospreciar lo producido por las minas de los Andes y los yacimientos de petróleo que empiezan a descubrirse por todas partes. Pero todo esto es la reserva del porvenir.

En menos de 40 años se ha creado la agricultura actual. Ha cambiado el término medio de sangre española de la población argentina. Desde hace 40 años, una importante inmigración de italianos del norte, piamonteses y lombardos, de ingleses, franceses, alemanes y vascos, ha dotado a la Argentina de brazos laboriosos, de inteligencias activas y de caracteres emprendedores. Ac­tualmente domina la sangre de los italianos. Se trabaja como no se había trabajado nunca y los mismos andaluces y los árabes son arrastrados por la corriente general. Un país de seis millones y medio de habitantes, ha podido, en pocos años, vencer a los Estados Unidos en la  exportación de cereales a Europa. Desde 1908 la Argentina ocupa el primer lugar entre los exportadores de trigo, maíz y lino. Mil millones de oro líquido entran por tales conceptos anualmente en la Argentina.

Una minoría inteligente se agita en el Jockey Club y el Club del Progreso, atenta a los negocios a realizar y las empresas proyectadas. Numerosas familias argentinas ricas viajan a Europa y recorren Francia, Italia, Alemania, Suiza e Inglaterra con sus Panhard. Si os invitan a cenar en sus mansiones veréis que el cocinero es de Perugia, el chauffer, de París, el lacayo, alemán, el pinche de cocina, gallego, las camareras, inglesas o vascas. Por otra parte, nuestro anfitrión, alemán por su padre, argentino por su madre, y casado con una hija de vasco francés y de italiana, tiene en este momento a sus hijos estudiando en las universidades de Cambridge o Heidelberg. En el desfile militar observamos debajo de las gorras de granaderos del Imperio, quepis de Saint- Cyr y gorras aplastadas a lo teutónica, los rostros cetrinos de mestizos de indias y españoles…».

1910
Cómo nos veían los ingleses  HOPE GIBSON, presidente de la Cámara de Comercio Británico en la Argentina, escribía en 1910 en un mensaje al gobierno de su país: «Les ruego presten mucha atención a lo que está pasando aquí en cuanto al desarrollo manufacturero. Ya sabemos lo rápido que se mueven las cosas en este país». The South American Year Book  por su parte, también señalaba el progreso económico de la Argentina en sólo veinticinco años: «Hace apenas un cuarto de siglo Argentina ocupaba una posición de relativa oscuridad y sus valiosos recursos naturales yacían dormidos. Luego de una serie de avances prodigiosos la República ha llegado a ubicarse entre las naciones más grandes del mundo mercantil, y está creciendo diariamente hacia una prominencia mayor y despertando nuevos intereses por todas partes».

El 25 de mayo de 1910, en el número dedicado al centenario, el Diario  La Nación (página 308), comentaba: «Nuestros frigoríficos son empresas colosales, modelos del género y alguno, como el de La Plata, pasa por ser el más importante y perfecto del mundo».

1914
Tercer Censo Nacional. Registró una población de 1. 575.814 personas en la ciudad de Buenos Aires.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.