BUENOS AIRES EN 1870

En 1870, la República Argentina no era aún el granero del mundo, como lo señalara Federico Pinedo. El trigo producido en el país no alcanzaba para el pan de cada día y habrá que aguardar a los años siguientes para dejar de importarlo y para pasar a exportarlo, pues ello dependerá  de la transformación de la agricultura primitiva y rudimentaria  que era la practicada entonces, en una fuente fabulosa de la prosperidad futura. Lo mismo que ocurrirá con la ganadería, que de la exportación de cueros, tasajo y charque pasará a la de productos cárneos de primera calidad, estimulada por una incipiente industria del frío.

Buenos Aires ya tenía 187.346 habitantes y el resto de la provincia 307.761. No era aún la Capital Federal y la guerra con el Paraguay, no había terminado. El total de la población de todo el país, no llegaba todavía a los 2.000.000 de habitantes y el índice de alfabetización, no superaba el 50%. La edificación raleaba más allá de la actual avenida Callao y hacia el oeste,  había quintas y luego, sólo el campo. Flores y Belgrano eran  municipios autónomos  en los que veraneaban  las familias acomodadas. Tres líneas de tranvías de caballo, recorrían el ejido urbano, precedidos por un postillón vestido de verde que llevaba una bandera roja, anunciando su paso. Las terminaciones ferroviarias eran Chascomús, Chivilcoy, Tigre y Ensenada.

Los porteños almorzaban y cenaban tarde, de acuerdo con la tradición hispana;  mesas grandes para varias generaciones, la carne asada, si no había puchero y una larga sucesión de suculentos platos, que predisponían a la siesta obligada. Los vinos, importados de Francia, Italia y España y exquiciteses varias adquiridas en el “almacén de Tiscornia” que ofrecía “embutidos de Vich, manjar apetecido por los catalanes” o en lo de “Eastman e hijos” que tentaba a los porteños con “cajas de 20 libras de té”, producto de gran aceptación en la sociedad porteña. Se podía también, naturalmente, salir a comer afuera: En el “Restaurante de Watson”, en San Martín 68, que servía almuerzos, lunches y cenas “recomendadísimas” por el mismo míster Watson o en el “Gran Restaurante y Café Americano. que funcionaba en la calle Cangallo, próximo al Mercado del Plata, que en sus avisos hacía saber que su propietario “invitaba a la gente de buen humor a visitarlo para convencerse de la excelencia, prolijidad y baratura con que en él se sirve”, comunicando además, que “en el mismo hay gabinetes particulares a la disposición de los “amateurs” (habrá querido decir amantes?).

En materia de modas se pretendía seguir el último rito. En la casa de Madame Reine, en la calle Florida, se vendían corsés de todas clases y tamaños, con la bendición de la “Facultad Imperial de Medicina de París”, que había dictaminado que “está probado que un corsé hecho al cuerpo de una persona, jamás puede incomodar, si el corte es bueno y por consiguiente, no causará nunca, la menor dolencia”. Los cosméticos eran variadísimos, pero la “línea del doctor Domassan”,  era una de las más publicitadas. Ofrecía “el agua de lis doble”, para el cutis de las señoras, el “agua preservativa” para el cuidado de la boca y el “agua para teñir el pelo privilegiada”, en las variedades negro, castaño y rubio, especial para caballeros, “a quienes no les endurecería las facciones”. Había también “ungüentos salutíferos” para combatir la calvicie y “pomadas olorosas” para disciplinar los bigotes.

Las ofertas de la medicina también eran variadas. El que prefería a los alópatas, a los homeópatas o aún a los “mano santas”, los tenía bien a mano y si se prefería ser tratado por una corporación galénica, no tenía más que dirigirse a la “Empresa de Puestos Médicos”. Si lo que necesitaba era que le hicieran una sangría, seguramente encontrará lo que busca si acude a un práctico que se calificaba a si mismo como “pedícuro o callista, flebótomo o sangrador”, en cuyos avisos publicitarios, no dejaba de anunciar que las sanguijuelas que aplicaba, eran importadas de Hamburgo, “célebres por su poder extractivo”. El doctor Ernest sacaba dientes sin dolor, pues anestesiaba con gas, compitiendo en tales menesteres con una señora que publicaba en el diario La Nación, un aviso donde ofrecía “una cura radical del dolor de muelas, sin operación alguna”, y como siempre, gratis a los soldados y a los pobres”. También la farmacopea era abundante, amplia, generosa e “infalible”. Ofrecía el bálsamo del doctor Greeves para los sabañones, el aceite de Berthé o el Quinium Labarraque como tónico reconstituyente, las perlas de éter del doctor Clertan para las jaquecas y neuralgias, los polvos de Rogé como laxante y las Píldoras de Vallet, que terminaban “con los colores pálidos”.

La ciudad de Buenos Aires era cosmopolita y políglota. Un aviso clasificado de la época decía: “Da questa casa vengono emesse cambiali in oro per l’Italia ..” y en “El Alcázar” se daba el vaudeville “L’homme n’est  pas par-fait, en tanto que en el Colón viejo, se representaba “Gli Ugonotti”. Pululaban los profesores de idiomas y competían ardorosamente entre sí. ¿Dónde vas sin saber inglés?, preguntaba uno de ellos, publicitando sus servicios en la prensa local. ¿Dónde vas sin saber francés?, retrucaba otro al día siguiente., mientras otro prometía “se enseña el inglés en 12 lecciones. Si el alumno no lo habla bien después de esas 12 lecciones, no se exigirá recompensa alguna”.

Otra actividad que era muy apreciada por los porteños, era la lectura. Buenos Aires era en verdad, una ciudad de lectores. Había ya numerosas librerías y hasta se hacían remates de libros. La “Librería del Colegio” ofrecía la “Historia de un joven” de Octavio Feuillet, traducida por Ángel Estrada. En Cangallo 170, se ofrecían publicaciones de la Casa Morel de París y la “Librería del Plata”, ponía a la venta obras americanas y documentos sobre el Río de la Plata.

Al interior se viajaba en galera o en diligencia. “La invariable Porteña” llevaba pasajeros hasta Azul y Las Flores. La “Flor del Oeste” iba hasta 25 de Mayo, “La Protegida”  cubría el trayecto Buenos Aires-Dolores y todas ellas aseguraban “caballos mansos y baqueanos”.  A las ciudades ubicadas sobre las costas de los ríos Paraná y Uruguay, se iba en barco y también hacia las de la costa atlántica se llegaba por agua: la “zumaca Naposta”, unía Buenos Aires con Bahía Blanca. Varias líneas de vapores llevaban pasajeros a Europa y a América. La “Compañía Italiana de Navegación” por ejemplo, iba a Génova  cobrando 140 pesos fuertes el pasaje en primera, $110 en segunda y $60 en tercera. Pero la navegación a vapor, todavía no había desplazado a los veleros: Para la ciudad de Amberes se podía viajar en la “muy marinera barca española Abnegación”. Para el Callao, en “la hermosa barca italiana Antonieta Costa” y para la Coruña,  en “la acreditada corbeta Nueva Ignacia”.

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