BUENOS AIRES COLONIAL

En  este relato, describiremos algunas características de la ciudad de Buenos Aires en la época colonial y durante los primeros tiempos de la vida independiente, que no resultan muy común encontrar en los libros de historia. Con ellos, trataremos de  pintar algunos aspectos del escenario cotidiano donde la historia patria comenzó a escribirse.

Así, por ejemplo, diremos que en el siglo XIX, el relator y viajero FÉLIX DE AZARA, encontró que la ciudad de Buenos Aires contaba con 40.000 habitantes; mientras que el resto del Virreinato, con sus cientos de miles de kilómetros, con sólo 31.000 y que las casas de la ciudad eran macizas y bajas, con techos de azoteas muchas de ellas, como no se veían en otras ciudades del Virreinato, a excepción de la ciudad de Montevideo.

Muchas de las residencias pertenecientes a la sociedad «acomodada» poseían altillos en la parte superior y balcones con rejas sobresalientes, pero esta característica constituía un verdadero peligro para los transeúntes, debido a que la estrechez de las veredas y la poca iluminación que había en ellas durante la noche, hacía fácil que se las llevaran por delante..

Las calles estaban transitadas durante el día por gente a pie, a caballo y en carruajes, que transitaban por la mano izquierda, costumbre que recién se cambió en el país en el siglo XIX. Esto se debía a que los cocheros de los carruajes tirados por caballos, se sentaban en el centro del pescante, manejando el coche con las dos manos o con la izquierda las riendas y el largo látigo con que impulsaban a los animales era empuñado con la mano derecha. De esta forma, era fácil, que si circulaban por la derecha, descuidadamente golpearan a los transeúntes que caminaban por las veredas. En mu   chas ocasiones se vio volar por los aires sombreros de señoras muy encumbradas, debido a la maniobra de un conductor poco cuidadoso.

Casi todas las viviendas eran blanqueadas a la cal y en las calles el pavimento no existía. El marques de Loreto, virrey de fines del siglo XVIII, se preocupó de em­pedrarlas en el centro, pues se corría el riesgo que, algunas de las casas del lugar, construidas de barro y paja, se derrumbaran en los días de grandes lluvias, que era cuando las calles se convertían en verdaderos arroyos que hacían intransitable la ciudad y socavaban los cimientos de las casas.

BERNARDINO RIVADAVIA, allá por el año 1822, mandó demoler el muelle de manipostería que existía en el puerto y utilizó las piedras que de allí se sacaron, para empedrar la calle Florida, la que por ese motivo se llamó  “Calle del Empedrado”. No hace mucho tiempo, con motivo de una obra que se realizó en esa calle, al cavar,  los obreros dieron con el antiguo empedrado. Este acontecimiento del empedrado de la ciudad, resultó ser una veraaaera novedad y motivo de interés popular.

En esa misma calle, existían numerosos negocios y tiendas donde las negras de la época vendían toda clase de baratijas, empanadas y las famosas tortas fritas, que eran adquiridas por las damas de la sociedad, de paseo por esa importante arteria.

Los puestos de venta se denominaban ‘Timbas», voz de origen quechua. En muchos de ellos, en sus trastiendas, funcionaban mesas de juego clandestino, de allí quedó esta denominación en la jerga popular para referirse a los lugares donde se juega, a las cartas o a los dados.

En el mismo sitio donde hoy se encuentra la Casa Rosada, estaba el Fuerte e inmediatamente detrás, las costas del Río de la Plata. Vale decir que todos los terrenos que actualmente se extienden hasta lo que es la Costanera, los muelles transformados en la lujosa zona de Puerto Madero, fueron sucesivas ganancias al río mediante el trabajo de relleno.

La iluminación era escasa y mala. Consistía en faroles a vela de sebo que a poco de encendidos ennegrecía el vidrio y sólo eran referencias lumínicas en las calles para no perderse. Por ese motivo, los que salían de noche llevaban, irremediablemente, un esclavo o negrito con el correspondiente farol.

Para los paseos, los porteños usaban el caballo para trasladarse a los distintos sitios un poco retirados en las afueras de la ciudad, especialmente por el Norte, y más propiamente, en la zona donde se encontraba la antigua Plaza de Toros, hoy Retiro (“Buenos Aires Colonial”, Tcnl. Gustavo Adrián Bruno).

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