BATALLA DE ACOSTA-ÑÚ (16/08/1869)

Cuando el heroísmo al servicio del amor patrio o de una causa,  llega a las cumbres del sacrificio humano, comporta uno de los valores éticos más ponderables. Pero, cuando es todo un pueblo el que se inmola en aras del deber, cuando no desertan de la cita con la gloria ni los moribundos ni las mujeres ni los niños, entonces, estamos ante  un ejemplo para las naciones. La hermana República del Paraguay conmemora, todos los 16 de agosto, una epopeya única en la historia de la guerra de todos los tiempos: la batalla de Acosta-Ñú de Campo Grande.

Durante la guerra con Paraguay, la división al mando del general BERNARDINO  CABALLERO tenía una característica que la diferenciaba de todas las que conoce la historia. Aunque parezca leyenda, ¡estaba compuesta por niños de once a catorce años! Ya en el Paraguay se habían terminado los combatientes adultos  y la patria, en un último esfuerzo, recurría a sus niños. Muchos de ellos se pusieron barbas postizas, para que el enemigo no los viese tan jóvenes y todos, tenían en sus miradas la fiera resolución de pelear hasta la muerte.

La guerra de la Triple Alianza llegaba a su fin. Mediaba agosto de 1869 y con la ciudad de Asunción ya ocupada por las tropas brasileñas, el mariscal FRANCISCO SOLANO LÓPEZ, en su marcha hacia las serranías del norte del país, buscaba dilatar el final, a la espera, tal vez, de un milagro. Después de que los aliados tomaron Peribebuy, el mariscal ordenó evacuar el campamento de Azcurra y proseguir la retirada. En la noche del 14 de agosto, López llegó a Caraguatay. Al día siguiente después de hacer oficiar una misa de campaña, cruzó el Yhaguy por el Paso Franco,  camino a San Estanislao. Era la última peregrinación rumbo a la muerte que habría de concluir en el martirio de Cerro Corá. Allí ordenó que la población civil que seguía al ejército se quedara en Caraguatay. Los que en adelante lo siguieron en su martirologio,  lo hicieron voluntariamente.

Los vencedores de Peribebuy dividieron sus fuerzas para cortarle la retirada, encabezando personal mente el primer cuerpo de ejército, el comandante en jefe de los ejércitos aliados, el conde D’ EU, .príncipe imperial, puesto que era el yerno del emperador del Brasil.

D’ EU  se dirigió hacia Caacupé, mientras el mariscal VICTORINO MONTEIRO, al mando del segundo cuerpo, marchaba hacia Barrero Grande. López, en tanto, había formado una división de retaguardia, la que conduciría todo el tren de bagajes, en realidad, restos fantasmales de lo que fue una vez, el ejército mejor armado de esta parte del continente. Esta división que contaba con jefes veteranos como los coroneles OVIEDO, MORENO y FRANCO, era comandada por el general BERNARDINO CABALLERO, un héroe legendario de esa trágica contienda. Había comenzado con el grado de sargento, al iniciarse las operaciones cinco años antes, y ostentaba en esos días el grado de general de divi­sión. Fue, luego, en la paz, un prócer de la recuperación paraguaya y un presidente ejemplar, en medio de las borrascas. Mozo elegante, de rubia cabellera y ojos azules, de facciones finas y varoniles, su bizarra estampa cruzaba como un centauro en medio del fragor de las batallas.

Amaneció el 16 de agosto de 1869. La división de los niños no llegaba a los 4.000 combatientes; había dejado Caacupé y atravesaba el gran descampado de Acosta-Ñú, en Campo Grande. Mal nutrida, mal armada, casi sin municiones ni ca­ballería, la columna, más que un ejército, parecía una gran procesión de niños Allí, al despuntar el alba, fueron alcanzados por el cuerpo del ejército del conde D’Eu, integrado por 20.000 hombres del ejército brasileño y que contaba con cuarenta y tres cañones. D’Eu ordenó un gran movimiento envolvente contra los pequeños paraguayos. Los niños se sintieron gigantes, y se dispusieron a librar la batalla más estupenda que nos recuerda la historia.

Caballero tiró su línea de batalla apoyando su ala derecha sobre el arroyo Peribebuy, sus pocos cañones en el centro y su flanco izquierdo de cara al enemigo. La artillería aliada abrió el fuego sobre las filas paraguayas y entre los primeros en caer estuvo el coronel Franco, enterrado en el mismo campo de la acción. Luego, los niños esperaron a pie firme las cargas de la caballería brasileña. Los jinetes no podían comprender cómo se resistían esos pequeños, que apenas podían sostener sus largos fusiles de chispa. Las bajas se producían por ambos bandos y la lucha comenzó a desarrollarse cuerpo a cuerpo y en una desproporción inverosímil, ¡ cinco soldados adultos, por cada niño!. En las filas paraguayas nadie se rendía. Peleaban hasta que morían. El campo era un infierno de gritos, de ayes de dolor y de muerte, pero la batalla continuaba.

Cuando la situación no podía ser peor para los paraguayos, se oyó a lo lejos un rumor sordo, como el de una tempestad cuando agita la selva. Era la caballería que llegaba al galope precediendo al segundo Cuerpo del ejército imperial. Ante la seguridad del final, los niños se hicieron colosos y habrán pensado: “¡Para morir por la Patria,  hay que vestirse de ga­la!”. Y se cubrieron con su heroísmo, que era la última gracia que les daba Dios. Al ver llegar a la poderosa caballería imperial al mando del general CÁMARA, el capitán BLAS FLEITAS al frente del único escuadrón de niños-soldados con que contaba, se lanzó, sable en mano sobre los regimientos que llegaban de refuerzo, haciéndolos retroceder y acuchillándolos por la espalda…

Pero éste, fue el último esfuerzo del valor paraguayo en aquella jornada legendaria. La batalla, que había empezado en las primeras horas del día, tocaba a su fin. No quedaban ya municiones ni combatientes paraguayos. Caballero, en su desesperada resistencia, hacía cargar los cañones con balas de fusil, con trozos de metralla, con lo que había a mano. Cuando el fin se aproximaba, ordenó la retirada, pasando a proteger el Paso del Peribebuy. Pero todo estaba, en realidad concluido. Se había combatido durante ocho horas y aunque los paraguayos no se rendían, pues luchaban hasta morir, los pocos sobrevivientes eran capturados entre tres o cuatro soldados enemigos, que pese a sus esfuerzos, no podían reducir a estos pequeños que se resistían a ser capturados..

“El general CABALLERO, referirá luego el coronel CENTURIÓN, perseguido muy de cerca, abandonando su caballo, que se resistía a bajar la zanja, echó pie a tierra y vadeó a pie el arroyo Yuquery. Exhausto de cansancio, ganó la otra orilla y se internó en la espesura del monte acompañado de dos o tres asistentes; cumpliendo así con el encargo del mariscal, que le había recomendado con mucho encareci­miento,  que no se dejara tomar prisionero”.

Sobre Acosta-Ñú de Campo Grande,  caían las primeras sombras de la noche. Un silencio total cubría, como un sudario, el campo de batalla. La tragedia había terminado y el ejército vencedor antes de retirarse prendió fuego a la llanura para que el incendio concluyese con los despojos humanos que la cubrían. (La gran quemazón, Vista a la distancia, en un claro de La selva, parecía una lámpara votiva, que alumbraba el ejemplo increíble de esos niños que murieron ¡por su patria.

Hoy, una gran cantidad de argentinos llegan de turismo a Asunción del Paraguay. Pasean encantados por esa bella capital, recostada sobre siete colinas y que se refleja en una bella bahía del río Paraguay. Cuando miren sobre el Palacio de Gobierno, que fuera el Palacio de los López,  y vean tremolar la bandera tricolor, pisen despacio ese suelo, porque  ella simboliza una nación que resurgió de entre las cenizas de sus últimos niños muertos en “Acosta-Nú! (Fdo. Enrique Walter Philippeaux).

 

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