BARRIO “PALERMO”

El barrio fue siempre naipe de dos palos, moneda de dos caras” dice JORGE LUIS BORGES en su estudio sobre EVARISTO CARRIEGO. Esta duplicidad convergente le viene ya del nombre, que según unos, proviene de San Benito, el santo negro de Palermo, venerado en Sicilia y según otros, quizás más acertados, de un tal “capitán Doménico”, que había castellanizado su nombre italiano como Domingo y luego como Domínguez, agregándole el gentilicio de su ciudad de origen, “Palermo”, con lo que  pasó a llamarse Juan Domínguez Palermo, y “las tierras de Palermo” a esas grandes extensiones que había recibido de JUAN DE GARAY, cuando hizo el reparto, luego de fundar Buenos Aires en 1580

Abarcando esas tierras, el 22 de diciembre de 1808, se creó el Partido de Palermo y luego de muchos años, JUAN MANUEL DE ROSAS, un día, durante su primer período como Gobernador de Buenos Aires, decidió levantar allí, en medio de los zarzales y pantanos que caracterizaban a esa zona, su villa de campo. Como no era lerdo ni perezozo cuando se le ponía algo en la cabeza, pronto surgió como por ensalmo, una hermosa quinta con su columnada galería, su estanque, sus jardines, su capilla dedicada a San Benito (santo grato a la servidumbre de color), sus senderos bordeados de ombúes, que llegaban hasta el río. Para mayor solaz, una tempestad le brindó un naufragio frente a su quinta y al final del parque un barco encallado entre las toscas, ponía su nota de exótico refinamiento. Tan orgulloso de su propiedad estaba ROSAS, que encabezaba toda su correspondencia pública y privada con un infaltable “en Palermo de San Benito”.

Caído el Restaurador, será SARMIENTO quien más tozudamente bregará para instalar en ese mismo lugar, un parque público, que borre el recuerdo de su enemigo. Antes, hubo allí, escuelas y cuarteles militares, y una nutrida población suburbana empezó a congregarse en los alrededores. ADOLFO BIOY CASARES recuerda en su obra “Antes del 900”, “cuando estaba allí la Escuela Naval, cuyo frente daba a la Avenida de las Palmeras, aquellas palmeras que la gente llamaba burlonamente “las escobas de Sarmiento”. Las casitas de los alrededores eran bajas, pintadas de vivos colores, y adquirían una reputación más turbia a medida que se descendía hacia el arroyo Maldonado”.

Después de superar algunas discrepancias de quienes sostenían que nada debía quedar que recordara la reciente tiranía, el Parque soñado por SARMIENTO, llamado significativamente “Tres de Febrero”, se inauguró en 1875, ceremonia en la que el presidente AVELLANEDA plantó una magnolia como anticipo de las flores que adornarían su discurso. A la entrada del Parque se levantaron los recordados “Portones de Palermo” y a partir de entonces, no obstante los laudables propósitos de sus fundadores, el Parque no fue un dechado de pulcritud, hasta que también aquí se hizo sentir la acción progresista de TORCUATO DE ALVEAR quien como Intendente de la ciudad de Buenos Aires, se preocupó por su mantenimiento.

El Parque en sí merece algunas reflexiones y recuerdos de su realidad, como por ejemplo que, recorriendo sus senderos, exhibía jactanciosamente sus dedos cuajados de brillantes Blanca, la esposa de Ramón, en “La gran aldea”, de LUCIO VICENTE LÓPEZ, pensando quizás que era necesario  lucir las ventajas de su nuevo estado, aunque no dejaría de desconcertarla, el que también paseara por allí su cochero ALEJANDRO. MARTÍNEZ ESTRADA, en su obra “La cabeza de Goliat, lo considera “el lugar más poético de la ciudad” y desautoriza a los viajeros que lo comparan con Versailles o con el Bois de Boulogne, como si Palermo necesitara de un cotejo foráneo para justificar su existencia. Para él, Palermo tiene algo de propiedad privada. Es como si su dueño estuviera de viaje y permitiera generosamente que sus vecinos recorrieran su jardín. Palermo es la absolución de la ciudad y para CAMBACERES los paseos por Palermo, deberían hacerse en calesa descubierta, con buenos caballos y lacayos de librea, porque “ir a caballo es de guarangos”, según lo sostiene en su obra “En la sangre”.

Palermo es uno de los lugares elegidos cuando se quieren mostrar el más característico barrio del porteño tradicional. Muchos espacios históricos forman parte de este Barrio, quizás el que más calles y más nombres de nuestra Historia contiene. Allí nos encontramos con uno de sus enclaves más característicos: “Palermo Chico”, un coqueto espacio con casas residenciales, calles curvas y sinuosas, edificios que oscilan entre lo clásico y lo moderno. Sus árboles son perfectos y se mezclan con el “Malba”, un templo de la cultura que se caracteriza por su modernismo-contemporáneo que hasta se traduce en su arquitectura.

En otro rincón se encuentra la “Plazoleta Julio Cortázar”, característica de un “Palermo Viejo”, que conserva aquellos suspiros de una esquina rosada y de guapos caballeros cuya única posesión era el coraje al decir del poeta. Refugio de malevos y compadritos, de tangos y de bohemia rescatados por BORGES y CARRIEGO que en sus sueños los vieron caminar por esas callecitas cortadas de unos veinte pasos de largo, serpenteando entre casas pintadas de diversos colores.

Mirando al norte, están los “Bosques de Palermo”, conformando un conglomerado de lagos, jardines, montes, monumentos y clubes ricamente entramados entre calles y avenidas. Más allá “El Rosedal”, el jardín de los poetas, el jardín japonés, el Botánico y hasta hace muy poco el Zoológico de la ciudad de Buenos Aires.

Palermo, como vemos, anida cientos de lugares que forman parte de la vida misma de los porteños; que son sinónimo de familia, de domingos de sol, de refugio para el amor y quizás viéndolo así, comprendamos lo que quiso decir BORGES cuando en su obra “Fundación Mítica de Buenos Aires”, nos djo: “A mi se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

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