BARES, CAFÉS Y CONFITERÍAS PORTEÑOS QUE HICIERON HISTORIA

El café es uno de los rostros más característicos de Buenos Aires. Quizá el último, el más hondo, el más cruzado por sueños y desgarramientos. Los mejores han ido desapareciendo. Aquellos que servían para rumiar melancolías, para negar la trampa del tiempo, para charlar con un amigo. Algunos quedan en el centro y muchos en los barrios de la ciudad. Son 3.250 los que figuran en los registros municipales y nombrarlos y por qué no, resaltar sus méritos como integradores de una sociedad cada vez más dispersa, es, tal vez, defenderlos de su destino incierto. Por eso los mencionamos aquí, por ser además, una expresión de las costumbres de nuestro pasado, que respondían a sentidas necesidades de los vecinos y por la importancia que tuvieron algunos de ellos en la agitada vida de Buenos Aires desde los postreros años del siglo XVIII.

Bares Notables. Patrimonio vivo y a la vez ritual cotidiano; punto de encuentro con amigos, o con uno mismo, los “Bares Notables”  son hoy un emblema de la ciudad. Son en total 72 los que a consideración de la Municipalidad de Buenos Aires, han alcanzado esa jerarquía, algunos por su valor arquitectónico o mobiliario, otros por ser representativos de una identidad barrial, como reconocimiento a su antigüedad  y a su estrecha vinculación con la historia del barrio donde se hallan. Son algunos de ellos el  Café San Bernardo de Villa Crespo, el Bar del Club “Glorias Argentinas” ubicado en el barrio de Mataderos,  el Bar La Coruña” en San Telmo y el “El Buzón” ubicado en el barrio de Pompeya, funciona en donde estaba el Colegio Luppi, donde Homero Manzi fue pupilo y quizás, mirando por sus ventanas que dan al sur, compuso el tango “Manoblanca”, aval expresión del alma porteña.

Uno de los primeros cafés instalados en el Buenos Aires virreinal,  se llamaba “La Amistad” y abrió sus puertas en el año 1779 en el bajo de la Alameda. Más o menos de la misma época es el llamado “Café de los trucos”, que dio nombre a la cuadra sur de la Plaza Mayor, donde funcionaba. Se supone que tomó ese nombre por ofrecer a su clientela mesas de truco, especie de billar que estuvo muy en boga en aquellos tiempos y más o menos de la misma época, el Café de “Santo Domingo” que estaba frente al Templo de este nombre en Defensa y Belgrano. A éstos le siguieron luego los famosos cafés de “Marcos”, el “Café de los Catalanes” y el más aristocrático de todos el  “Café de la Victoria”.

El “Café de Marcos (1801), Llamado a veces “Mallco o Marco”, tomó su nombre del primitivo dueño: PEDRO JOSÉ MARCOS. Estaba ubicado en la esquina de Bolívar y Alsina. Es posible que comenzara a funcionar en la víspera del 4 de junio de 1801, de acuerdo a un aviso en el “Telégrafo Mercantilque decía textualmente: “Mañana jueves se abre con Superior permiso, una Casa Café en la Esquina frente al Colegio, con mesa de Villar, Confitería y Botillería. Tiene hermoso Salón para tertulia, y Sótano para mantener fresca el agua en estación de Berano (sic). Para el 1º de Julio estará concluido un Coche de 4 asientos para alquilar y se reciben Huéspedes en diferentes Aposentos. A las 8 de la Noche hará la apertura un famoso concierto de obligados instrumentos”.

El “Café de los Catalanes”, que duró muchos años más, estuvo en la esquina noreste de San Martín y Cangallo, haciendo cruz con la casa del general San Martín (que ocupaba su hija Mercedes y su marido Escalada), donde estuvo la librería Peuser hasta hace pocos años.

El “Café de la Victoria” (1804). Fue el mejor café de Buenos Aires durante varios años. Estaba en la esquina de las calles Bolívar y Victoria (actual Hipólito Yrigoyen), al lado de la casa de MANUEL A. AGUIRRE, finca que fue demolida al abrirse la Diagonal Sur. El anónimo redactor del libro “Cinco Años en Buenos Aires, 1820-25”, que firma “Un inglés”, dice que “el Café de la Victoria es espléndido y no tenemos en Londres nada parecido, aunque quizás sea inferior al “Mille Colonnes” y otros cafés de París. Como el café de Marcos, el de Catalanes (en Barí) y el de Martín, este café tiene un amplio patio cubierto con toldos en el verano y aljibes de agua potable. La mesa de billar está siempre concurrida y las mesas siempre rodeadas de gente. Las paredes el salón están cubiertas de vistoso papel francés con escenas de la India o Tahití y también episodios de la historia romana. Los mozos de café son extremadamente curiosos y hacen preguntas indiscretas. Uno me preguntó por qué los ingleses tenemos la cara tan rubicunda. Los precios son muy moderados: un vaso de licor o brandy o cualquier bebida, té, café y .pan importan medio real. Los mozos no esperan propina como en Inglaterra. Un “maítre ” dirige el servicio en el establecimiento”.  A ese café, en febrero de 1807,  el almirante Brown fue conducido en andas por el pueblo, luego de que desembarcara la Recoleta, después de la victoria que obtuviera en el combate naval de Juncal. Un testigo presencial dice que “el pueblo lo llevó hasta el aristocrático café de la Victoria donde estuvo una hora expuesto a la expectación pública”. La principal clientela de estos cafés, eran  jóvenes atraídos por la necesidad de participar en las luchas, abrirse camino, emular en momentos de agitaciones profundas, como las de principio de siglo. En ellos, se encontraron y se vincularon personas con aspiraciones comunes, actuantes, en  medio de difícil conjunción y fueron protagonistas en los sucesos trascendentales  de la nueva nación en 1810.  Según el doctor VICENTE FIDEL LÓPEZ, los mayores miraban mal a estos cafés por el espíritu opositor a las instituciones metropolitanas que distinguía a sus asiduos concurrentes, amigos de las novedades puestas en boga por los filósofos franceses. Esto no significaba  que se abstuviesen de concurrir, pues también iban a jugar sus partidas  de “tresillo o revesino”  y hacer de “mariscales de café”, género que siempre abundaba.

Café literario “La Helvética” (1860). Se inauguró en 1860 y funcionaba en la esquina de Corrientes y San Martín en la ciudad de Buenos Aires. Un edificio de dos plantas que cerró definitivamente en 1975.Durante 115 años, por su proximidad con el diario “La Nación”, fue un lugar de encuentro de periodistas, diplomáticos, políticos y funcionarios. En sus comienzos era frecuentado por Bartolomé Mitre, Carlos Tejedor, Leopoldo Lugones, José Ingenieros, Rubén Darío y otros personajes de igual fuste. En los últimos años, eran sus contertulios Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Láinez y Ernesto Sábato, quienes como aquellos, fueron protagonistas de muchas veces acalorados debates intelectuales y discusiones sobre arte, política y cultura que eran acompañados y moderados por cerveza suelta y maníes, servidos con vajilla inglesa y francesa.

Confitería “La violetas” (1884). Ubicada desde sus inicios en la esquina de Medrano y Rivadavia, de la ciudad de Buenos Aires, pertenece al selecto grupo de “Bares Notables”, como “La Ideal” y el “Tortoni”, locales que tienen como principal característica, que al ser los más tradicionales y representativos de la ciudad, gozan del apoyo de los programas oficiales del gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Fue inaugurada el 21 de setiembre de 1884 y posteriormente remodelada en la década de 1920.

La planificación y las tareas de remodelación se realizaron en base a bocetos en acuarelas y tinta china, confeccionados por un escenógrafo argentino cuyo nombre, lamentablemente no ha trascendido, pero que se sabe, tenía su taller en la calle Piedras N° 1019, de Buenos Aires. Las obras de restauración llevaron seis meses y durante ese tiempo numerosos obreros trabajaron bajo la atenta mirada de muchos de aquellos que habían integrado la planta de personal de la confitería original, La “boiserie”, el cielo raso estucado y las suntuosas arañas de caireles de cristal, fueron tratados para que quedaran tal como se veían en 1884, el año de su inauguración, volviendo a lucir sus vidrieras, puertas de vidrios curvos y pisos de mármol italiano.

El local tiene 80 metros cuadrados de vitrales y se les realizó una limpieza profunda a los que quedaban sanos, debiendo ser completados los faltantes con otros nuevos que, aunque se dijo que habían sido traídos desde Francia, la realidad es que sólo los materiales que eran necesarios, fueron traídos desde allí, ya que la confección de los mismos, corrió por cuenta exclusiva de ANTONIO ESTRUCH, artista argentino que ya tenía experiencia, pues ya los había hecho antes para el Café Tortoni (1).

Las arañas fueron otras de las reliquias fundacionales que merecieron una atención especial: se las sometió a un proceso de pulido, laqueado y se repusieron los “caireles” faltantes con otros nuevos con la misma calidad del cristal de los originales. El piso, en cambio, debió ser hecho de nuevo, porque el deterioro era terminal. Siguiendo el dibujo antiguo, para lo cual se contaba con fotografías que permitieron recrear el tamaño, la forma y el color elegidos por los diseñadores de época, se logró una reproducción exacta de aquellos que vieron antaño, recorrer su pulida superficie, a damas y caballeros de la alta sociedad porteña.

Lugar entrañable del barrio de Almagro. Centro de reuniones y de actividades culturales, la Confitería “Las Violetas” fue, como lo es nuevamente hoy, un símbolo de la ciudad de Buenos Aires. Heredera de un señorío que identificó como “la París de América” allá por los fines del siglo XIX.  El suntuoso y no menos cálido y acogedor ambiente que ponía a disposición de sus clientes, la proverbial amabilidad y destreza de su personal y la exquisita pastelería que producía “Las Violetas”, trascendió los límites del barrio y mucha gente concurría “al té de las cinco” o se trasladaba bien temprano, para comprar sus crocantes medialunas, su inigualado pan dulce con las mejores frutas abrillantadas y sus inolvidables milhojas con “fondánt” a punto  (1) El hijo y el nieto, también llamados “Antonio”, siguieron trabajando en el mismo rubro, y desde 1987 ocupan un local de Solís 263).

Café “Los 36 billares” (1884). Fue inaugurado en 1884 y estaba instalado en un local ubicado en la calle Corrientes. Contaba con 36 mesas de billar y su aparición causó tal sensación, que pronto este juego se puso de moda,  hasta el punto que, para 1890, ya había en Buenos Aires un centenar de locales con mesas de billar.

El 8 de julio de 1894, cuando despuntaba esa época espléndida y pujante en la que Buenos Aires, comenzaba a perfilarse como la ciudad más europea de América, según se data en los archivos históricos de la época, se produjo la apertura de la Avenida de Mayo, con un acto donde hubo una procesión de 500 antorchas, que iluminaron la ciudad de Buenos Aires, preanunciando que, a pesar de la oposición de algunos porteños, reacios a las transformaciones urbanas que comenzaba a sufrir la ciudad, esa zona, inexorablemente se iría poblando con más y modernos edificios, algunos emblemáticos (la mayoría de los cuales, siguen hoy en pie), e iría adquiriendo un “aire castizo y español”, que la identificaría para siempre.

Y hasta allí fue el Bar “Los 36 billares”, casi en la misma época de la apertura de la avenida de Mayo. Ubicado desde esa, su segunda fundación, en el número 1256 de dicha arteria, entre las calles  Salta y Santiago del Estero, ocupa la planta baja y el subsuelo de un edificio que fue construido en 1914 para la “Compañía de Seguros La Franco Argentina”. Los arquitectos COLMEGNA Y TIPHAINE fueron los autores de la obra que respondía al exquisito gusto de fines del siglo con una fuerte influencia de la colectividad hispana. En un amplio salón, se complementan armoniosamente las mesas de billar con el café y los grandes ventanales a la calle. La fachada, combina tonos ladrillo y arena con unos toldos rayados de la misma gama cromática, que sombrean las vidrieras. Cuatro faroles de estilo, iluminan la vereda y el cartel que exhibe  su nombre, muestra orgulloso el número 36 centrado entre dos tacos que definían la especialidad de la casa.

Las grandes arañas de bronce que iluminan hoy el salón principal también son originales y salvo algunas  tulipas, están en perfecto estado luego de la restauración a las que se las sometió cuando se trasladó a la avenida de Mayo.  La barra, que antaño era de mármol de Carrara, en un principio fue reemplazada por una de granito, pero respetuosos del prestigio adquirido a través de los años, sus dueños la cambiaron por otra tan elegante como que la que tuvo en sus tiempos de gloria. Hoy, las 36 mesas de billar funcionan en el subsuelo, dejando la planta baja para uso exclusivo del Café y de los juegos de mesa que allí practican los numerosos “habitués” de este reducto porteño,  que a partir de su inauguración, fue un punto de encuentro para los adictos al “copetín” y a las partidas de billar, dados, generala, dominó y ajedrez, entre otros juegos de moda en esos años.

Además del poeta español FEDERICO GARCÍA LORCA, que pasó una larga temporada, alojado en una habitación del Hotel Castelar y se hizo habitué del lugar, muchos famosos y muchos no famosos, practican desde entonces,  hacer sus “carambolas” en las mesas de “Los 36 billares”, un reducto porteño que tuvo entre sus paredes a lo más representativo de las artes, las letras y porqué no, también de la farándula y de los míticos cultores de nuestra música ciudadana, entre ellos, MIGUEL ANGEL BAVIO ESQUIÚ, jefe de la sección deportes del diario El Mundo en la década del cuarenta y creador en la revista “Rico Tipo”, el escritor ABELARDO ARIAS, el mismo que en su novela “La vara de fuego”,  recrea  una historia ambientada en los años treinta, en el “Hotel Lutecia” (hoy Hotel Chile), un edificio de la misma cuadras a la altura de 1293, esquina Santiago del Estero.

Café “La Puerto Rico” (1887). El 8 de noviembre de 1887, el aire de Catedral al Sur, en el barrio de Monserrat, se perfumó con el aroma del café recién molido. Don GUMERSINDO CABEDO abrió “La Puerto Rico” en un local de la calle Perú entre Alsina y Moreno; lo llamó así debido a que vivió algún tiempo en Puerto Rico, tierra de buen tabaco y apreciado café. En 1925 se trasladó al local actual, en Alsina 420, donde JOSÉ INGENIEROS, PAUL GROUSSAC, ARTURO CAPDEVILLA, JOSÉ MARIA MONNER SANS y RAFAEL OBLIGADO frecuentaron sus mesas. (…) La fachada combina el granito negro de los muros con amplias vidrieras, la carpintería de madera y su puerta de dos hojas con vidrios esmerilados con una taza de café y su nombre. En la vidriera aparece el muñeco característico del local, un negrito con ropa blanca y sombrero anaranjado. (…) El salón, de generosas dimensiones, tiene alrededor de 70 mesas redondas y rectangulares con tapa de mosaico granítico que lleva incrustada, en estaño, el nombre del café. La base es de madera. En las paredes la “boiserie” alcanza una altura de 2 metros, que intercala espejos de media luna, donde se reflejan las siete columnas existentes. El piso de mosaico granítico decorado tiene alusiones a su nombre, y estilizadas figuras de negritos y de barcos de vela triangular. (…) Los mozos, varios con muchos años en la casa, visten pantalón negro, camisa blanca, chaleco y moño a cuadritos rojos y negros. Una foto de los intérpretes españoles ÁNGELA MOLINA y MANUEL BANDERAS, nos recuerda que algunos pasajes de la película de Jaime Chávarri “Las cosas del querer”  se filmaron en este café. FRANCISCO LACAL MONTENEGRO, habitué de toda la vida, es el autor del tango “Café de La Puerto Rico” que dice entre sus versos: “…estampa del ayer / porteño y señorial / que allá por el ochenta y pico / viviste el florecer / del alma nacional….”.

Café Bar “El Tortoni” (1894).  Fundado el 26 de octubre de 1894, es el único de los cafés de la bohemia intelectual que sigue en pie. Ubicado hoy en Avenida de Mayo al 800, sigue siendo centro de reunión de gente famosa que frecuenta  su sótano, donde funciona una peña de literatos y pintores que tuvo apasionada vida en el Buenos Aires de los años 30. Gente como Ortega y Gasset, Luigi Pirandello, Juan de Dios Filiberto, Quinquela Martín o el filósofo Francisco Romero. Hoy, la peña no existe, el sótano es utilizado algunas veces para recitales de tango, pero entre las mesas de arriba, que los espejos multiplican, parecen flotar aún aquellos versos que escribió alguna tarde, allí mismo, Baldomero Fernández Moreno: “Desde un bar, arco iris te saludo, ahito de café y melancolía”.

La “Confitería del Águila” (1894). Ubicada en la esquina de las avenidas Callao y Santa Fe de la ciudad de Buenos Aires, se inauguró en 1894 y fue durante muchos años, lugar de reunión de aristocráticas damas que concurrían “a tomar el té” y a intercambiarse comentarios, novedades y “chismes” del mundo de la alta sociedad porteña. De sobria y elegante arquitectura, mesas deliciosamente servidas, su tenue iluminación y su clima sereno invitaban al contacto personal y a la confidencia.  

Café “San Bernardo” (1912). Un ícono del barrio de Villa Crespo, abrió sus puertas en 1912 y durante muchos años fue un espacio reservado sólo parta hombres, que escuchaban tangos, mientras la “vitrolera”, única mujer a la que era permitido estar allí, pasaba discos de pasta en un altillo oculto a la vista de los parroquianos. En 1920 se rompió esa regla (aunque no tanto). Paquita Bernardo, la célebre tonadillera, vestida de varón, debutó tocando el bandoneón y pasó a ser la primera bandoneonista argentina. Pero las cosas fueron cambiando. En 1930, ya con más de 20 mesas de billar, era una de las salas más grandes de la Capital y lugar donde se realizaban reñidos torneos con la participación de los grandes maestros del “taco y la tiza” y en un piso superior, funcionaba el “Club Social San Bernardo”, donde se jugaba a las cartas y al clásico dominó. Mágico espacio de nuestra ciudad que convocó a glorias como Carlos Gardel, Celedonio Flores, Genaro Espósito, Alberto Vaccarezza y hasta Benito Quinquela Martín que llegaba desde la Boca. Personajes como Leopoldo Marechal y actores como Max Berliner fueron sus “habitués” y todos ellos, junto a ignotos  vecinos que le dieron vida, quizás estuvieron presentes, en el recuerdo o en los corazones, cuando en ese entrañable recinto, en 1935, asumió el primer Presidente de la República de Villa Crespo, sueño loco e irreverente de un grupo de vecinos que mostraba así su sentido de pertenencia a un lugar que amaban y honraban.

Confitería “El Molino” (1917). Ubicada en la esquina de las avenidas Rivadavia y Callao,  desde 1917 acompañó la vida intelectual, política y social de nuestro país. LISANDRO DE L TORRE, LEOPOLDO LUGONES, CARLOS GARDEL, OLIVERIO GIRONDO, ROBERTO ARTLT y las jóvenes NINÍ MARSHALL, LIBERTAD LAMARQUE y EVA PERÓN discurrieron por sus elegantes salones disfrutando equisitos manjares, hasta que cerró sus puertas en 2004.

En sus salones con reminiscencias de palacio francés, aún suenan las voces y  risas de sus “habitués”, encopetadas señoras que iban a tomar “el té con masitas” y adustos caballeros que se reunían allí para criticar a los gobiernos de turno, imaginar revueltas y porque no, hacerse eco de alguna de las comidillas que le ponían pimienta al Buenos Aires de entonces.  El brillante proyecto del arquitecto FRANCISCO GIANOTT, con su esbelta cúpula y aguja de 65 metros de altura, su espectacular marquesina de metal, sus refinados “vitreaux” italianos y su transgresor “antiacademico art noveau”, la consagraron como una verdadera joya de la arquitectura mundial y hasta la UNESCO ha coincidido con ello.

Pero en su historia no solo hay frivolidades, cuando se recuerda una historia trágica ligada a la caída de Hipólito Yrigoyen: Cuando el 6 de setiembre de 1930 —fecha de la sublevación militar de Uriburu— los cadetes del Colegio Militar fueron baleados desde las ventanas del Congreso y desde uno de los pisos de la confitería y una multitud penetró en ella y la devastó. Reabrió sus puertas un año después, el 12 de octubre de 1931. Bella y con rasgos definidamente “art-nouveau”, habilita un poema de Oliverio Girondo que pudo —y quiso— festejarla diciendo: : “Las chicas de Flores tienen los ojos dulces / como las almendras azucaradas de la confitería del Molino”.

Bar “La tacita” (1919). Estaba ubicado en la esquina de las calles Inclán y Boedo y comenzó a funcionar en 1919, cuando un señor turco de nacimiento, puso allí una vinería para vender vino suelto a los parroquianos que se acercaban al lugar para “tomarse una copa” acompañada por una rica “picada”. Con piso de madera, mostrador cubierto con estaño y los clásicos toneles con “espita” a la vista, el negocio marchaba viento en popa, hasta que al gobierno, en 1928, se le ocurrió que durante los “días de partido”, no se podía expender vino en diez cuadras a la redonda de los estadios de fútbol. Su cercanía con el estadio del Club San Lorenzo, hacía pasible de gruesas multas a nuestro querido turco y cómo se las ingenió para eludir los rigores del Edicto policial que amenazaba con terminar con su negocio ?.  Pues comenzó a expender el vino, servido en tacitas y a partir de entonces no era raro, ver a sudorosos hinchas, pañuelo con cuatro nudos cubriendo sus cabezas, o a malevos y cuchilleros vecinos, con “funyi” y pantalón de fantasía, tomando tranquilamente su vinito, como si estuvieran tomando el té con sus amigos.

Bar “El Imperial”. Ubicado en Defensa y Humberto Io. Como diría Raúl González Tuñón: “Un bar con cierto clima de los cuentos  de Oscar Henry o Bret Harte”. Todavía luce su mostrador cubierto con estaño, sus mesas de madera, una vitrola y una antigua máquina de hacer café que aún funciona. Tristón, fraternal y apacible como pocos, salvo los domingos de hoy, en que el rumor de la “Feria de la Plaza Dorrego” lo sacude y alarma.

Bar “El Británico. Instalado desde siempre en la esquina de  Brasil y Defensa. Desde los amplios ventanales se ve el parque Lezama, balcones que parecen selvas, chicos jugando a la pelota y vecinas habladoras que barren las veredas.

Bar “La Academia”. En Callao al 300, con sus características mesas de billar, dados y ajedrez, que invitan pasar al fondo, mientras al frente se acomodan periodistas, filósofos de barrio, poetas y otras criaturas de la bohemia. .

Restaurante “El Globo” (1914). El emblemático restaurante “El Globo”, ubicado en la esquina de Hipólito Yrigoyen y Salta, pleno barrio de Monserrat, es un  clásico de la cocina española que seduce con su puchero a la española y otros manjares ibéricos. Fue fundado por inmigrantes, naturalmente españoles y debe su nombre a la sugerencia de JORGE NEWBERY, un habitué del lugar. El amplio salón de estilo español todavía guarda algunos detalles de la decoración original, como las puertas cancel, el mueble de madera que cubre la pared detrás de la barra, algunos vitraux y el nombre del restaurante inscripto en letras de bronce sobre el granito del piso, en la entrada de la esquina.

ARMANDO AMOEDO, uno de los dueños, cuenta orgulloso la historia del lugar: “Esta era la casa de la familia SÁNCHEZ DE BUSTAMANTE y se supone que a fines del siglo XIX se mudaron de aquí, escapando de la fiebre amarilla”. La casa debía ser muy grande. El salón llegaba por lo menos hasta mitad de cuadra (sobre Hipólito Yrigoyen), ya que al fondo del restaurante, en la cocina, se ven las mismas columnas que en el salón principal, donde hoy están las mesas. Luego, a comienzos del siglo XX, se fundó con el nombre de  “Fernández y Fernández, Bar y Billares”. Al principio, era un lugar de concurrencia bastante clandestina  procedente de los bajos fondos”, comenta Amoedo, y muestra, en el sótano, algunas maderas que sobreviven de los “reservados” que allí había.

“JORGE NEWBERY -cuenta Amoedo- era un tipo muy de la noche, venía seguido y él fue quien sugirió, en 1908, que cambiaran el nombre por El Globo, en homenaje del primer cruce en globo del Río de la Plata que él mismo había protagonizado el año anterior con el “Pampero”. Fue el primero de noviembre de ese año. Su autorización por escri­to para utilizar el nombre todavía está. La tiene un señor de apellido MOURO, pariente de quien con un tal LÓPEZ fueran los dueño en otra época y .que pasados los años, le vendieron el negocio a cinco gallegos, como lo atestigüa un ,  cartelito de chapa con fondo azul, que luce en una de las paredes la leyenda “Bar y Restaurante El Globo” y debajo “Rial, Barreiro y Cia”.

Pero el restaurante tiene todavía más historia. Próximo al Congreso, fue frecuentado por legisladores y también por varios presidentes. “Venía Illia, y cada vez que entraba lo aplaudían. Y la campaña previa a la presidencia de Alfonsín se hizo acá, porque el comité estaba a media cuadra”, revela el propietario. Además, El Globo es un lugar elegido por artistas. Lola Membrives, Carmen Amaya, Margarita Xirgu y Jorge Luis Borges frecuentaban sus mesas, que aún reciben a comensales destacados, como Mercedes Sosa, León Gieco, Horacio Guarany y Teresa Parodi, entre otros.

Restorán “El Imparcial” (1860). Detener el tiempo, sentir que todo sigue igual, pedir el puchero de la infancia y comprobar que conserva el mismo sabor, esa es la magia de los restaurantes centenarios de la Ciudad; se trata de establecimientos que con más de cien años a cuestas mantienen la arquitectura y la propuesta gastronómica de sus orígenes. “Acá viene gente que elige la misma mesa en la que se sentaba con sus abuelos y se sorprende cuando prueba un plato y ve que no cambió en nada”, declaran sus dueños que han recibido el legado de “hacer las cosas como siempre se hicieron”, manteniéndose ajenos a las modas vigentes de la cocina de mercado, en la cual la estacionalidad gobierna la carta. En El Imparcial los platos se mantienen invariables temporada tras temporada. “Hay muchos productos, como la sardina, que solo se consiguen frescos en determinada época del año, entonces hay que buscar quién la tiene hasta conseguirla, siempre algún frigorífico guarda”. La Carta es de esas que ya no quedan, con 200 especialidades, tiene el grosor de un libro. El Imparcial es el restaurant más antiguo de Buenos Aires, se fundó en 1860 y debe su nombre a la postura política que conserva hasta hoy. Mientras que los franquistas se juntaban en el desaparecido Bar Español, los republicanos iban al Iberia, y cuando se juntaban la cita era en El Imparcial, donde hablar de política y religión estaba prohibido.

Restaurante de Watson. Ubicado en San Martín 68, servía almuerzos, lunches y cenas “recomendadísimas” por el mismo míster Watson.

Gran Restaurante y Café Americano. Funcionaba en la calle Cangallo, próximo al Mercado del Plata y en sus avisos hacía saber que su propietario “invitaba a la gente de buen humor a visitarlo para convencerse de la excelencia, prolijidad y baratura con que en él se sirve”. Y comunicaba además que “en el mismo hay gabinetes particulares a la disposición de los “amateurs” (habrá querido decir amantes?).

El “Plaza Grill” (1909). Pero la cocina española no es la única influencia de los centenarios, en el Plaza Grill del Hotel Plaza ofrecen un menú de la Belle Èpoque que se mantuvo sin variantes desde que el restaurant abrió sus puertas, en 1909. “Respetamos todas las recetas, sólo que los platos salen más chicos porque antes se comían porciones que hoy serían para dos personas”, explica Angel Barrera, gerente de Restaurantes del hotel. En sus mesas se sentaba la aristocracia porteña, por eso en el Plaza Grill funcionó el primer sistema de enfriamiento: se colocaban barras de hielo en los ventanales y un empleado ubicado en el medio del salón hacia funcionar los ventiladores mediante un sistema de poleas, de esa forma circulaba aire fresco.  Por supuesto, hoy hay aire acondicionado, pero la arquitectura del lugar permanece intacta, las paredes se cubren de boiserie, hay mosaicos de Delft, un tipo de cerámica proveniente de Holanda que coleccionaban las familias acaudaladas de la época y un gran hogar a leña. El servicio también es a la vieja usanza. Los platos salen de la cocina en un carro y se los tapa con un cubreplatos, una vez que todos están servidos se abren al mismo tiempo delante de los comensales”.

Restorán “El Puentecito” (1873). En La Boca otro restaurant resiste estoico el paso del tiempo, se trata de El Puentecito, fundado en 1873. La comida de olla es el fuerte, pero Fernando Hermida, uno de los socios, lamenta que no se la pida tanto como antes. “Hasta hace cinco años, los lunes teníamos lentejas, los martes mondongo, otro día guiso, pero lo tuvimos que cambiar porque la gente no quería esos platos, así que ahora solo los hacemos en fechas especiales”, cuenta.

Restorán “La Perla” (1882). Cerca de allí, en el ingreso a Caminito, se encuentra La Perla. Abrió en 1882 como una casa de citas donde funcionaba un bar.  El piso, techo y hasta las mesas son las mismas que cuando se inauguró, hace más de un siglo.   Sus empanadas son famosas hasta en el exterior. “Son tan buenas que varios turistas cada vez que vienen al país lo visitan y se las llevan en la valija  para freezar. Además, la Perla es sede de una peña artística y cultural que congrega a escritores y artistas vinculados a La Boca. Es que estos restaurantes serán centenarios, pero todavía están escribiendo su historia.

Restorán Pedemonte. (1892). Uno más en la larga lista de buenos restoranes tradicionales de Buenos Aires, que lamentablemente cerraron sus puertas por distintas causas, principalmente al no poder mantener su calidad, ante los embates de la modernidad y de los vaivenes de una política económica despiadada. El “Pedemonte”, como “Lo Prete”, “Adam”, “El Tropezón”, “La Cabaña” (de la calle Entre Ríos), el “London Grill”, el “Río Bamba”, “Alexandra”, “Clark’s” (de la calle Sarmiento) y “La Emiliana”, fueron lugares emblemáticos adonde se iba, no sólo a comer bien, sino que también eran activos centros de reunión, donde los comensales cultivaban la amistad y la buena costumbre de conversar, contarse cosas, intercambiar ideas, discutir proyectos, informarse e informar.

El “Pedemonte”, fundado en 1892 por GIUSEPPE PEDEMONTE, natural de Savano (remoto pueblo italiano), que vino, como tantos otros a “hacer la América”,  era un lugar que sobresalía no sólo por la excelente comida servida en una espléndida vajilla, la amable atención del personal y su deslumbrante decoración en la que se destacaban la “boiserie” y los vitrales, sino también por la alta calidad social de su concurrencia. “De lunes a viernes, por lo general, las mesas estaban ocupadas por hombres de negocios, representantes de la prensa o políticos. En cambio, los domingos eran (como decían antiguamente en los cines de barrio) los  “días de damas”, pues uno solía ver allí a las señoras más elegantes de la ciudad, compartiendo sus vidas (Fdo. Raúl H. Alvarez).

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