Atajar el pasmo

En el empírico arte de curar de los “curanderos”, en la campaña argentina, todo edema o hinchazón que se produjese en el cuerpo de una persona, era diagnosticado como “pasmo”, sin importar cuál fuera su origen. Y como es lógico, también tenían siempre a mano, la cura eficaz de este mal: había que “atajar el pasmo” porque si se lo dejaba avanzar, éste terminaría por causar la muerte  del atacado. Para hacerlo,  contaban con una abundante cantidad de “remedios”, a cual más extravagante. Las “friegas o frotaciones (“fletaciones” se decía) los beberajes de extraña composición, los “yuyos”, que en muchos casos servían realmente para curar, las “ventosas” y las cataplasmas, eran según estos “curanderos”, un segura garantía para “atajar el pasmo”. Pero como era muy frecuente en el vocabulario del hombre de campo, la frase excedió pronto el límite de sus aplicaciones y se generalizó para referirse a otras circunstancias o actividades. Se usó por ejemplo, para expresar que se ha logrado poner término a una situación de conflicto, antes de que pase a mayores, es decir que se han conjurado, en sus principios, tal como es el caso del “pasmo”. Así, como se le “ataja el pasmo” a un camorrero, al que se le impone respeto, ya sea por las buenas o por las malas, o a un caballo que ha sido dominado para sacarle mañas o al que discute sin fundamentos, y que es obligado a callar, porque se le demuestra la falsedad de sus afirmaciones.

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