ATADOR

Pese a lo que se lee muchas veces, a ningún gaucho del pasado, salvo muy excepcionales casos de urgencia, se le hubiera ocurrido emplear su lazo para “atar a soga” un caballo, ya se tratase del “nochero” en las casas, o del montado, cuando le tocaba “hacer noche” en el medio del campo. Y la razón era muy sencilla: el lazo trenzado o “torzal”, debía tener una determinada flexibilidad para servir como tal al enlazar o al pialar. Por eso es que no se engrasaban como se hace con otras sogas o “guascas”, empleando un simple trozo de grasa, sino que se lo frota con hígado vacuno, sustancia que le da al lazo ese exacto punto de rigidez que le es necesario, para ser eficaz como herramienta de trabajo. Si uaba el lazo simplemente para atar animales, el roce con la tierra, los pastos y por sobre todo, el rocío de la noche, lo harían perder esa condición vital, ablandándolo o endureciéndolo con exceso. Por eso, para esas eventualidades, el gaucho llevaba en su apero el llamado “atador”, una pieza cuyo sólo nombre define su utilidad: se trata de una tira de cuero crudo de unos cinco centímetros de ancho y de hasta doce metros de largo (en realidad un largo cabestro para que el animal pudiera moverse y pastar con libertad), que por medio de una presilla, se aseguraba a la argolla del bozal. En los viajes solía llevárselo doblado debajo del cojinillo, calzando  la parte delantera del recado, o envuelto alrededor del cuello del animal, cayendo desde la cruz,  hasta el pecho o encuentro, pero era común también, que cuando se viajaba de noche, recorriendo campos minados por cuevas de animales (tucutucus, vizcachas, topillos, etc.), el jinete  lo llevase en la mano, bien arrollado, para que en caso de una rodada, pudiera mantener el animal sujeto y  no quedara de a pie, porque su caballo había escapado.

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