ASESINATO DE JUAN FACUNDO QUIROGA (16/02/1835)

ASESINATO DE JUAN FACUNDO QUIROGA. A fines del año 1831 el famoso caudillo JUAN FACUNDO QUIROGA aceptó la misión que le confirió el gobernador de Buenos Aires, doctor MANUEL VICENTE MAZA por insinuación de JUAN MANUEL DE ROSAS, de zanjar las desavenencias entre los gobernadores de Salta y Tucumán, el general PABLO DE LA TORRE y el coronel ALEJANDRO HEREDIA respectivamente. Pero en medio de esta gestión, el general La Torre es asesinado y Quiroga dispone el inmediato regreso hacia Córdoba. Acompañado por su Secretario, el doctor JOSÉ SANTOS ORTIZ, quien le había advertido del serio peligro que corría su vida transitando por esos caminos hostiles llenos de partidas adversarias, emprende en su “galera” una marcha forzada. “No ha nacido el hombre que ha de matar a Facundo Quiroga”, le dice, agregando “—, a un grito mío cualquier partida que encontremos a se pondrá a mis órdenes y me servirá de escolta hasta Córdoba”. Valiente y soberbio, seguro de su prestigio, rehusó la escolta que le había ofrecido FELIPE IBARRA, gobernador de Santiago del Estero antes de partir. La galera de Quiroga, arrastrada por caballos elegidos, rodaba rápidamente por la carretera abierta entre los montes resecos por el sol. Quiroga dormitaba y Ortiz, inquieto, observaba en silencio los recodos del camino. En la calurosa mañana del 16 de febrero del año 1835, la galera abandonó la “Posta de Ojo de Agua” y ya se acercaba al lugar llamado “Barranca Yaco”, o sea, “Barranco de la Aguada”, (Córdoba), lugar solitario y sombrío, donde la planicie se abre en una ancha hondonada. Mientras la galera de Quiroga se acercaba, el capitán de milicias cordobesas JOSÉ SANTOS PÉREZ, apostado por orden del Jefe de la partida, el Teniente FLORES, oculto tras un monte de espinillos, estaba alerta, esperando la señal de uno de los de la partida que comandaba, que había adelantado como observador. De pronto se escuchó el tropel de los caballos y a la distancia, entre el polvo del camino se divisó la galera en que viajaba Juan Facundo Quiroga. Santos Pérez, firme y decidido se adelantó y ordenó: “Haga alto esa galera”. Y entre el monte se perdió el eco de una descarga. “El Tigre de los Llanos”, más valiente ante el peligro, asomó la cabeza: “¿Qué significa esto? —exclamó—, no maten a un general”. Y aunque hizo fuego con su pistola, Santos Pérez le atravesó un ojo de un pistoletazo. Se apeó del caballo, trepó a la galera y atravesó a Ortiz con su espada. Los postillones de la galera, el sargento FLORES y un muchacho que lo acompañaba , fueron arrastrados al monte y pasados a cuchillo. Sólo se salvaron un correo de apellido MARIN y el ordenanza del doctor ORTIZ, que lograron escapar. Al oscurecer, la partida —después del saqueo— abandonó el lugar y ya entrada la noche la lluvia borró los últimos rastros. Todo había ocurrido a las 11 de la mañana de ese 16 de febrero de 1835. Tanto el teniente Figueroa como el propio Santos Pérez informaron a REINAFÉ de la misión encomendada.

Recién el 1º de marzo la noticia de lo sucedido llegó a Buenos Aires. Habiendo logrado huir, el correo apellidado MARÍN dio cuenta al juez pedáneo de la posta de Sinsacate, PEDRO LUIS FIGUEROA de lo que aterrado había visto en Barranca Yaco, aquella calurosa mañana. El magistrado, de inmediato se puso en marcha con una carretilla y gente armada que llegaron al sitio del drama al atardecer. Allí vieron el cadáver desnudo de Quiroga, con un ojo hundido por una bala, un culatazo en la sien y una herida en la garganta. Encontraron otros cadáveres, no así el de JOSÉ SANTOS ORTIZ. El juez Figueroa comunicó aquella misma noche la noticia al Gobernador de Córdoba, coronel JOSÉ VICENTE REINAFÉ.

Hoy, en Barranca Yaco, una sencilla inscripción recuerda que allí cayeron Juan Facundo Quiroga, su Secretario el doctor José Santos Ortiz y con ellos, también, la dinastía de los Reinafé. Con Barranca Yaco se abrió un capítulo luctuoso en nuestra historia. Dividido el país entre unitarios y federales, la voluntad de los hombres no concilió jamás ambas ideas y resultó imposible contener el desenvolvimiento fatal de los sucesos, ni extinguir en un día las pasiones encendidas. La historia posterior lo demostró y los vientos sembrados dieron su cosecha de tempestades.

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