ARTIGAS PIDE ASILO EN EL PARAGUAY (20/1/1820)

ARTIGAS PIDE ASILO EN EL PARAGUAY. Hombre de muchos amigos y muchos enemigos, Artigas fue un defensor a ultranza de la unidad nacional rioplatense e incansable luchador contra la dominación española. Aun aquellos que no lo querían, lo respetaban y su valor les impuso respeto aun a sus enemigos. Había nacido en 1764, en un pueblito cercano a Montevideo y durante sus primeros años se dedicó al trabajo en el campo y según algunos historiadores, también al contrabando de cueros, al juego de naipes y a tocar el acordeón. Sentó fama de valiente, sereno y dueño de una voluntad de hierro y desde 1797, cuando ingresó como soldado al regimiento de Blandengues, comenzó a destacarse en la persecución de bandidos. En 1806 combatió en Buenos Aires contra los invasores ingleses y cuando estos fueron vencidos, se embarcó hacia Montevideo para llevar la noticia del triunfo. Su barco naufragó y debió llegar a la costa nadando. Más tarde puso toda su energía y experiencia en la causa revolucionaria. Posteriormente se enfrentó al gobierno de Buenos Aires y el director Posadas publicó un decreto declarándolo infame, privándolo de sus empleos y poniendo un precio de seis mil pesos a su cabeza. Más tarde el decreto se levantó y en 1817, cuando los portugueses invadieron Montevideo, las tropas de Artigas los mantuvieron a raya. Rechazó dinero y honores y siguió combatiendo hasta derrotar a una división portuguesa en el territorio de Brasil La suerte no lo acompañó en la lucha que emprendiera contra los caudillos del Litoral argentino, por lo que debió huir y pedir asilo en el Paraguay a su Presidente, el doctor Rodríguez Francia. Allí, a los sesenta años, acompañado por su fiel asistente “Ansina”, volvió a ocuparse en tareas rurales. La pequeña pensión que tenía asignada, la repartía entre los pobres del lugar, viendo en una extrema pobreza. En 1845 se trasladó a una chacrita cercana a la ciudad de Asunción, donde recibió la visita de mucha gente que respetaba su inquebrantable coraje. No aceptó regresar al Uruguay y en 1850, murió en el exilio a los 80 años de edad. Cinco años más tarde, sus restos fueron llevados a Montevideo.

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