ARTIGAS ENOJADO CON EL GOBIERNO DE BUENOS AIRES (25/12/1812)

Acosado por la difamación y las Intrigas que contra su persona difunden los dirigentes de Buenos Aires, Artigas resuelve, el 25 de diciembre de 1812, enfrentarlos abiertamente. Ese día envía una carta a MANUEL DE SARRATEA, jefe del ejército porteño que estaba poniendole sitio a Montevideo por orden del Gobierno de Buenos Aires, comunicándole que, a partir de ese momento, las fuerzas orientales no acatarán más su autoridad. Reproducimos los párrafos principales de la nota que enviara a estos efectos:

«¿Qué puede exigir la patria de mi? ¿Qué tiene que acriminarme? ¿Puedé ser un crimen haber abandonado mi fortuna presentándome en Buenos Aires, y regresar a esta Banda con el corto auxilio de ciento cincuenta hombres y doscientos pesos fuertes, reunir en masa toda la campaña, enarbolar el estandarte de la libertad y ofrecerle los laureles de San José y Las Piedras, después de asegurar otras miles de ventajas en el resto de los pueblos?.

 ¿Es un crimen haber arrastrado el riesgo. de presentarme sobre Montevideo, batir y destrozar las fuerzas que me destacaban, quitarles sus bastimentos y reducirlas a la última miseria? Estas fueron las grandezas de este pueblo abandonado, y éstos solos los que pueden graduarse de crímenes. Posteriormente, en la necesidad de levantarse el sitio, abandonados mis compaisanos a sí solos y hechos el juguete de todas las intrigas; ostentaron su firmeza, se constituyeron por si y cargados de sus familias, sostuvieron con honor e intrepidez un sentimiento bastante a contener las miras del extranjero limítrofe.

Sin embargo, estaba escrito en el libro de la injusticia que los orientales habían de gustar otro acíbar mucho más amargó. Era preciso que después de haber despreciado su mérito se les pusiese en rol de los críménes, y que fuesen tratados como enemigos unos hombres que, cubiertos de gloria, han entrado los primeros en la Inmortalidad de América.

Era preciso jurar su exterminio, confundirlos, perderlos… No, señor Excelentísimo, la grandeza de estos hombres está hecha a prueba de sufrimientos, pero cuando se trata de su defensa particular cesan las consideraciones. Bajo ese concepto cese ya Vuestra Excelencia de impartir sus órdenes. No cuente ya Vuestra Éxcelencia con algunos de nosotros, porque sabemos muy bien que nuestros obedecimientos hárán precisamente el triunfo de la intriga. Si nuestros servicios sólo han producido el deseo de decapitarnos, aquí sabremos sostenernos.El pueblo de Buenos Aires es y será nuestro hermano, pero nunca su gobierno actual…»

Para comprender esta actitud del caudillo oriental, debemos recordar que después del “Grito de Asensio”, ARTIGAS fue nombrado por el gobierno de Buenos Aires, Comandante de los voluntarios orientales que se habían levantado contra el virrey ELÍO, que se había instalado en Montevideo al ser desconocida su autoridad por Buenos Aires. El 18 de mayo de 1811 ARTIGAS derrota a los realistas en Las Piedras y junto a JOSÉ RONDEAU puso sitio a Montevideo, hasta que desconforme con los términos del armisticio firmado el 20 de octubre de ese año, se retiró con sus tropas y estableció su campamento en Ayuí, provincia de Entre Ríos, seguido por sus milicianos y las cuatro quintas partes de la población oriental (ver El éxodo oriental). Allí entró en conflicto con SARRATEA que llegó el 12 de junio de 1812, enviado por el gobierno de Buenos Aires para que ocupara su lugar, como Comandante de las fuerzas de la Banda Oriental, con la orden de regresar con ellas al sitio de Montevideo.

La personalidad de ambos jefes pronto provocó un mutuo rechazo y fueron muchos los incidentes que protagonizaron durante el breve tiempo que compartieron en aquellas circunstancias. La arrogancia de uno (SARRATEA), niño mimado de la sociedad porteña, educado en colegios de elite, inmensamente rico, diez años menor que su rival, sin ningún conocimiento ni experiencia como militar y la soberbia que le otorgaban todos estos antecedentes, chocaron de inmediato con un hombre (ARTIGAS) que hacía un culto de la austeridad y la vida sacrificada;  que venía de protagonizar un hecho histórico al mando del pueblo oriental que lo siguió en el éxodo; que consideraba su relevo, absolutamente injusto e inapropiado para el logro de la libertad de su Patria. A lo largo de esos once meses que debieron actuar juntos, las diferencias fueron acentuándose y quedan constancia de ellas en la numerosa correspondencia que circuló entre ambos, material al que remitimos a quienes deseen completar esta nota (ver) 

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