ARMAS Y ESTRATEGIAS EN LAS LUCHAS CONTRA LOS ABORÍGENES.

Las armas de los indígenas
“Los aborígenes de todo el país, con muy ligeras variantes, usaron las mismas armas tanto para la caza como para la guerra. Los guerreros a caballo manejaron con inigualable destreza las famosas chuzas que entre los pampas y araucanos llegaron algunas de ellas a medir hasta 3,60 metros de largo, mientras que entre los demás ecuestres del país, oscilaban entre 2,40 y 2,70 metros. Fabricadas en coligüe o tacuara con un fierro o moharra de ese mismo material, enastado en uno de sus extremos; normalmente a una cuarta abajo de la moharra, ataban un manojo de plumas de color, como adorno o distintivo de los diferentes escuadro­nes en que dividían sus cuerpos de caballería.

A poco más de un metro de su extremo inferior o regatón, les aseguraban un tiento doble, con el objeto de pasar la mano derecha por allí y dejar la chuza unida a la muñeca, para evitar su caída en un mal movimiento y también para voltear la lanza con su moharra contra el suelo y llevarla arrastrando, asegurada a su fuerte muñeca. La chuza llevada “a la rastra”, dejaba una huella en los pastos o la tierra y si eran 500 ó 1000 las lanzas volteadas contra el suelo, en un viaje de ida y vuelta dejaban una señal inconfundible que se conocieron como las rastrilladas del desierto.

Se valían de sus largas lanzas en muchas circunstancias ya que éstas no eran solamente su arma de combate. Si tenían que vadear un curso de agua, sin bajarse del caballo, las introducían en el agua y avanzando despacio, iban midiendo la profundidad y la fuerza de la corriente, para hacerlo con seguridad. Dormían montados y apoyados en ellas, permaneciendo atentos, aún en el sueño y si tenían tiempo y era oportuno, las clavaban en el suelo y extendiendo ponchos y mantas encima, fabricaban rápidos toldos, muy necesarios para el desierto. También usaban sus chuzas para medir la hora, sirviéndoles de jalón entre el la línea del horizonte y les bastaba inmovilizar la lanza, poniéndola perpendicular al suelo, para saber si un objeto muy lejano tenía movimiento o estaba quieto, según las vibraciones que ella les trasmitía. Astutos e instintivos, se valían también de técnicas primitivas, pero no por ello menos eficaces, para detectar algún movimiento en esas inmensidades: Aplicaban una oreja a la tierra y “escuchaban” y distinguían el galope de una tropilla o la marcha de una partida.

Todos los aborígenes argentinos usaron el arco y la flecha de distintos tamaños y eficacia. Lo mismo que la maza de piedra o la de madera dura, conocida como “macana”. También las hachas  de pedernal, encabadas en madera, la honda de cuero con la que arrojaban gruesas piedras a gran distancia y con una potencia asombrosa. El cuchillo de pedernal y luego de metal; la temible “bola perdida”,  que consistía en una bola de piedra acanalada en su circunferencia y asegurada con un tiento o trenzado de cuero, que hacía las veces de larga manija. Las arrojaban a la distancia, luego de hacerla girar rápidamente sobre sus cabezas, logrando tiros de una gran precisión o bien sujetándola por el extremo de esa “manija”, para golpear duramente con la piedra.

Las “bolas de dos ramales” y las “boleadoras” eran otras de las armas que usaron en defensa de lo que consideraban su tierra. La primera, eran dos piedras esféricas unidas por un tiento de aproximadamente un metro que se usaba generalmente para cazar, pero que también era llevada para el combate, lo mismo que las “boleadoras”, que consistían esta vez, en tres bolas de piedra unidas por un largo tiento, útiles también como arma arrojadiza o para golpear a un adversario, si sostenía con la mano una de esas bolas y se golpeaba con la otras dos. Con estas boleadoras de dos y tres ramales, el aborigen  sostenía combates personales con gran habilidad: aprisionaba entre los dedos mayor y siguiente de su pie derecho uno de los ramales y tomaba con ambas manos la o las restantes, realizando una especie de esgrima muy difícil de superar, que causaba la fractura  de un brazo o del cráneo del enemigo. Esta suerte de boxeo con verdaderos puños de piedra, fue muy practicada por los indígenas del sur y del Chaco Austral. Otra arma muy usada por los nativos argentinos para la lucha  a pié, fue la lanza corta que no era mayor de 1,70 metro de largo, con la cual se batían con inigualable habilidad.. Esta chuza, mucho más manuable que la larga que usaban yendo a caballo, fue el arma preferida de los guerreros del Chaco Austral y en cierta medida de algunos grupos de la cordillera central y sur (araucanos, mapuches, etc.).

Los caciques y capitanejos usaron también como símbolo de mando y jerarquía, sables y espadas que lucían orgullosos atados a su cintura. Los escudos de cuero crudo se emplearon de manera permanente y se los fabricaba con 3 ó 4 cubiertas de cuero crudo de guanaco, material que fue luego remplazado por el cuero de vaca, para darle mayor resistencia. También confeccionaban corazas que cubrían el pecho y la espalda del guerrero, utilizando los cueros de guanaco y más tarde de vaca, mucho más grueso que aquél. Con ellas, se protegían partes vitales del cuerpo y podían llevarlas sin mayor esfuerzo o incomodidad, debido al poco peso y gran flexibilidad que les era característico. Completaban estos equipos de cuero, llevando gorros o sombreros de ese mismo material, para protegerse la cabeza y en los grandes combates, acostumbraban presentarse con todos sus escuadrones cubiertos por esas prendas.

La estrategia de los indígenas.
Al principio, pelearle al hombre blanco, le fue muy difícil al aborigen. La superioridad de sus armas, la formación castrense, que lo habilitaba para el combate en cualquier circunstancia y terreno y el empleo del caballo como arma para la lucha, lo ponía en inferioridad de condiciones y sus ataques fueron siempre desbaratados, ocasionándoles  enormes pérdidas de vidas. Pero, poco a poco, el indígena fue perdiéndole el miedo al caballo y con suma habilidad fue aprendiendo a dominarlo y finalmente lo montó. Y ahí las cosas cambiaron: porque el indio a pie era una cosa y el indio a caballo era otra cosa muy distinta. Se hicieron eximios jinetes y supieron aprovechar al máximo las posibilidades que los caballos ponían a su alcance: podían recorrer muy largas distancias, podían atacar por sorpresa y en forma fulminante, podían arrear grandes cantidades de ganado, podían combatir mano a mano con el soldado criollo y hasta podían huir más rápidamente cuando eran perseguidos, luego de haber cometido alguna fechoría.

Su estrategia de combate cambió y sus ataques se hicieron más efectivos. Eran rápidas y desconcertantes sus apariciones. No se los veía venir y parecía que siempre sabían donde escaseaba la vigilancia o cuánto tardaría el “Huinca” en llegar para reprimir. Atacaban poblados y estancias, se llevaban cautivas a las mujeres, asesinaban a los hombres y huían llevando el ganado y los caballos que podían reunir, antes de que llegaran los soldados.

Cuando las circunstancias imponían una acción frontal, todas las tribus que se le opusieron al hombre blanco, en su lucha por la posesión de las tierras, realizaban sus ataques “a la atropellada”, con todos sus efectivos lanzados en masa contra el adversario o a lo sumo, escalonados en oleadas sucesivas, con sus jefes a la cabeza de cada grupo. Empleaban sus mejores caballos, la vestimenta más reluciente y sus mejores armas. El guerrero de a pié presentaba las mismas características y estas galas en la ropa y el armamento estaban condicionadas para el caso de muerte en el combate, porque así, con sus mejores ropas y armas debía entrar en los verdes campos de la vida infinita, donde el guerrero gozaría de alimentos, bebidas, música, caza, descanso y hermosas mujeres que atenderían sus mínimos reclamos.

Cargaban con toda rapidez, en medio de una gritería ensordecedora, revoleando sobre sus avezas sus largas “chuzas”,  hasta que se producía el choque frontal de ambas fuerzas y luego se abrían al combate personal. Esta táctica fue común en todos los pueblos indígenas argentinos y la única diferencia surgió cuando los combates se efectuaban con infantería, fenómeno muy lógico antes de la difusión del caballo en el país. En ese caso, el choque se realizaba con apoyo de arqueros que disparaban sus flechas sobre el enemigo, arrojaban piedras con las hondas de cuero y empleaban las peligrosas bolas perdidas. Esta táctica posibilitaba el avance de los guerreros para la lucha cuerpo a cuerpo, empleando la lanza corta, la maza o la macana, las bolas, el hacha de mano o el cuchillo.

Tanto el indio de las Pampas como los del Chaco austral, fueron eximios lanceros que daban la primera carga con la lanza en ristre, asegurada bajo el brazo y el torso, ligeramente abierta por el costado derecho del caballo, enhiesta hacia adelante y con su cuerpo echado sobre ese lado, como afirmando con su peso, el golpe de la temible chuza. Con su cabalgadura a toda rienda y más rápido aún en los últimos metros, daban el primer asalto, prorrumpiendo en estruendosos alaridos. Luego al producirse el entrevero, variaban sus tácticas y su esgrima, ora haciendo molinetes sobre su cabeza, ora a ambos costados de su caballo, imprimiendo a la lanza gran velocidad. De pronto paraban y quitaban los golpes de sable o lanza del enemigo, siempre con el empleo de su chuza o bien, buscando a toda velocidad, desprenderse de los adversarios, en busca de una salida que le diera distancia, para ejecutar nuevamente una segunda carga en formación, con la chuza en ristre.

La caballería indígena cargaba en compactos escuadrones, manteniendo una distancia prudencial entre cada jinete, para que estos pudieran evolucionar y hacer con sus chuzas las cabriolas necesarias, sea en “molinetes” por arriba o en los costados, más que nada para infundirse ánimo y causar pánico en el enemigo, para luego enristrar y dar la furiosa acometida. En la primera fila cargaban caciques y capitanejos, entremezclados entre los guerreros, para conducir y dirigir de manera más conveniente el combate y evitar la deserción de sus hombres. Cada 20 ó 30 lanceros, según la importancia de la fuerza empeñada en el combate, se intercalaba un cacique o un capitanejo. También solían llevar trompas de órdenes, para efectuar los diversos movimientos, pero otras oportunidades se llevaban trompas, cornetas, cuernos y silbatos, para producir un ruido ensordecedor, tratando de asustar al enemigo.

También solían atar en las colas de 100 ó 200 yeguarizos, vejigas de vacuno o yeguarizo infladas y con varias piedras pequeñas adentro,  para que, asustados por el ruido que producían las piedras, se espantaran y produjeran el desbande en la caballería enemiga al entremezclarse con ellos. O les arrebataban los caballos que encontraban pastando, para dejarlos de a pie y a merced de sus ataques. También les ataban cueros a los caballos, los que al ser arrastrados por el suelo, producían un ruido infernal que causaba pánico en las caballadas del enemigo y las hacía huir durante varias leguas, hasta que se lograba alcanzarlos y calmarlos. Prendían fuego al campo, para cubrir de humo a los soldados e incluso quemarlo, según la velocidad y la dirección viento, en una encerrona bien dirigida. Fue también costumbre de los indígenas hacerse perseguir a campo traviesa,  para llevar al empecinado perseguidor a zonas de fango o tembladeral, para dejarlos de a pié e indefensos, para luego poder matarlos.  Otra habilidad consistía en atraerlos a campos de “romerillo” o “mío-mío”, (ambos muy venenosos), para que los yeguarizos cansados y hambrientos  lo comieran y murieran envenenados.

Las avanzadas o exploraciones que realizaban los llamados “bomberos”, para controlar el movimiento del enemigo, cuando era factible, se realizaba a caballo y para ocultarlos de las partidas contrarias, se procedía a voltearlo en un bajo o un “fachinal” muy yuyoso, dejándolo maneado, para que no se pudiera levantar, con lo que lograban mantenerlo oculto a la vista del adversario y si iban de a pié, se acercaban sigilosamente, ocultos entre los altos pastizales hasta una distancia que les permitiera observar a su objetivo, manteniéndose absolutamente inmóvil y mimetizado con el terreno, por el tiempo que fuere necesario. En caso de existir cuevas de peludo o vizcacha, “el bombero” entraba en ellas y se cubría el rostro con cenizas o barro, para “enmascararse” y desapercibir su presencia, mientras observaba.

Las armas y la estrategia del hombre blanco (el Huinca)
En el siglo XVI, cuando aparecen los españoles en la cuenca del Plata, traen armas de fuego cortas y largas, cañones y armas blancas de acero. Cada disparo de cañón pedrero o con metralla, abría gruesos vacíos en la masa de infantería indígena, desde larga distancia y los mosquetes y fusiles, a menor recorrido, pero también eficaces y por último, las lanzas, sables, espadas y puñales del hombre europeo, diezmaban al guerrero aborigen. El español se cubría con yelmos y corazas de metal, tiene tácticas distintas y ha luchado en Europa con otros ejércitos tan aguerridos como el suyo. Además incorpora a la guerra en el Rio de la Plata, un elemento natural insustituible: el caballo que causa espanto en los indígenas, hasta que se acostumbran a pelearlo, tomándolo de las riendas y volteando al jinete, pero eso les cuesta muchas víctimas y siempre las luchas son muy desiguales. Hasta que los indígenas le perdieron el miedo al caballo y supieron servirse de él, para combatir de igual a igual con el soldado criollo.

Las cosas se pusieron después más parejas y durante largos años, los aborígenes tuvieron en jaque a las fuerzas que se enviaron para dominarlos, obligándolos a mantener una actitud defensiva. Pero, la seguridad en las fronteras era ya una exigencia que no se podía dejar de atender. Los contínuos ataques que realizaban los indígenas a poblados y estancias instalados en esas tierras irredentas, obligaron a las autoridades nacionales a definir su posición y tomar las medidas que fueran necesarias. El Ejército fue fraccionado para que pudiera cubrir una línea determinada por puestos militares aislados a grandes distancias, unos de otros, cubriendo una extensión de 400 leguas, desde San Rafael (frontera sur de Mendoza), hasta la costa del Océano Atlántico, denominada “Frontera Sur de Buenos Aires”. Este sistema de defensa continuaba con muy pocas variaciones en sus términos y medios de ejecución. Las tropas, de reconocida lealtad, se desmoralizaba y en muchos casos desertaba, por la inacción que le imponía la soledad de sus posicione, en tanto el indio proseguía con sus atropellos en distintas zonas, en veloz y permanente movilidad.

A partir de 1823, ante la probada ineficacia de la estrategia adoptada, se tomó la decisión de darle un giro de 180’ a la misma y el Gobierno Nacional se dispuso a tomar una actitud ofensiva, “para terminar con el problema con el indio”. A estos efectos, se realizaron sucesivas campañas y disposiciones que se pusieron en marcha  entre 1823 y 1870. En vastos territorios que se ubicaban al sur de Buenos Aires y en el Chaco Austral, comenzaron a surgir fuertes, fortines, avanzadas y poblados. ADOLFO ALSINA ideó construír la famosa “zanja de Alsina”, que si bien no sirvió para contener el ataque de los malones, si fue eficaz, para demorarlos en su huída llevando el ganado y las cautivas que habían robado. MARTÍN RODRÍGUEZ, el mismo ALSINA, JUAN MANUEL DE ROSAS y finalmente JULIO ARGENTINO ROCA, encabezaron sendas campañas

Al promediar el siglo XIX, sólo quedan dos masas de guerreros indígenas que luchan por su tierra y sus formas de vida. Son los pueblos del sur argentino y los del Chaco Austral. Los enfrentamientos son desiguales: el fusil, la ametralladora y el cañón krupp, no tienen oposición en la lanza, las flechas y las boleadoras. Las expediciones punitivas van terminando con caciques, capitanejos, guerreros, príncipes y princesas del desierto. La prisión o la muerte liquidan la clase dirigente y se anula por el hambre y los trabajos forzados al grueso de la población aborigen, carente ya de conducción militar, cultural y política  (“Caciques y Capitanejos  en la Historia Argentina”, Guillermo Alfredo Terrera, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1986).

CÓómo combatir al indio en la Frontera Norte.
Por considerarlo de interés, recordamos que la expedición al río Pilcomayo, efectuada por el gobernador intendente de Potosí, FRANCISCO DE PAULA SÁENZ, le sirvió a este, para producir un informe sobre los resultados de su expedición, acompañado por una serie de conclusiones, que según su criterio, deberían ser tenidas en cuenta para combatir con éxito a los indígenas hostiles. Dice al respecto en su informe del 21 de mayo de 1805:  “Es necesario tener en cuenta que la preparación y ejecución de una excursión contra los indígenas del Chaco, deberá afrontar serias dificultadas, fundamentalmente presentadas por factores geográficos. Es de capital importancia entonces realizar exploraciones previas y empleando pequeñas unidades de tropa, conocedoras del terreno y de las tribus que lo ocupaban; preparar detalladamente la zona de operaciones, de manera tal que los  operativos de la lucha contra los indígenas, se realicen contando con la debida organización, el necesario equipo y el suficiente adiestramiento de la tropa a emplear. La escasez de soldados y la falta de un equipamiento militar adecuado resulta menos peligrosa que la carencia de agua o abastecimientos. Por ello debe insistirse repetidamente en el aprovisionamiento de ganado vacuno y caballar, enviándolo  por remesas, previamente concertadas con las guarniciones  instaladas en tierras de indígenas o reunido luego de atacar los pueblos hostiles que se encuentren  en el camino. Ir penetrando en territorio indígena mediante etapas sucesivas para afianzarse en el terreno conquistado y abastecerse convenientemente para las próximas etapas. Utilizar, en lo posible, la vía fluvial y poseer un depósito de víveres siempre en las cercanías de las columnas. En nuestro caso,  el centro de abastecimiento fue el Fuerte de San Luis. Medir las jornadas diarias de marchas por la presencia de agua y pasto en primer término. Por ello, el indio quema siempre los pastos. Contar siempre con la presencia de indios aliados y baquianos. Arrasar con los pueblos hostiles para luego de quemar las casas buscar los “troges” de maíz, que muchas veces han sido enterrados y apoderarse de todos los animales que se encuentren como gallinas patos, etc. además del ganado caballar o vacuno  que posean. Dentro de la táctica operativa indígena,  además de la quema de los pastizales,  está también el retiro inmediato de sus muertos en batalla,  para evitar que el enemigo conozca el alcance del daño efectuado entre las filas de la indiada” Finalmente opina sobre la táctica operativa que será conveniente aplicar en la guerra contra los indígenas, diciendo que “se deben realizar ataques rápidos y decisivos y no efectuar operaciones prolongadas y  lejanas, dificultadas por las posibilidades de abastecimiento”.

Obras consultadas: “Bárbaros: los españoles y sus salvajes en la era de la ilustración”, David John Weber. Ed. Critica, 2007; “Caciques y Capitanejos en la Historia Argentina”, Guillermo Alfredo Terrera, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1986; “Chasque del Desierto”, Anuario Nº 1, editado por la Asociación de Expedicionarios al Desierto; “Crónica histórica del Río Negro de Patagones (1774-1834). José Juan Biedma,  Ed. J. Canter, 1905; “Crónicas Militares”, Tomo I, editado por el Ministerio de Guerra, 1924; “Frontera ganadera  y guerra con el indio durante el siglo XVIII” de Fernando Enrique Barba; “Frontera indígena al sur del virreinato del Río de la Plata (Wikiwand); “Historia del Desierto”, Orlando Mario Punzi: “Historia Integral Argentina”, Centro Editor de América Latina, 1970; “La campaña del Desierto”, Arturo Carranza; “La conquista del Desierto”,  Juan Carlos Walther, Buenos Aires 1947; “La conquista del Desierto”, Enciclopedia ilustrada Atlántida; “La nueva línea de fronteras”, memoria especial del Ministerio de Guerra y Marina, presentada a las Cámaras Legislativas por el doctor Valentín Alsina en 1877, Editorial EUDEBA, marzo de 1977, Buenos Aires; “Los orígenes de la Argentina: Historias del Reino del Río de la Plata”, Ricardo Lesser, Editorial Biblos, 2003; “Memorias póstumas”, Lucio Norberto Mansilla; Memoria del Regimiento 6 de Caballería “Blndengues”; “Recuerdos  y relatos de la guerra de fronteras”, Alfredo Ebelot, Buenos Aires, 1968; Revista “El Blandengue”, Año 2007; Revista del Suboficial; “Vivir en la frontera”, Carlos A. Mayo, Ed. Biblos, 2000.

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