APODOS, SOBRENOMBRES Y SEUDÓNIMOS DE GENTE FAMOSA

Es variada la cantidad de apodos, alias y calificativos que distintos personajes han recibido a lo largo de nuestra historia, desde la época colonial. Aquí nos referimos a varios que van desde la época de los virreyes hasta la actual y si quiere saber más sobre este tema, le sugerimos consultar la obra “Apodos y denominativos en la Historia Argentina”, de Cútolo-Ibarguren (h), Editorial Elche, Buenos Aires, 1974,  que contiene más de 750 datos sobre el mismo, algunos de los cuales, son los que aquí figuran.

Durante el Virreinato, varios virreyes recibieron apodos cariñosos (o satíricos), por parte del  pueblo. Es así que a . JUAN DE VÉRTIZ Y SALCEDO que estableció el primer alumbrado público porteño (con velas de sebo),  se le llamó “El Virrey de las luminarias“. El virrey de las gallinas fue llamado don NICOLÁS DEL CAMPO, marqués de Loreto, el tercer virrey rioplatense, que además  pasó a la historia con el mote de “Bicho Colorado”, que se le puso, según dicen, por ser pelirrojo y de mal carácter.  Don Nicolás, que gobernó entre 1784 y 1789, fue, según la “Guía de Forasteros, “un jefe recto, desinteresado y muy caritativo”. Una antigua tradición, que Pastor Obligado estampó en uno de sus libros, confirmaría, de ser cierto, lo de recto y desinteresado, amén de duro y firme en la reprimenda. Y todo ocurrió porque el marqués no practicaba el antiguo vicio de muchos gobernantes: aceptar regalos. La cosa no fue tan grave, pero el virrey no se anduvo con chiquitas al castigar. Todo empezó con un acto de justicia hecho en favor de un honrado campesino. Y siguió con el agradecimiento de éste, quien lo expresó con dos cargas de gallinas que condujo hasta el Fuerte, para obsequio de la virreina. Apenas don Nicolás supo lo ocurrido, llamó al oficial de guardia y le ordenó que pusiere en una celda a quien, en su concepto, había osado ofenderlo. Pero no todo concluyó allí. El castigo para el pobre campesino fue mucho más allá. Sólo recobraría su libertad una vez que hubiese concluido de matar, desplumar y comer todas las aves por él regaladas. Saber esto por el pueblo y en adelante llamar al de Loreto el “Virrey de las Gallinas”, fue todo uno.

Al virrey PEDRO DE CEVALLOS se lo llamó “el virrey de los tres sietes“, porque venció a los portugueses, recuperando asÍ Colonia del Sacramento para la corona española en 1777. “Virrey de las luminarias” se lo llamaba al virrey JUAN DE VÉRTIZ Y SALCEDO, porque fue quien hizo instalar el primer alumbrtado público en las calles de Buenos Aires; ANTONIO OLAGUER y FELIÚ sentía gran afición por el teatro, por lo cual se le apodó “virrey de entretelones. FRANCISCO JAVIER ELÍO fue el último virrey del Río de la Plata y si bien fue nombrado, nunca llegó a ocupar su cargo, por lo que, como él también tuvo su apodo, se lo llamó “El virrey que no virreinó“.  “Doctor Mandinga”, así solían llamar al doctor DALMACIO VÉLEZ SÁRSFIELD (1800- 1875), por la picardía endiablada, la agudeza proverbial y la característica tonada cordobesa del autor de nuestro Código Civil; “Don Bartolo”, era como muchos llamaban a BARTOLOMÉ MITRE (1821-7906), una de las figuras tradicionales de Buenos Aires durante muchos años, con su característico chambergo y su levita; “Taquito”, era el apodo que identificaba al presidente NICOLÁS AVELLANEDA (1837-1885), llamado así porque era muy bajito, de físico endeble y caminaba inseguro, casi de puntillas por lo exagerado de sus tacones.;“El Zorro” era el apodo popular del general JULIO ARGENTINO ROCA (1843-1914), aplicado por sus recursos ingeniosos y sus mañas políticas evidenciadas a través de sus dos presidencias; “El burrito cordobés”, era el apodo endilgado al presidente MIGUEL JUÁREZ CELMAN (1844-1909), que era cordobés y  cuando renunció en 1890: cantaban “Ya se fue, ya se fue, el burrito cordobés”; “El Maniquí” era para los porteños el presidente MANUEL QUINTANA (1835-1906)  y así los caricaturistas dibujaban al presidente, como  un maniquí de sastrería, por su eterno aspecto pulcro y elegante;”El Gringo”, popularísimo apodo de CARLOS PELLEGRINI (1846-1906), así llamado por sus ojos claros, cabello rubio y apellido italiano; “El Dormilón”. Llamaban así a JOAQUÍN V. GONZÁLEZ (1863- 1923),  por su costumbre de dormitar en la sesiones parlamentarias y también porque su pachorra riojana le daba cierto aire somnoliento.

Abogado judas . Así llamaba JUAN DE LA CRUZ VARGAS al doctor IGNACIO NÚÑEZ, pues en 1811, en Asunción del Paraguay, delató a un grupo de patriotas que conspiraban contra el gobernador español VELASCO para unirse a la causa revolucionaria que había explotado en mayo de 1810 en Buenos Aires. Años más tarde, después de 1815, vaya paradoja, Vargas fue nombrado Administrador de Correos en su provincia natal, Mendoza y en 1827, diputado al Congreso Constituyente mendocino.
Abrojo grande. Mote jocoso que le fue dado al senador electo en 1896 por el partido de Chacabuco, provincia de Buenos Aires, don osé María Varaona, figura descollante dentro del “mitrismo”, por el proyecto que presentó y defendió con inusitada vehemencia, para declarar plaga nacional al abrojo.
Agrio mozalbete. Así llamaba en 1820 el padre Castañeda y luego de él, todos los porteños, al doctor Manuel Moreno, por su carácter destemplado.
Alacrán. Así llamaban en Salta en 1814 al brigadier Joaquín de la Pezuela, cuando éste era jefe de los ejércitos realistas que combatían a los patriotas, durante la guerra de la Independencia, por considerarlo peligroso y de lengua envenenada, cuando se refería a sus enemigos. Es bueno saber que su carácter cruel e irascible, también hizo que lo llamaran “Araña colorada”.
Al Capone. Acusándolo de tener las mismas tácticas extorsivas del famoso “gangster” italo-yanqui conocido como Al Capone, PANCHO URIBURU, desde las páginas de su periódico “La Fronda”, llamaba así a NATALIO BOTANA, director propietario del diario “Crítica”, durante la agria polémica  que mantenían ambos diarios, colocados política e idiológicamente en opuestos extremos.
Alemán. Apodo que recibió MANUEL BELGRANO a su regreso de España con su flamante título de abogado porque era muy rubio, caminaba de prisa y hablaba correctamente el inglés. Recordemos que también se lo llamó “chupaverde” y “cotorrita”
Alfredo traviata. Así solía apodarse al líder socialista ALFREDO PALACIOS, desde las páginas del periódico “La Fronda”, en alusión a las galantes inclinaciones y amorosas empresas que se le atribuían a este pintoresco y genial político.
Ancafilú. Nombre de un cacique ranquelino, con el cual los unitarios motejaban desde Montevideo a JUAN MANUEL DE ROSAS. En el más puro dialecto araucano “Anca” significaba cuerpo y “filú”, víbora, demostrando así lo que pensaban del Gobernador de Buenos Aires.
Andresito. Por otro nombre ANDRÉS GUACURARÍ ARTIGAS, indio misionero criado y adoptado por el caudillo oriental JOSÉ GERVASIO DE ARTIGAS. Guerreó en Misiones y en Corrientes, alcanzando el grado de coronel. Fue hecho prisionero por los portugueses y llevado a Río de Janeiro. Fue liberado en 1821 y sus huellos se perdieron para siempre.
Arreburro. Consonancia deformada del apellido que algunos radicales, le endilgaron a manera de mote al general JOSÉ FÉLIX URIBURU, después de que éste, anulara las elecciones programadas para el 5 de abril de 1931.
Barbarucho. Apodo aplicado al coronel realista JOSÉ MARÍA VALDES, comandante del piquete que el 7 de mayo de 1821 hirió mortalmente al gobernador de Salta, MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES, repitiendo el nombre que el mismo se dio, cuando cometido el crimen se alejó diciendo “qué barbarucho que soy !!.
Becacina. Se llamaba así al doctor ADOLFO GÜEMES, prestigioso dirigente radical porque se lo comparaba con esa ave del orden de las “gallinángulas agachadizas”, porque su gestión  política en 1931, resultaba un verdadero ziszás de becacina. Por un lado aparecía don Adolfo como reorganizador de su partido para intervenir en los comicios y alcanzar el gobierno a través de las urnas y por otro, conspiraba esperanzado en la reconquista del poder, mediante la contundencia de las armas.
Belindo. Mote aplicado a PELAGIO B. LUNA, vicepresidente de la República, compañero de fórmula de Hipólito Yrigoyen en 1916, que mediante la picardía de llamarlo por su segundo nombre, se mofaba del defecto que tenía en uno de sus ojos: su párpado derecho casi cerrado, le daba el aspecto de un hombre tuerto.
Benteveo. Apodo que se le daba al padre PÍO BENTIVOGLIO, capellán del ejército del coronel Rudecindo Roca, durante una de las campañas al desierto, asociando el pío de su nombre con la onomatopeya de su apellido.
Bernardino Panza  Así llamaba el padre Castañeda, desde las páginas de en sus insólitos periódicos a BERNARDINO RIVADAVIA.
Bípedos. Tal mote se les aplicó a los diputados de HIPÓLITO YRIGOYEN (“peludistas”), durante el gobierno de Alvear, porque tenían uno de sus pies en la Cámara Legislativa y el otro en la calle Brasil, para recibir órdenes del caudillo radical.
Blondín. Mote que a partir de 1878 se le dio a los políticos que tan pronto estaban de un lado, como del otro. Nació del apellido de un famoso equilibristas francés, Charles Blondí, que ese año realizó una audaz demostración de sus habilidades en la ciudad de Buenos Aires.
Bombarda. Enorme, patizambo, corpulento, con negras barbas “asirias” enmarcándole el rostro, con una voz que le valió el sobrenombre de “Bombarda”, así era JOSÉ HERNÁNDEZ, el inmortal creador de Martín Fierro.
Bombertito de la Patria. Éste era otro de los apodos con el que se lo llamaba al general MANUEL BELGRANO, por la desvelada dedicación conque vigilaba, observaba, o “bombeaba” el estado de sus tropas y la conducta de su gente en los campamentos.
Bomberos. Así llamaban los indígenas a quienes se destacaban en avanzada para espiar los movimientos de sus enemigos.
Cabecitas negras. Mote despectivo con que la clase media porteña, hijos en su mayoría de inmigrantes europeos, calificó a los criollos y mestizos del interior del país.
Cacique del engrudo. Mote que se dio al cacique QUINCHAHUALA, cuyos dominios se hallaban en la Patagonia. Se cuenta que cuando no podía distribuir pan como alimento para su tribu, les entregaba harina y agua para que ellos lo hicieran y el “mazacote” que algunos de ellos lograban con estos avíos, inspiró al autor de este apelativo.
Cachirulo. Tal fue el sobrenombre afectuoso que se le dio a CARLOS M. CAMPOS (1850-1924), hombre de mundo, contertulio alegre, espíritu vivaz, lleno de traviesa gracia criolla. Fue amigo predilecto de las principales figuras de dos o tres generaciones y ocupó a su lado un sitio propio, en razón de las modalidades  que definían una individualidad inconfundible.
Cagetón. Adjetivo de insultante grosería que el gobernador de Santiago del Estero Manuel Taboada, aplicó al general URQUIZA, según consta en una carta dirigida al Anselmo Rojo.
Calafate. Así era llamado PEDRO FERRÉ (1788-1867), gobernador de Corrientes. Fue un industrioso constructor y reparador de barcos, por lo que se lo conocía como “el carpintero de la ribera” y de allí le venía el apodo de “calafare”.
Calandra. Alias de SERVANDO CARDOSO, gaucho entrerriano, cuya fama inspiró al poeta Jean Paul Groussac su bosquejo literario llamado “Calandria” aparecido en 1884 en el diario “Sud América”, y luego fue incluído en su libro “Viaje intelectual”.
Calientabancos. MIGUEL DE LOS SANTOS ÁLVAREZ, poeta romántico y displomático español que frecuentaba los salones porteños, era así llamado por los Mansilla, a causa de las largas visitas que hacía a dicha familia en 1844.
Callorda.  JULIO MORENO, que fuera Jefe de Policía y después Ministro de Guerra del Presidente Yrigoyen , era así llamado, por su poco garboso andar. Los pasos suyos , vacilantes y trabajosos , sugerían la urgente intervención de un pedícuro bienhechor.
Camaleón. José Rivera Indarte, desde Montevideo, llamó así a PEDRO DE ANGELIS, aludiendo a la mutación del publicista napolitano residente en Buenos Aires, que primero había servido  a la causa unitaria de Rivadavia, después a la federal de Rosas. Lamentable actitud de quien después de ensalzar con su “ Oh gran Rosas, tu pueblo quisiera mil laureles poner a tus pies….”, escribe sus “Tablas de sangre” y “Es acción santa matar a Rosas”
Cama turca. Así fue llamado en 1957 el peso argentino, porque se había quedado sin “respaldo”.
Camilucho. Con este nombre se conocía al trabajador de nuestros campos en el siglo XVIII, antes que se lo llamara “gaucho”.
Campanero. Apodo que se le dio a al doctor MIGUEL ESTÉVEZ, por haber sido quien, durante la revolución  del 11 de setiembre de 1852 contra URUIZA, hiciera repicar la campana  del Cabildo, para llamar al pueblo.
Capón. Así llamaban al Director Supremo IGNACIO ÁLVAREZ THOMAS, por su hablar atiplado.
Cara de perro. Así se lo llamaba a ALONSO DE VERA Y ARAGÓN, acompañante de Garay cuando éste fundo por segunda vez la ciudad de Buenos Aires,  por su mal gesto permanente.
Cocidos. Mote que recibieron los partidarios de MITRE, rivales de los “crudos”, que acaudillaba Adolfo Alsina.
Cochinchinos. Así se los llamaba a los soldados del ejército de línea , guerreros en el Paraguay, por las polainas blancas que usaban, semejantes a las patas de los gallos de esa raza.
Colapeladas. Así llamaban vecinos de La Rioja a quienes fabricaban mucha “aloja” y el orujo que tiraba, al atraer mucho mosquerío, obligaba a los caballos a rascarse con tal furia que se pelaban el tronco de la cola.
Cóndor petizo. Con este apodo se conocía en el desierto al coronel Manuel Baigorria, cuya silueta era inconfundible por su baja estatira y el arco marcado de sus piernas que parecían moldeadas sobre las costillas de un caballo.
Cotorrita. Apodo que la tropa le dio al general MANUEL BELGRANO a raíz del color verde de la chaquetilla de su uniforme miliatr.
Cow boy de luto. El enorme chambergo negro que usaba RICARDO ROJOS, dio motivo para que se lo llamara así.
Croto. Así se los llamaba a los “linyeras” a comienzos del siglo XX . Surgió  durante la gobernación de JOSÉ CAMILO CROTO (1918-1921). En esa época, los ingleses que administraban los ferrocarriles, se quejaron ante el gobernador, por la gran cantidad de  paisanos que viajaban  en los trenes de carga sin pagar boleto. Ante la imposibilidad de ofrecer garantías de que eso no ocurriera, el gobernador logró que la empresa aceptara un máximo de hasta 12 “colados” por tren de carga. Cuando la policía o los guardas en sus recorridas, controlaban la presencia de viajeros en los vagones, contaban hasta doce, que no tuvieran boleto y hacía bajar del tren al resto, diciéndoles a los que quedaban “Ustedes siguen por Crotto”, y de “crotos”, les quedó el apodo.
Culasiete. Trabucación castellanizante que cometía el periódico nacionalista “El Fortín” (1941-1943), con el apellido del Ministro del Interior, MIGUEL J. CULACIATTI.
Chapetón. Los indígenas llamaron así a los soldados españoles inhábiles, torpes en las costumbres del país.  El origen de esta palabra, parece  estar en que estos soldados  usaban trenzas, que en idioma vernáculo, se dice  “chape”, y “chapetín” como verbo.
Chino. VICTORINO DE LA PLAZA (1840-1919), por su sangre diaguita, acaso estaba emparentado con los chinos. Sus ojos oblicuos, el bigote caído, el color amarillento de su tez y su figura retacona se prestaban a que eso se pensara. Por eso, los caricaturistas de su época, lo dibujaron como un chino, vestido de mandarían, adosando a su figura la clásica trenza, el kimono de colores, el abanico y otros adornos característicos de la raza.
Chispistas. Se aplicó a los militantes disidentes del Partido Comunista Obrero, encabezado en la década de 1930 por ANGELINA MENDOZA y RAFAEL GRECO, cuyo órgano de difusión y propaganda se llamaba “La Chispa”.
Chupa verde. Por el uniforme verde con guarniciones de piel de mono (que casi nunca usó) , que alguna vez se le vio vestir al general MANUEL BELGRANO.
Descamisados. Así fueron llamados los seguidores de Juan Domingo Perón, militar, político y por tres veces Presidente de la Nación. El mote surgió de las características netamente populistas de sus gobiernos, que se afianzaron con el apoyo de las masas populares, identificadas como los hombres sin camisa.
Don Goyo suela. Apodo que se le dio al gobernador de Santiago del Estero, GREGORIO SANTILLÁN, para recordarle algunos negocios extraños con cueros que había realizado.
Don yo. Así lo llamaban sus contrincantes políticos a DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, para enrostrarle su excesiva vanidad.
Dormilón. Así se lo llamaba en el Parlamento a JOAQUÍN V. GONZÁLEZ, por su costumbre de quedarse dormido en medio de una sesión.
El enterrador. Era como se lo llamaba a MATÍAS G. SÁNCHEZ SORONDO, por considerarlo culpable de haber “enterrado” la revolución de 1930 que encabezara el general Félix Uriburu.
El manchau. Alias del general JOSÉ MARÍA URIBURU (1846-1909), guerrero del Paraguay y Expedicionario al Chaco, debido a que tenía de nacimiento, una mancha o gran lunar en una de sus mejillas.
El submarino. Con este sobrenombre identificaban los salteños a su coprovinciano ÁNGEL MARIANO OVEJERO, que sin ocupar cargo público alguno, desde debajo de la superficie del poder, manejaba los hilos de la política a principios de siglo XX.
Espada sin cabeza. Así llamó Esteban Echeverría al general JUAN GALO DE LAVALLE, en su poema “Avellaneda”, desilusionado del caudillo unitario, cuando el 6 de setiembre de 1840, en vez de continuar su avance contra Rosas, decidió dirigirse hacia San Fe, frustrando así las expectativas de todos los unitarios que esperaban ansiosamente un definitivo encuentro con las tropas federales.
Espuela. Mote que se ganó el general ÁNGEL PACHECO por haber realizado toda su carrera militar arriba de un caballo, como oficial de caballería que era.
El ex rey José. Calificativo despectivo con el que Juan Lavalle, evitaba nombrar al general SAN MARTÍN, en una carta que el 3 de enero de 1824 le dirigió al general Enrique Martínez donde le dice entre otras cosas “….. ¿Qué le diré del ex rey José?. Luego que llegué me visitó….. Habla pestes del Perú y dice que el sistema representativo no puede permanecer ni en Buenos Aires, ni en otra parte de América.
Fantasma Benito. El general JUAN BAUTISTA MOLINA, entre los años  1935 y 1942, mantuvo en vilo a la atención pública del país, con el rumos de que encabezaría  revoluciones que sólo resultaron ser fantasías. Fantasmas que pronto fueron aventados por la realidad.
Felipe Batata. Remoquete alusivo a la gran nariz de FELIPE ARANA, Ministro de Relaciones Exteriores de Rosas.
Galeritas. Mote con el que se descalificaba a los radicales antipersonalistas enemigos de Hipóñlito Yrigoyen, vestidos siempre con galera y cuello duro, con antecedentes universitarios y aires de cultura cívica, en contraste con los “peludistas” del caudillo radical que llevaban chambergo y pañuelo al cuello.
Gatita empolvada. La blanca y pulcrísima fisonomía del general JOSÉ MORALES BUSTAMANTE, unidas  a las pupilas contraídas que exhibía ante la luz, hicieron que los salteños lo llamaran “gatita empolvada” cuando ejerció como Interventor en dicha ciudad, luego de la revolución de 1943, que derrocó al Presidente Castillo.
Gato moro. Así lo apodaron algunos liberales correntinos al senador autonomista  JUAN RAMÓN VIDAL porque decían que siempre  caía parado y tenía siete vidas como los gatos, refiriéndose a la habilidad de Vidal, para estar siempre al lado de los ganadores.
General grasiento. Exabrupto que se le dirigió al general urguayo FRUCTUOSO RIVERA en Entre Ríos, en 1842, debido a la industria de grasería que había instalado en ese país, utilizando animales que, según se decían eran mal habidos.
General potpurrí. Así lo llamaba el pasquín salteño “El libre”, en su edición de junio de 1864 al general ANSELMO ROJO, por la multitud de cargos que ejercía simultáneamente: militar, Senador, Comisionado y otros más, en fín, decía, un “potpourri político”.
Gobernador mazeta. Por ser retacón y fornido, así lo llamaron sus rivales políticos al caudillo correntino PEDRO FERRÉ.
Gorrión. Así se lo llamaba al Presidente  NICOLÁS AVELLANEDA, resaltando su personalidad austera y de bajo perfil.
Guacelencia. Era como lo llamaba al gobernador rosista de Salta, MANUEL ANTONIO SARAVIA, vinculando el trato ceremonial de  “excelencia” con “guaso”, que significa “hombre malcriado, sin fina educación”.
Hombre fúnebre. El aspecto del intendente de Buenos Aires ARTURO GRAMAJO, con ojos desmayados, espesos bigotes caídos, siempre vestido con levitón negro y guantes y chistera, sumado a la campaña que lanzó para ahorrar dinero, que incluía el cierre de los cabarets y demás sitios nocturnos de esparcimiento, le valieron este mote y el aparecer en la revista “Caras y Caretas” (1915), con la imagen del deudo o el funebrero perfecto.
El inglés ataúd. Era como lo llamaban al súbdito inglés JACK HALL,  que trajo a la Argentina, los primeros carros fúnebres.
Iscariote. Otro de los motes con que se fustigaba al general JUAN GALO DE LAVALLE, por considerar que su gestión ante los franceses para derrocar a Rosas, eran lindantes con la traición.
Japonés. Por su rostro amarillento, ancho, de pómulos salientes y ojos oblicuos, así se lo llamaba al prestigioso dirigente radical RICARDO BALBÍN.
José bueno (o José mamita). Así lo llamaban sus soldados al general JOSÉ RONDEAU, en reconocimiento a la paciencia y buena disposición para comprender benévolamente, las faltas de disciplina de sus subordinados.
Jote Mitre. Así se lo llamaba en Chile al general BARTOLOMÉ MITRE, debido a que solía ir vestido como un verdadero jote, con un frac azul todo raído, los mismos pantalones con que hacía sus campañas en la Pampa y un sombrero de lana redondo, tipo Garibaldi, que le tapaba la frente hasta las cejas (en Chile, suele ser una forma, a veces despectiva, de referirse a un varón que galantea en demasía o insistentemente con una mujer).
Juanete García. El coronel LUIS JORGE GARCÍA, jefe de Policía durante el gobierno del general Justo, era víctima de unos abultados juantes que  le deformaban el calzado y esta característica era aprovechada por sus adversario que lo llamaban así para provocarlo.
Kelito. Con este apodo, que era el nombre de un famoso helado que fabricaba su empresa, se lo llamaba a CARLOS M. NOEL (1888-1941).
Lagaña. Lejos de su verdadera acepción (secreción de moco calcificado que aparece en las comisuras de los párpados), el término era usado por Hilario Ascasubi, para denostar a JUAN MANUEL DE ROSAS, llamándolo así, porque en el leguaje popular un persona ruin y miserable era una lagaña.
Lechugino. Mote de liviano calibre que se le aplicó al general CARLOS MARÍA DE ALVEAR, para hacer referencia a su figura atildada, siempre bien vestido y compuesto.
Lechuza- Así, como una lechuza, era caricaturizado el Presidente JOSÉ EVARISTO URIBURU, haciendo mofa  de su elevada altura, su cuerpo enjuto y encorvado, con cabeza redonda y rostro de pómulos salientes.
Leñador de piñas. Cuando LISANDRO DE LA TORRE se retiró de la política el 25 de julio de 1925 se instaló  a su estancia de Pinas, en el departamento cordobés de Minas y se dedicó a la explotación de bosques de quebracho y algarrobo, cuyas maderas le rendían buenas ganancias, haciendo que su nueva actividad, permitiera a sus adeptos, que seguian siendo muchos, le endilgaran este poetíco mote, para aumentar aún más su celebridad.
Loco de la regadera. Así se motejó a LUCAS CÓRDOBA, gobernador  de Tucumán, por su obsesión  por hacer llegar el agua del campo a la ciudad y por regar las calles de éstas para afirmarlas y para evitar las polvaredas.
Lomos negros. Denominación que los rosistas “apostólicos” (también llamados  “crudos”, “netos” u “ortodoxos”), daban a los federales menos fanáticos (“doctrinarios” o “cismáticos”), que si bien usaban chaleco y divisas colorados, por delante vestían frac negro que les cubría la espalda y se prologaba en cola por detrás.
Macacha. Sobrenombre familiar de la muy inteligente e intrépida hermana de Martín Miguel de Güemes, llamada MAGDALENA GÜEMES DE TEJADA.
Maíz amarillo. Así llamaban, por el color de su tez a don AVELINO ARÁOZ (1854-1942), Jefe de Policía, gobernador de Salta y Presidente del Consejo General de Educación de esa provincia.
Malevo Muñoz. Así  era apodado CARLOS RAÚL MUÑOZ, periodista y escritor cuyo seudónimo era “Carlos de la Púa” y su obra más celebrada es una recopilación de versos lunfardos  en un libro que se llama “la crencha engrasada”.
Mamitas. Eran las “chinas cantineras” que acompañaban a los soldados en sus campañas y en los fortines.
Mancebos. Era el nombre dado por Juan de Garay a los que con él, estuvieron en la fundación de Santa Fe, para referirse a los hombres solteros  y no a jóvenes de pocos años.
Manco de Venta y Media. Así se lo apodó al sargento mayor JOSÉ MARÍA PAZ, luego de que en el combate de Venta y Media (21 de octubre de 1815), perdiera el brazo derecho a raíz de un lanzazo.
Mano de plata. Apodo del gobernador de Buenos Aires, BRUNO MAURICIO DE ZAVALA, quien en el sitio de Lérida (1707) había recibido heridas que obligaron a amputarle un brazo que fue reemplazada por uno artificial que tenía una mano de plata.
Marat de la mazorca. Truculento mote dedicado por los unitarios, exiliados en Montevideo durante el gobierno de Rosas, a  ANDRÉS PARRA, comisario de éste.
Marcos tarros. Este sobrenombre que se le aplicó a MARCOS PAZ, surgió durante el sitio a Montevideo (1853), debido a que Urquiza dispuso que Paz cobrara un impuesto a los lecheros que querían entrar a la ciudad sitiada, que consistía en una cantidad de dinero fija por cada tarro de leche que pretendían ingresar.
Mariscal manguera. Así se lo apodaba desde el periódico “La Fronda” al Jefe de Policía del Presidente Yrigoyen, coronel de bomberos  JOSÉ GRANEROS.
Mármol jaspeado. Eduardo Wuilde, llamaba así  a WENCESLAO PACHECO, titular de las finanzas nacionales en el gabinete de Juárez Celman, diciendo de él, que “era com el mármol jaspeado, lleno de vetas”.
Mascarilla. Apodo que sus enemigos políticos le daban el gobernador de Santa Fe JUAN PABLO LÓPEZ, debido a que tenía el rostro picado por la viruela.
Mataperros. Así llamaban los porteños a los “Blandengues” ocupados de matar a los perros cimarrones que en grandes jaurías, invadían Buenos Aires  en el siglo XVIII.
Matraca. Apelativo dado a JOSÉ HERNÁNDEZ debido al tremendo vozarrón que tenía.
Monseñor Baibiene. JOSÉ LUIS CANTILO, gobernador radical de la provincia de Buenos Aires era apodado así, primero por su acendrado catolicismo y segundo porque iba y venía constantemente entre Buenos Aires y La Plata, para recibir directivas del presidente Hipólito Yrigoyen.
Nuel Pez. Se cuenta que en cierta ocasión, cuando alguien le sugirió que rubricara solamente con media firma, determinados papeles oficiales que se le presentaban para su aprobación, el gobernador de Córdoba, MANUEL LÓPEZ (alias “Quebracho”, llamado así por su “dureza de seso”), estampó sin vacilar “Nuel Pez”.
Nuestro Señor del Divino Rostro. Así era llamado el médico y político entrerriano SALVADOR MACÍA, que era cegatón, orejudo, de nariz ancha y con su cara salpicada de granos y verrugas.
.Ocho y veinte. En su tiempo así llamaban al Presidente de facto JOSÉ FÉLIX URIBURU, por sus largos y caídos bigotes que semejaban las agujas de un reloj marcando esa hora.
Orador de ginebra. Así llamaron sus adversarios políticos a HÉCTOR F. VARELA por su delirante retórica, ebria de patrioterismo localista, cuando fundo su proyecto de ley , en la Cámara de Representantes, autorizando al gobernador  Bartolomé Mitre,  para declarar la guerra a la Confederación.
Palito. Por ser menudo y esmirriado de físico, sus camaradas de armas llamaron así al general PEDRO PABLO RAMÍREZ, Ministro de Guerra del Presidente Castillo.
Palito de yerba. Así se le decía a un conocido general argentino, por aquello de “nada en el mate”.
Pardejón Rivera. En la Gaceta Mercantil del 22 de junio de 1843 se explicó porque se lo llamaba así al caudillo uruguayo FRUCTUOSO RIVERA, diciendo que en la campaña se le dice “pardejón” al macho toruno que llega a encontrarse en algunas crías, tan malísimo y perverso que muerde y corta el lazo; se viene sobre él y atropella a mordiscones y patadas; que jamás será domesticado y que si alguno de ellos llega a ser amansado, a lo mejor traiciona y pega una o dos patadas al jinete que lo carga, que lo ensilla o que lo monta. Así es que siendo tan de malas mañas, para designar a un hombre perverso, los paisanos lo llaman “pardejón”.
Patón. Así fue llamado el que fuera Intendente de la ciudad de Tucumán, JOSÉ PADILLA, debido al enorme tamaño de sus piés.
Patas blancas. Durante la guerra con el Paraguay, los soldados paraguayos llamaban así a los soldados argentinos, por las polainas blancas que usaban en sus uniformes.
Peludo. Francisco Uriburu, en su diario La Mañana, comenzó a llamarlo “peludo” a su pariente HIPÓLITO YRIGOYEN diciendo que “cuasi como a arisco peludo, en 1916, tuvo que ser sacado de su “cueva” de la calle Brasil  por sus adeptos sufragistas para llevarlo a la Presidencia de la Nación.
Pepe ventarrón. Así llamaban sus correligionarios al doctor JOSÉ ARCE, por el ímpetu con que encaraba  sus tareas parlamentarias, este competente legislador del Partido Conservador.
Petiso. Sus amigos llamaban así al escritor RAÚL SCALABRINI ORTÍZ, un hombre e pequeña talla, pero de inmenso valor que supo ser el esforzado y austero campeón del nacionalismo económico argentino.
Pico de Oro. Así se lo llamó a JUAN JOSÉ CASTELLI, en reconocimiento de su verba elocuente y encendida.
Pilón. Sobrenombre del general GREGORIO ARÁOZ DE LAMADRID. Venía del araucano (“pillum”=la oreja) y de ciertas regiones de Argentina y Chile, donde se llama así al animal al que le falta una oreja o tiene alguna mutilación grave en ellas. Y ese era el caso del fogoso militar, quien, entre las múltiples heridas que sufriera durante la batalla de El Tala, contra Facundo Quiroga, un lanzazo le había arrancado casi toda una oreja, dejándolo “pilón”. Valga decir que coincidentemente con esta característica. el general tucumano, cuya nariz era  corta y achatada,  hubiera merecido el mismo apodo, porque en Chile, también se llaman pilón a quienes ese tipo de nariz.
Plata blanca. Mote que los unitarios le echaron encima —junto con “don Nicolás plata”— a NICOLÁS DE ANCHORENA, quien, como es sabido, era “un hombre de dinero” y había apoyado la ley de deudas en metálico. Además, dicen que siempre concertaba el pago de los alquileres de sus muchas fincas urbanas en “plata blanca”, ya que no quería saber nada con el papel moneda, y exigía los pagos  en pecunia contante y sonante.
Plumero de techo. Así era llamado  el senador radical DIEGO LUIS MOLINARI debido a su elevada estatura.
Porongo. Por su cabeza con forma de calabaza (porongo en las provincia del noroeste argentino), así era llamado EUSEBIO GREGORIO RUZO, que fuera gobernador de la provincia de Catamarca.
Primer corchete. Los unitarios Valentín Alsina, Juan Bautista Alberdi, Andrés Lamas, Miguel Cané (padre) y Luis Domínguez, desde su periódico “l grito Argentino” editado en Montevideo, llamaban así al edecán de Rosas, general MANUEL CORVALÁN y sus caricaturistas, lo dibujaban  de gran y condecorado uniforme,  con orejas de burro, cargando un pesadísimo fardo con todos los secreto y crímenes que se le atribuían a Rosas.
Príncipe de los gauchos. Fue el estanciero santafesino FRANCISCO ANTONIO CANDIOTI, quien mereció este apelativo, por sus méritos como estanciero innovador, respetuoso patrón de su peonada y entusiasta trabajador que disfrutaba con sus hombres, participando en  todas las tareas que sus extensas propiedades le exigían.
Rabanitos. Colorados por fuera, blancos por dentro. Así se les dijo a los radicales después de la campaña electoral que culminó el 5 de abril de 1931, en la que se ponían la boina colorada de los conservadores y frecuentaban los los comités de éstos, para luego, en el cuarto oscuro, votar por la fórmulaPueyrredón-Guido, de la Unión Cívica Radical, simbolizada por la boina blanca.
Rey con ojotas. El periódico “El Independiente” redactado en 1816 por Pedro José Agrelo, calificaba de “Rey con ojotas”, al posible monarca de la dinastía de los Incas, que propuso MANUEL BELGRANO al Congreso de Tucumán para ungirlo como autoridad de las Provincias Unidas.
Sobaco ilustrado. Grosero mote que le endilgaron a un conocido funcionario del gobierno de Sarmiento, que llegado a su despacho, se ponía bajo el brazo una carpeta referida no importaba a que tema y con ella recorría todos los despachos para distraer su tiempo sin trabajar.
Súper pibe. En 1973, cuando JUAN DOMINGO PERÓN, tras 18 años de vivir en un destierro forzoso, regresó al país, ya casi un anciano, pero decidido a ponerse nuevamente al frente de sus “descamisados” con renovados bríos, sus seguidores comenzaron a llamarlo “el súper pibe”.
Tarzán de maceta. Por su costumbre de exhibir su cuerpo musculoso, que no se condecía con sus procedimientos más bien huidizos y medrosos, así se le llamaba a uno de nuestros más famosos generales del siglo XX, cuyo nombre no revelaremos por no empañar sus otras cualidades, que sí las tuvo.
Tinterillo embrollón. JUAN CRUZ VARELA era el blanco preferido de las pullas del padre Castañeda y este era otro de los títulos que le aplicaba.
Torquemada. Mote que los liberales unitarios aplicaban a TOMÁS MANUEL DE ANCHORENA, equiparando su gestión con la del célebre Torquemada, inquisidor español de triste fama de asesina, porque cuando Anchorena fue Ministro de Relaciones Exteriores de Juan Manuel de Rosas, dispuso que el gobierno renunciara a vigilar el pase de las bulas del Papa referentes al  al fuero interno, sin perjuicio de reservar a la Nación, el derecho  tradicional de proponerle  a la Santa Sede  los candidatos a ser nombrados Obispos.
Tosecita. En ciertos círculos salteños, así se motejaba a ROBUSTIANO PATRÓN COSTAS, relevante político conservador, porque siempre, antes de empezar a hablar, la emprendía con una molesta carraspera.
Urracas. Apodo con el que los federales nombraban a los unitarios queriendo significar que su política era pura bulla y palabrerío sin sentido. Evidentemente sabían que que la urraca, el pájaro, es la “gran bachillera”, como dice Ignacio de Covarrubias, pues se le puede enseñar con éxito, a remedar la voz humana y aryicular, como el loro, algunas palabras.
Vejiga. Otro apodo que los unitarios le aplicaban a JUAN MANUEL DE ROSAS, sabedores de los males urinarios que éste padecía.
Viborón. El doctor CARLOS SAAVEDRA LAMAS, unos de nuestros premios Nobel, era llamado así porque era peligrosamente mordaz y su lengua podía causar daño.
Von Pepe. Debido a la admiración profesional que tenía por el espíritu militar prusiano de su época, así se lo llamaba al general JOSÉ FÉLIX URIBURU.
Zimple zoldado. Llamándolo así se burlaban los adversarios políticos del doctor MARCELO TORCUATO DE ALVEAR, recordándole que cuando en abril de 1931 había regresado de Europa para reorganizar el partido Radical, había dicho que venía como un simple soldado, pero el caso es que como Alvear era “ceceoso” había sonado como “zimple zoldado”.

Seudónimos y otras curiosidades
Pasando ahora al tema de los seudónimos y alias que utilizaron algunos hombres públicos argentinos,anotamos que pocos saben que BORGES se  llamaba Jorge Francisco Isidoro Luis. ¿Por qué eligió Jorge Luis en vez de Francisco Isidoro o Isidoro Luis o Jorge Francisco?. Es un misterio, quizás el origen de la misteriosa belleza de sus poesías. Y si de nombres ocultos hablamos, recordemos que RICARDO E. MOLINARI, vaya a saber porqué, nunca reveló que esa F. ocultaba su segundo nombre, que era Eufemio; que MANUEL MUJICA LAINEZ, prudentemente, optó por su primer nombre y dejó caer el segundo que era Bernabé  y que el segundo nombre de SILVINA OCAMPO era Inocencia y que ADOLFO BIOY CASARES, nunca dijo que en realidad se llamaba ADOLFO VICENTE BIOY CASARES, una luminaria de nuestras letras, que desde muy joven, buscando ocultarse bajo diferentes seudónimos, firmó sucesivamente como Javier Miranda, Pedro Villamil, Martín Sacastrú, hasta que un día, viendo en su bibliotec un volumen del Diccionario Enciclopédico Espasa Calpe, que en su lomo indicaba que abarcaba de la S hasta la Z, creyendo ver allí un mensaje del destino, firmó como ARISTÓBULO STALAZ, misterioso diccionario “Contemporary Oxforfar, que tuvo efímera vida. Finalmente, para terminar con este personaje, el haberse decidido a firmar ADOLFO BIOY CASARES se lo debe a su madre, quien le hizo notar que Adolfo Vicente era horroroso; que Adolfo Bioy siempre tendría que llevar la colita de (h.) para no ser confundido con el padre y que el Casares quedaba muy bien.

Muchos escritores han elegido seudónimos sonoros para desplazar un nombre que no cubría sus expectativas. Por ejemplo, “Almafuerte” , sin duda, suena mejor que PEDRO B. PALACIOS y “Fray Mocho”, mejor que JOSÉ S. ALVAREZ. MATEO BOOZ se llamaba, en realidad, MIGUEL ANGEL CORREA y CÉSAR TIEMPO, nació como Israel Zeitlin; CÉSAR DUAYEN, ocultaba el verdadero nombre y el verdadero sexo de EMMA DE LA BARRA. HILARIO ASCASUBI firmaba como “Aniceto el gallo” y ESTANISLAO DEL CAMPO, ocultaba su nombre, firmando como “Anastasio el pollo”.

Hugo Wast el recordado autor de “Desierto de Piedra” y otras grandes novelas, era nada menos que GUSTAVO MARTÍNEZ ZUVIRÍA, un destacado miembro de la sociedad porteña y “Álvaro Yunque” era ARÍSTIDES GANDOLFI HERRERO. Nuestro Julián Centeya, nombre prestigiosamente porteño y criollazo, que anticipa a un guapo de palabra florida y cuchillo al cinto, esconde a un mucho más modesto AMLETO VERGIATI, que tal era su nombre real. Y el “nom de plume” de RAÚL MUÑOZ DEL SOLAR era el archiconocido Carlos de la Púa. Casi está demás hablar, por lo demasiado conocidos, de “Bustos Domecq” y “Suárez Lynch”, apellidos compuestos, tomados de sus antepasados y que fueron el telón tras el cual se ocultaron BORGES y BIOY CASARES. También muchos recuerdan que CONRADO NALÉ ROXLO utilizó el seudónimo de “Chamico”, que trae reminiscencias de soldado correntino en plena conscripción, pero no saben por qué “H. A. Murena”, que se llamaba pacíficamente HÉCTOR ALVAREZ, tomó como suyo el nombre de un pez parecido a la anguila, agresivo y peligroso, de boca poblada de dientes fuertes y puntiagudos que envenenan lo que muerden?. “Piolín de Macramé” era el seudónimo que adoptó el famoso doctor y reputado Pediatra, FLORENCIO ESCARDÓ.

Para conocer más apodos y sobrenombres, sugerimos consultar la obra “Apodos y denominativos en la Historia Argentina”, de Cútolo-Ibargiuren (h), Editorial Elche que contiene más de 750 datos sobre este tema).

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