AMORES Y AMANTES

Amores y amantes, es un espacio de nuestro sitio, destinado a recordar a algunas de las relaciones que fueron en su momento algo que captó la atención de una sociedad, todavía no preparada para comprender los sutiles caminos que la relación hombre-mujer puede llegar a transitar. Los próceres y los hombres y mujeres que en diversas circunstancias, fueron protagonistas de la Historia Argentina, todos, o casi todos, han recibido el homenaje que su trascendencia merece y en bronce o en mármol, siguen estando presentes en nuestra vida y en nuestros recuerdos. Desde alguna plaza o paseo. En algún pequeño pueblo o gran ciudad están firmes, eternizados en monumentos que reproducen su imagen física, los rasgos de su carácter, la solemnidad de su postura, pero ninguno de estos monumentos, estatuas o retratos, nos muestra lo que amaron y menos, lo que amaron sin poder gritar su amor, porque era un amor “oculto”, algo que ningún bronce o mármol puede rescatar.

En este espacio trataremos de abrir las puertas a ese capítulo  de nuestra Historia, que está lleno de amor, de incomprensión, de fatalidades y hasta de hipocresía, para contar algunos de estos episodios que demuestran una vez más, que “detrás de todo hombre o mujer trascendente, hay una mujer o un hombre que con su amor impulsa sus fuerzas”.

Pedro de Mendoza y María de Ávila
Quizás el primero de esos “amores imposibles” que registra nuestra Historia, se dio cuando Buenos Aires, todavía era un simple espacio de tierra batida circundado por una estacada de palos. “Corría el año 1536. Con los ojos fijos en la playa cercana, don PEDRO DE MENDOZA deja que el viento helado le azote el rostro. No tiene frío: su piel curtida por los mares “conserva todavía el calor que le ha transmitido, durante la noche, el sinuoso cuerpo de MARÍA DE ÁVILA, una sevillana de 22 años y grandes ojos oscuros que acompaña al capitán. “No es su esposa, a la que, con buen tino, el conquistador español ha dejado en tierra, a resguardo de las acechanzas que prometía semejante travesía. María es, digamos, la tripulante preferida de don Pedro, con tareas especificas en su camarote. Una muchacha de modesta condición social, con menos status que su mujer legítima, pero también con menos años, menos kilos y más entusiasmo”.

“Los amoríos clandestinos —y su máxima institución, el adulterio— desembarcaron en estas tierras en aquellos tiempos, junto con la cruz y la espada. Y habían llegado para quedarse. Don Pedro de Mendoza murió sifilítico, sin que su esposa pudiera enterarse de los sacrificios a los que se había sometido en el nuevo continente”.

“Desde entonces, amantes jóvenes, concubinas, hijos naturales (reconocidos o no) e intrincados romances se sucedieron en la vida de muchos próceres y hombres públicos, que alternaron sus responsabilidades para con la patria, con pasiones y debilidades comunes a  casi todos los seres humanos, aunque no figuren en los manuales de historia”.

“La historia argentina fue narrada con un criterio aldeano, muy de pago chico —sostiene la historiadora MARÍA SÁENZ QUESADA—. Se ha convertido en bronce a sus protagonistas y al mismo tiempo se los ha vaciado de todo contenido humano, para distanciarlos de la gente común. Así se convirtieron en seres inasibles e incomprensibles. En los países donde la gente es dueña de su propia cultura, la vida privada de los próceres forma parte del patrimonio histórico”.

Santiago de Liniers y La Perichona
La época del virreinato registra una primera aventura galante entre SANTIAGO DE LINIERS y la superdama a la que la historia de las sábanas recuerda como “La Perichona”. MARÍA ANITA PERICHON DE VAUNDEILLE de O’GORMAN, casada con el irlandés THOMAS  ‘OGORMAN, viniendo desde Francia,  en 1797 había llegado a la capital del virreinato con su marido, sus padres y hermanos. Era la tía abuela de CAMILA O’GORMAN —la amante del cura español LADISLAO GUTIÉRREZ, pareja “sacrílega”, que fuera fusilada durante el gobierno de JUAN MANUEL DE ROSAS, como respuesta a la demanda de una comunidad ofendida.

Una vez instalada, rápidamente comenzó a relacionarse con la crema de la sociedad porteña. Su marido tuvo mala suerte en los negocios y se refugió en España, pero ella decidió permanecer en el Rio de la Plata, donde su belleza y elegancia, adornadas con un meditado desenfado, le ganaron la envidia de las señoras y la embelezada admiración de los hombres, especialmente de uno de ellos, que cayó rendido a sus pies.

Ese hombre era nada más ni nada menos que SANTIAGO DE LINIERS y el romance, se hizo público durante las primeras invasiones inglesas. Por ese entonces, ANITA se convirtió en la figura central de la trama política del virreinato y su casa, en una especie de sucursal de la Fortaleza. Buena parte de sus decisiones, don Santiago las tomó en la cama de La Perichona y según las malas lenguas, su enamorado virrey, le facilitó su incursión en los negocios y la colocación de sus parientes en los puestos públicos. Inteligente y dispuesta a hacer valer su vínculo con Liniers, Anita asistía a los desfiles militares y por las tardes lo acompañaba en su recorrida por cuarteles y lugares de instrucción,  montada a caballo y vestida con ostentosos y lujosos uniformes. Pero eran las noches el verdadero reinado de la Perichona; fueron famosas sus tertulias y las ruidosas fiestas que organizaba, calificadas por el Cabildo como festines y bacanales”

Deslumbrada por el poder, ANITA se sintió todopoderosa y resolvió casar a su hermano con la hija de LINIERS sin permiso real. Este error precipitó su derrumbe. El Cabildo de Buenos Aires, que esperaba algún traspié, denunció el hecho ante el Consejo de Indias y La Perichona debió marcharse a Rio de Janeiro. Otra versión asegura que su extradición, fue consecuencia de que una noche de comienzos de 1809, el escándalo llegó al colmo, cuando la dama cantó con doble intención unas estrofas que ofendían al rey Fernando y a los españoles. Cualesquiera fuera la razón, lo cierto es que La Perichona debió irse de Buenos Aires y se se radicó en Río de Janeiro, donde también la acompañaron las tempestades amorosas. En este nuevo escenario para sus andanzas, su casa fue centro de reuniones políticas y sociales. Fue la favorita del embajador inglés lord STRANGFORD y se ganó el odio de la princesa Carlota Joaquina.

En diciembre de 1809 “la Perichona” decidió regresar a Buenos Aires, pero no le permitieron quedarse y debió volver a Río de Janeiro. Cuando al fin, luego de la Revolución de Mayo de 1810,  se le autorizó regresar al Río de la Plata, pudo volver a Buenos Aires, pero ya estaba en decadencia. Se estableció en una quinta, y desde entonces se perdieron sus huellas y nada más se supo de ella.

San Martín y Rosita Campusano
En la época de la independencia, como todo argentino ha leído en los libros de historia, el general JOSÉ DE SAN MARTÍN estaba casado con REMEDIOS DE ESCALADA. Cuando ella murió, hacía más de dos años que no veía a su marido y unos historiadores sospechan que SAN MARTÍN, en ese tiempo, se involucró en algunos amoríos. “En lo sentimental, algunos historiadores pensamos que SAN MARTÍN ha tenido una vida muy intensa, sobre todo en el Perú. Pero muy poco ha trascendido del tema, porque era una persona muy pudorosa. Lo que sí se sabía, era que algunos periódicos realistas, publicaban peyorativamente anécdotas referidas a su vida íntima”, cuenta el historiador Armando Alonso Piñeiro..

Según narra el escritor Ricardo Palma, en su libro “Tradiciones peruanas”, SAN MARTÍN fue más que amigo de ROSITA CAMPUSANO. “San Martín no dio en Lima motivo de escándalo por aventuras mujeriegas —escribió Palma— Sus relaciones con la Campusano fueron de tapadillo. Jamás se lo vio en público con ella, pero como nada hay oculto bajo el sol, algo debió traslucirse, y la dama fue bautizada con el sobrenombre de “La Protectora”, en clara alusión al título de “Protector del Perú”, con el que se había honrado a SAN MARTÍN, luego de que liberara al Perú del poder de España.

Según Alonso Piñeiro, SAN MARTÍN tenía un refinado sentido del humor. y para graficarlo, refiere el texto de una carta que le envió desde Europa a su amigo, el general TOMÁS GUIDO. En ella, SAN MARTÍN hablaba de una dama que había conocido en París: “Me inspiraba sentimientos, más que benévolos, no solo por su carácter y maneras dulces como caramelos,  sino por sus bellísimos y destructores ojos. Usted dirá que es una abominación que a las sesenta y cuatro navidades tenga yo tal lenguaje. Señor Don Tomás, no venga Usted con su sonrisa cachumbera a hacerse conmigo el Catón y privarme del único placer que me resta: es decir el de la vista”.

También se dice que en 1814, estando SAN MARTÍN en Mendoza, mantuvo una relación muy estrecha y amistosa con RUFINO COSSIO y es sabido que a su bella esposa JUANA ROSA GRAMAJO, se la llamara  “la decidida de San Martín” (costumbre que vemos repetida en el caso BELGRANO y DOLORES HELGUERO, donde a ésta se la llamaba “la decidida e Belgrano”). Y acá no termina esta lista, porque también fue muy comentada en su época, la estrecha y muy amistosa relación que tuvo el Libertador con MARÍA JOSEFA MORALES, una mexicana que era la viuda del general PASCUAL RUÍZ HUIDOBRO, aquel que fuera Gobernador de Montevideo cuando se produjeron las invasiones inglesas al Río de la Plata.

Manuel Belgrano y María Josefa Ezcurra
A mediados del siglo XIX eran peligrosos los amores ilegales. El espionaje de alcoba funciona mejor en las comunidades reducidas y-el chisme, se sabe, ha sido desde siempre, un preciado bien de nuestra cultura. Tener una amante no producía reprobación pero la intimi ad amorosa podía ser utilizada como argumento político por los adversarios. Claro que estos riesgos no cuentan cuando la pasión se inscribe én la más pura tradición romántica, como en el caso de MANUEL BELGRANO y MARÍA JOSEFA EZCURRA, hermana mayor de la mujer de JUAN MANUEL DE ROSAS.

“A los 18 años —cuenta María Sáenz Quesada, autora del libro “Las mujeres de Rosas”— MARÍA JOSEFA contrajo enlace con un primo llegado de España llamado JUAN ESTEBAN DE EZCURRA, también oriundo de Navarra. Nueve años después, sin haber tenido hijos. JUAN ESTEBAN viajó a España y MARÍA JOSEFA, sola en Buenos Aires y con apenas 21 años, se enamoró de MANUEL BELGRANO y lo siguió a Tucumán, cuando éste fue puesto al mando del Ejército del Norte en 1812.

El encendido romance fue, sin embargo, muy breve. Terminó cuando MARÍA JOSEFA viajó a Santa Fe, para tener el hijo que había concebido con Don Manuel. JUAN MANUEL DE ROSAS que estaba casado con ENCARNACIÓN EZCURRA (hermana de María Josefa) adoptó el niño y le dio su apellido y esa fue la solución para tapar el escándalo que la relación de MANUEL BELGRANO con su cuñada se cernía sobre esas familias. Este niño nacido en julio de 1813  será con el tiempo el coronel PEDRO ROSAS Y BELGRANO (ver “Los hijos de Belgrano” en Crónicas)

Francisco Ramírez y La Delfina
Un amor hasta la muerte. En mayo de 1821, el caudillo entrerriano FRANCISCO RAMÍREZ comenzó su lucha contra algunas provincias que se habían aliado con el santafecino ESTANISLAO LÓPEZ para combatirlo y como fue siempre su costumbre, nunca dejó de ir al frente de su tropa, infundiéndole con su coraje, su espíritu de caudillo indomable. Pero no iba solo a estas contiendas. Siempre lo acompañaba “LA DELFINA”, una mujer de legendaria belleza y coraje que se suponía era hija ilegítima de un virrey portugués y que profundamente enamorada de Ramírez, siempre lo acompañaba en sus combates.

LA DELFINA, vestía traje de oficial y chambergo con la misma pluma de avestruz que rubricaba el escudo de la nueva República de Entre Ríos, participando junto a su amado en los entreveros que se oponían a su destino. En las galas de sociedad, con la misma gracia que llevaba el uniforme, cambiando el chambergo por las flores y la peineta, y el sable por el abanico, seguía siendo “La Delfina”. Luego, en el campamento de La Bajada, donde había bailes, títeres, juegos de naipes, riña de gallos, carreras y hasta corridas de toros, dejará el abanico por la guitarra y seguirá siendo “La Delfina”-

Nadie sabe a ciencia cierta si fue rubia o morena, blanca o mestiza. Alguno (el poeta MOLINA) le atribuye voz de sirena criolla y destrezas musicales. Y ni siquiera ella sabía si Delfina era su nombre o su apellido (hay quien dice que su verdadero nombre era DELFINA MENCHACA). Unos la creen hija ilegítima de un virrey portugués, otros le suponen un origen humilde que la hizo terminar como criada por una familia de estancieros afincados en Río Grande Do Sul. Hay también quien dice que eso de acompañar a un guerrero, no empezó con RAMÍREZ y hasta hay quien le asigna un pasado “non sancto”. La verdad de todo es sin embargo, que “La Delfina” era una mujer valiente y de acción. ANÍBAL V´ZQUEZ en su obra “Caudillos entrerrianos: Ramírez”, la describe como una mujer joven de resplandeciente belleza, de terso cutis blanco, de facciones delicadas y negra cabellera. Es una heroína a su modo, viste uniforme militar que según Mitre consistía en una casaquilla colorada , galoneada de oro y un sombrero a lo chambergo emplumado de rojo y negro”

Su valor era llamativo, casi exhibicionista. Amaba los uniformes y hábil como amazona y en el uso de las armas, acompañó a su “Pancho” como coronela del ejército federal, en todas las batallas que éste debió librar entre 1817 y 1821, unidos en el amor y en la lucha por los ideales del caudillo. No se separaban un instante, vestida ella con el uniforme de coronela galopando a su lado y luchando en las batallas como un soldado más. Porque además de apasionada era intrépida y valiente. Desde que el destino los unió en febrero de 1817 (¿?), hasta que su dulce compañía,  le significó la muerte a su amante en 1821, los campos de combate de Gualeguaychú (12/1817); Saucesito (25/03/1818); Arroyo del Medio (04/01/1819); Ñandubay (05/01/1819); San Nicolás (09/11/1819) y Cepeda (01/02/1820), la vieron sable en mano combatiendo junto a su amado.

Aquel 10 d julio de 1821, RAMÍREZ  se encontraba en Córdoba y después de haber sido derrotado en uno de esos entreveros, librado en proximidades de Río Seco, inició la retirada, seguido por la DELFINA. Habiendo tomado ya un distancia prudencial de sus perseguídores, se dio vuelta para ver cómo lo seguía la Delfina y con estupor vio que el caballo de ésta había rodado y que solados de la partida enemiga ya la rodeaban. Sin dudarlo, volvió grupas, marchando en auxilio de su amada y cuando llegó al grupo, fue recibido a tiros, muriendo instantáneamente con un balazo en el corazón. Uno de los soldados decapitó su cadáver y su cabeza fue enviada a Estanislao López, que la hizo embalsamar y luego la puso en exposición en la Iglesia Matriz de Santa Fe.

Juan Manuel de Rosas y María Eugenia CastroJUAN MANUEL DE ROSAS estaba casado con ENCARNACIÓN EZCURRA. De pocas palabras y costumbres ascéticas, el Restaurador no era un mujeriego, sin embargo, Sáenz Quesada  recuerda que entre 1840 y 1852 su compañera íntima fue una muchacha 30 años menor que él, que se llamaba MARÍA EUGENIA CASTRO. Su padre, el coronel JUAN GREGORIO CASTRO, antes de morir le había recomendado a Rosas el cuidado de EUGENIA y lo nombró albacea y tutor de la muchacha. Rosas envió a la niña con la familia OLAVARRIETA pero luego decidió ocuparse de ella personalmente y la instaló en su propia casa para que atendiese a doña Encarnación,

MARÍA EUGENIA fue una de las amantes “declaradas” del Restaurador y le fiue siempre muy leal.  ROSAS la llamaba la “mancebita”, pero para la prensa unitaria, pasó a la historia como “La Cautiva” y según la describe Ibarguren, “era muy agraciada, morena, vivaz y sensual; una odalisca criolla con encantos suficientes para deslumbrar al estanciero, quien pasó velozmente de tutor a amante. Llegó a la casa a los 13 años. Cuidó a ENCARNACIÓN en su lecho de muerte, mientras el patrón la metía en su cama. EUGENIA fue la “oficial” de Rosas, pero escondida detrás de un biombo en la alcoba del Gobernador. Tuvo cinco hijos con el Restaurador y aunque éste no reconoció a ninguno, se preocupó de que no les faltara nada. Tras la muerte de ROSAS, la descendencia “bastarda” intentó iniciar un litigio para reclamar la herencia. MANUELITA, que los había tratado como hermanos durante las mieles del poder, hizo caso omiso y señaló que sólo eran los hijos de una sirvienta de la casa.

“No es posible establecer la fecha precisa en que comenzó la larga relación amorosa entre el gobernador y su pupila”, dice Sáenz Quesada. “ENCARNACIÓN la trataba bien y ROSAS le tomó afecto; era su favorita para cebarle mate y hasta se divertía con el temor reverencial que su personalidad provocaba en la huérfana. Ella revivía escenas muchos años después ante sus hijos, a los que contó cómo cayó por primera vez en brazos del gobernador, sin poder impedirlo, ni intentar defenderse, sugiriendo que había sido forzada en sus sentimientos”.

En esa época, sin embargo, mientras convivía con  MARÍA EUGENIA, según recuerda RAFAEL PINEDA YÁÑEZ, Rosas se enamoró ardorosamente de JUANITA SOSA, una bella amiga de su hija MANUELITA. El romance no se extendió por una rotunda oposición de Manuelita, quien condenó a su poderoso padre a suspirar como un adolescente por aquella frustración sentimental que nunca terminó de digerir.

Juan Manuel de Rosas y Juana Sosa. Juana Sosa, fue la otra amante de ROSAS. A esta la llamaba “la “edecanita” y era una de las amigas íntimas de MANUELITA. De mucho menor linaje, vivió en Palermo con la familia. También visitó las habitaciones de Rosas, pero su alegría y voluptuosidad la colocaron en otro lugar. Disfrutó de las fiestas y la desmesura del poder. Sin embargo, caído el César, cayó su privilegio. Con Urquiza en el gobierno, fue internada en el Hospital de Mujeres Dementes. JUANITA no estaba bien y no tuvieron alternativa. Murió en el hospicio, sola y en silencio.

Josefa Gómez y Felipe Elortondo Palacio Una historia banal, que fue más bien un caso testigo de toda una época, fue el protagonizado por el sacerdote FELIPE ELORTONDO  PALACIO, que era algo así como el prototipo de ese clero tan corrompido de finales de la era rosista, cuyo concubinato con JOSEFA GÓMEZ, aquella misteriosa confidente y amiga de los Rosas en el exilio, era público y notorio lo que no le impidió ser quien denunciara por adulterio a la pareja de CAMILA O’GORMAN, el cura ULADISLAO GUTIÉRREZ y fuera uno de sus más feroces opositores. Su caso se entrecruza con el castigo mortal a esa pareja. ¿Por qué tanta tolerancia por parte de don Juan Manuel, que recibía en Palermo al deán y a su concubina, mientras ordena el fusilamiento de los amantes “sacrílegos”?..

Recordemos que JOSEFA GÓMEZ era nieta de la escribanía de la familia de ROSAS y su relación con el cura ELORTONDO era un vínculo sellado por el secreto, lo que le garantizaba “la comprensión” del poder, del cual reciben premios y donaciones de tierras. Aquí, vida privada y vida pública fueron meticulosamente separados, mientras que lo de CAMILA, abiertamente asumido, representaba cierta amenaza al orden declamado por el Restaurador. Significaba mostrar el punto neurálgico de un “gobierno fuerte”, dado que revelaba el lado débil de ese gobierno.

Por eso, este romance fue uno de los tantos que le fue vedado a la Historia y sólo fue relatado en términos muy discretos; .  JOSÉ M. RAMOS MEJÍA, en “Rosas y su tiempo”; solo dice unas frases para entendidos, pero no lo cuenta abiertamente. SALDÍAS no hace referencia al caso y tanta reserva hace pensar, entonces, que la historia de las familias de cierta importancia social, han sido siempre cubiertas con el manto de una mal entendida “discreción”, actitud que no se observa cuando la historia es vivida por integrantes de clases sociales más bajas.

Juan Galo de Lavalle y Damasita Boedo
“Alto, rubio y con el coraje destellándole en los ojos”, según lo pinta Juan Jacobo Bajarlía, el  héroe de Ituzaingó y Río Bamba,  era uno de los solteros más apetecidos por las damas solteras (y casadas) de su época. LAVALLE no lo ignoraba y disfrutaba intensamente esa condición. Tanto, que la muerte lo encontró entre las sábanas de una de sus amantes. Se cuenta que cierta vez, sus oficiales, conocedores de la debilidad de LAVALLE, esperaron pacientemente, durante cuatro días y cuatro noches hasta que el general se dignó a emerger del dormitorio en el que se había encerrado con SOLANA SOTOMAYOR, la hermosa esposa del gobernador de La Rioja, TOMÁS BRIZUELA. Esto ocurrió en la hacienda de Gualfin, en la provincia de Catamarca donde Lavalle debía arbitrar un plan contra Rosas, plan que hasta el momento de meterse en la cama con SOLANA, tenía carácter de urgente. Este hecho fue, a juicio de Bajarlia, de algún modo lo que explica el misterio del asesinato de BRIZUELA en Sanogasta.

Pero no fue esa la relación que justifica la presencia de LAVALLE en esta crónica. La relación que fue el amor de su vida, fue la que vivió con DAMASITA BOEDO. La historia comienza el día en que, llegado de Salta con su ejército, el general unitario ordena la detención de JOSÉ MARÍA BOEDO y su tío,  acusados ambos de espionaje al servicio de Rosas y posterior- nte condenados a muerte por Lavalle. “Ese es el instante,  —dice Bajarlía— en que DAMASITA BOEDO, joven y bellísima, se presenta ante LAVALLE para pedirle clemencia para su hermano y su tío. El general vio a la fascinante DAMASITA, de 23 años, pero no cedió. Desde entonces, la necesidad de venganza de la joven se volvió impostergable”.

DAMASITA sabía que LAVALLE era tan terco como mujeriego y decidió seguir visitándolo. En esto se apoyaba su plan. Finalmente, fingiendo estar enamorada, se propuso seguirlo y durante meses compartió noches y días con él, aguardando el momento de vengar a sus familiares ejecutados. En la madrugada del 8 de octubre de 1841, LAVALLE, con su tropa diezmada, decide pernoctar en Jujuy. A 6 de la mañana, una partida federal entra en la ciudad y ordena la rendición. El centinela del caserón donde reposa LAVALLE, corre hacia el interior para avisarle a su jefe que duerme con DAMASITA. Salta LAVALLE de su cama y sale a ver qué pasa, pero al cabo de un tiroteo, el general unitario cae muerto (ver “La muerte de Juan Galo de Lavalle” en Crónicas). Según Alonso Piñeiro, aquel fue un episodio muy confuso, al punto que “las tropas federales, que en realidad buscaban al gobernador de Jujuy, ELIAS BEDOYA, al no encontrarlo, se retiraron sin enterarse de que habían matado a LAVALLE”. Algunas versiones, sostienen que DAMASITA no fue ajena a esta escaramuza, y que al fin, así pudo consumar su venganza.

Justo José de Urquiza y sus 17 hijos
JUSTO JOSÉ DEURQUIZA fue uno de los grandes protatagonistas de esta historia de las sábanas. Fogoso, refractario al matrimonio, tuvo más de ocho concubinas, sin contar relaciones esporádicas y ciertamente frecuentes. El entrerriano reconoció 17 hijos  “legitimados”, durante una sesión secreta que se realizó  en l Cámara de Diputados en 1855  y la verdad es que, según estimaciones coincidentes, tuvo alrededor de 150. La cantidad suena exagerada, pero de acuerdo con estudios recientes,  un tercio de la población de aquella época habría estado compuesta por hijos naturales. El legado del apellido significaba hacer ingresar a ese hijo en el reparto de la herencia;  por eso URQUIZA se dio el lujo de reconocer 17 como propios, a diferencia de otros grandes amadores, que debieron ser más selectivos por una cuestión de recursos. “En la Argentina, donde la historia está privatizada”, reflexiona Sáenz Quesada, “algunos grupos familiares  se adueñaron de ciertos hechos y en algunos casos, hablar de descendencia legítima o ilegítima es tomar parte en un pleito sucesorio”.

“El 18 de setiembre de 1823 —escribe Beatriz Bosch, autora de “Urquiza y su tiempo”, nace PEDRO JOSÉ TEÓFILO, hijo de Urquiza y de SEGUNDA CALVENTO, niña de rango principal cuyo progenitor, don ANDRÉS NARCISO CALVENTO figura entre los miembros del Cabildo de 1797 y ocupa en 1798 y en 1809 el cargo de alcalde ordinario. Pero Justo José no legitima este vínculo, ni más adelante al reforzarse con la venida al mundo de JOSÉ DIÓGENES y WALDINO. SEGUNDA CALVENTO es hermana de NORBERTA, la novia legendaria de URQUIZA”. Cuatro hijos le dará SEGUNDA al vencedor de Caseros pero para entonces, el incorregible URQUIZA ya se ha enamorado de una joven de 20 años, cuñada de su hermano, así que todo quedaba en familia”. Esta vez se trata de CRUZ LÓPEZ JORDÁN —medio hermana del todopoderoso caudillo entrerriano FRANCISCO RAMÍREZ—, quien le dará otra hija. Sin embargo, el cambiante corazón de Urquiza sufre al poco tiempo un nuevo impacto. Es el turno de JUANITA ZAMBRANo, acaso uno de los mayores amores del entrerriano

“Huyendo de las complicaciones políticas de su patria —relata Beatriz Boseh:—.muchas familias de Paysandú (uruguay), se afincan en Concepción del Uruguay. La casa de doña PASCUALA  FERREIRA DE ZAMBRANO es centro de animadas reuniones. Urquiza festeja a DORALIZA, una de las hijas de doña PASCUALA, pero pronto la simpatía se inclina hacia JUANITA y al salir a campaña, mantiene con ella nutrida correspondencia. La relación amorosa parecía a punto de formalizarse pero toma idéntico curso que las otras”.

URQUIZA no era hombre que vivía de recuerdos. Mucho menos cuando se trataba de mujeres. Más tarde nace CLODOMIRA DEL TRÁNSITO, hija de la bella riojana TRÁNSITO MERCADO Y PAZOS, y algunos meses después MARÍA RAMOS alumbra a AURELIA NORBERTA. Urquiza no se detiene en su fecunda marcha, ni se casa. Faltan aún muchos años para que la bellísima DOLORES COSTA lo obligue a abandonar su soltería luego de haber tenido varios hijos con él.

El 11 de abril de 1870, a las siete y media de la tarde, JUSTO JOSÉ DE URQUIZA fue asesinado en su residencia de San José, dejando 17 hijos reconocidos que podrán cobrar su herencia y vaya a saber cuantos más sin reconocer.

Domingo Faustino Sarmiento y Aurelia Vélez Sarsfield
A la par de su carrera como docente, político y escritor a que se ciñen los manuales, don DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO desarrolló un poco difundido pero muy  intenso raid amatorio. Se casó con BENITA MARTÍNEZ PASTORIZA, la madre de DOMINGUITO, a quien adoptó y cuidó y quiso como si hubiera sido un hijo propio. Pero al matrimonio no lo separá la la muerte. “Hacia 1862 —escribe Félix Luna— Benita descubrió que su marido mantenía una relación amorosa con AURELIA VÉLEZ SARSFIELD (hija de Dalmacio Vélez Sarsfield, el autor del Código Civil). Se conocen las tiernas  y apasionadas cartas que él le envió, y el infierno que debió vivir el sanjuanino en aquellos días, cuando las convenciones sociales y sus propias ambiciones políticas lo obligaron a cortar sus encuentros con Aurelia.

Al parecer, Sarmiento no solo manejaba con habilidad la pluma, la espada y la palabra. Según Alonso Piñeiro, tuvo numerosas amantes, incluso cuando estuvo en los Estados Unidos y le gustaba agasajarlas con regalos íntimos. En una oportunídad, a través de una carta, Sarmiento le cuenta a una amante norteamericana,  que de paso por Paris, decidió comprarle ropa interior: “La vendedora me preguntó si sabia tus medidas, y yo pensé: cómo me voy a olvidar de tu cuerpo”, le escribe Sarmiento a su querida.

Julio Argentino Roca y Guillermina Oliveira César de Wilde.
Comentaremos ahora un caso que causó un revuelo descomunal en la sociedad porteña. El general JULIO ARGENTINO ROCA, dos veces presidente de la Nación, casado con CLARA FUNES, hija de una adinerada familia cordobesa, no era lo que se dice un marido fiel. Cuando llegó al matrimonio tenia ya una hija, la pequeña CARMEN, resultado de una relación que tuvo con la tucumana IGNACITA ROBLES. Félix Luna imagina esta descripción de parte del propio ROCA: “Una muchacha de buena aunque modesta familia, con la que no pensaba formalizar relaciones pero cuyos criollos encantos me tenían a mal traer”, se lee en su libro “Soy Roca”. Se cree que, aunque al referirse a LOLA MORA siempre hablaba de “mi amiga”, el legendario político compartió intimidades con la temperamental escultura. Lo cierto es que el primer conflicto serio entre ROCA y su mujer se desencadena a partir de esta estrecha amistad.

Muerta su esposa CLARA FUNES, el general Roca protagoniza uno de los entreveros amorosos más resonantes en la sociedad porteña de la época. La dama en cuestión era GUILLERMINA DE OLIVEIRA CEZAR, según Félix Luna “una más en la chorrera de hijos, catorce o quince, que don RAMÓN DE OLIVEIRA CEZAR, estanciero con campos por el lado del Tigre, engendró con ANGELA DIANA Y GOYECHA”.

En 1885 GUILLERMINA OLIVEIRA CÉSAR tenía 15 años cuando se casó con el entonces ministro de Justicia EDUARDO WILDE, durante la presidencia de JULIO ARGENTINO ROCA. Wilde era un respetado intelectual, viudo de 41 años, que trataba a la joven como a una especie de objeto de adoración. “Contaban los amigos —dice Félix Luna— que WILDE tenía una extraña costumbre: mostrar a su mujer durmiendo. Tan bella le parecía, que a veces invitaba a sus contertulios a suspender las tenidas nocturnas de cigarro y baraja, para subir a contemplar el sueño de su esposa…” Nunca tuvieron hijos y hasta 1893 la pareja viajó bastante y la relación entre ROCA y GUILLERMINA casi no existió, ya que se trataron muy poco.

Pero ese año (1893) el matrimonio WILDE regresa a Buenos Aires y GUILLERMINA y ROCA, vuelven a encontrarse y el general se enamoró perdidamente de la mujer de uno de sus mejores amigos. La borrosa adolescente que ROCA había conocido, estaba convertida en “una espléndida hembra que sabía sacar partido de su hermosura”, según las palabras que Luna pone en boca del general. Un turbulento romance se inicia entre Roca y la mujer de su mejor amigo, pero finalmente, en octubre de 1898, JULIO ARGENTINO ROCA asume nuevamente la presidencia de la Nación y su relación con GUILLERMINA comienza a ventilarse. Luna cuenta que “al Regimiento de Coraceros, que por entonces servía de escolta al presidente y que mandaba un hermano de GUILLERMINA, la gente le llamaba “los guillerminos»” y hasta la revista “Caras y Caretas” ironizaba con esa relación. ROCA, cercado por los comentarios, decide separarse de su gran amor, enviando a WILDE y a su esposa a los Estados Unidos y más tarde a Europa.

Tiempo después, en diciembre de 1901, un año difícil para el Presidente Roca, tiene un breve consuelo: su amada GUILLERMINA, llega a Buenos Aires para pasar unas breves vacaciones y pasa un mes y medio en compañía de ROCA, viviendo lo que serán las últimas horas de este amor. Guillermina volverá a Europa y ya no se reunirá más con él.

 Sin duda aquel lejano ejemplo de don PEDRO DE MENDOZA que relatamos al comienzo de este artículo, había encarnado en la nueva tierra, donde el amor clandestino encontró abundantes y aplicados cultores. Presidentes, generales, ministros y políticos de toda laya transitarían el riesgoso pero fascinante .sendero de lo prohibido. JOAQUÍN V. GONZÁLEZ en concubinato con su joven sobrina; MANUEL QUINTANA, quien prolongó una relación secreta con una  SAAVEDRA ZELAYA y que, según refieren en la intimidad algunos historiadores, murió en el lecho de una amante francesa, del que debió ser retirado con urgencia y sigilo para evitar el escándalo. Y por fin, aunque no por último, ROQUE SÁENZ PEÑA, que como cuenta Félix Luna, “se fue a la Guerra del Pacífico por un desengaño sentimental, sin saber que la muchacha a la que amaba era una media hermana suya, producto de un devaneo juvenil del católico y virtuoso LUIS SÁENZ PEÑA”.

(Este material es una recomposición de una nota publicada el 31 de enero de 1993 en el diario Clarín, firmada por Jorge Zicolillo, Alejandro Caravario, Miguel Frías y Gonzalo Girolami, complementada con notas y datos extraídos de Espadas y corazones” de Daniel Balmaceda y de diversos medios de la época).

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