ADOQUINES DE MADERA PARA LAS CALLES DE BUENOS AIRES COLONIAL (1888)

En 1895, coincidiendo con el primer ensayo de los tranvías eléctricos, se empedraron algunas calles de Buenos Aires con adoquines de madera..El mal estado de las calles porteñas, rotas y sucias, además de cambios de nombre,  fue una constante en más de cuatro siglos. Sin  embargo, Buenos Aires gozó de cortas etapas de honrosa pulcritud y hasta se la vio como una de las más limpias del mundo. Pero en la “Geografía de la República Argentina”, una obra  de LATZINA, publicada en 1888, se la describe despectiva y trágicamente: “El empedrado es, en general, pésimo. Los inverosímiles pozos que a cada paso se han abierto, imprimen a los rodados tales  barquinazos que los conductores son despedidos de sus asientos, como fardos inertes, sucediendo  entonces, generalmente, que la víctima  caiga bajo las ruedas de su propio carro, coche, o lo que sea, para quedar muerto o estropeado”.

La exageración, típica de las primeras guías escritas para los extranjeros que nos visitaban, tenían también su lamentable fundamento: Las fallas no sólo eran del municipio, sino también de los contribuyentes que, en ese caso, expusieron actitudes opuestas a la palabra “contribuír”. Es cierto que las dificultades iniciales, a orillas del  río limoso, se originaron por su lejanía con sierras o cuchillas. Las piedras, ese  sólido material tan útil  y apropiado para la construcción de muelles, caminos y calles, eran caras y distantes. Un “oriental” -como se los llamaba a los habitantes de la otra banda del Río de la Plata, podía vanagloriarse acentuando otra diferencia con sus vecinos del este. De este lado del río había barro y  “ellos” tenían a la mano y en cantidades abrumadoras  ese material tan codiciado que extraían de las canteras y caleras de Colonia del Sacramento.

Ensayos fallidos
En el año 1888, la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, firmó un contrato con la “Sociedad Franco Argentina”, para la realización de un “afirmado de madera” para cubrir 200 cuadras, tarea por la que se le pagarían la suma de 7,70 pesos oro el metro cuadrado construido y anualmente, el 10% de ese valor, por la conservación de esa carpeta, durante diez años. En vez de recurrir a la piedra de Colonia, se optaba por la madera, aunque ésta también era un material lejano de Buenos Aires.

Los adoquines eran de pino de Suecia y de las Landes. Tenían 20 centímetros de largo, por 15 centímetros de ancho y 12 de espesor e irían asentados sobre una base de hormigón hecho con piedra partida y cemento Portland. La madera resultó de baja calidad y el plan fracasó, igual que otro ensayo realizado, aplicando adoquines de madera en la cuadra céntrica de la calle Cuyo (se llamaba así desde 1820, aunque nació como Santa Lucía, que luego fue Mansilla y que luego de otros cambios, hoy es Sarmiento), desde su cruce con la calle San Martín hasta Reconquista. Otro ensayo que también tuvo igual y simultáneo fracaso, se hizo  en la hoy calle Suipacha, en una extensión de 4 cuadras desde Presidente Perón hasta Rivadavia

Así como alguna vez se rescató el desigual empedrado inicial de la calle Florida  para que se lo exhibiera en su cruce con Diagonal Norte, los buenos observadores pueden aún encontrar, en bordes del pavimento actual de algunas avenidas o junto a las sobrevivientes vías de tranvías,  retazos del mejor empedrado de madera que se hizo.

El primer contrato resultó un fiasco y a los dos años el pavimento “presentó desperfectos de consideración”, según un informe municipal que años después se pareció a otro que consignaba  el reemplazo casi anual de aquellos adoquines. Pero las autoridades no se dieron por vencidas. Los inconvenientes  y el aspecto de tantos baches  se acrecentaba,  porque también impedían la limpieza de las calles y eran huecos donde se acumulaba la basura basura.

Al fin se encuentra un buen adoquín de madera
El próximo ensayo se hizo cuando se abrió la Avenida de Mayo. Para entonces los adoquines se fabricaron con pino de tea (o pinotea)  y el resultado fue peor. Todo varió en 1895: el mejor pavimento de madera coincidió con el primer ensayo del tranvía eléctrico realizado en un tramo de la avenida Las Heras. Fue con madera de algarrobo con adoquines de sólo 10 centímetros de altura.  El noble árbol autóctono logró que se construyera una superficie más firme, además de económica, de manera que muy pronto hubo casi 600.000 metros cuadrados de ese pavimento. Así fue como el algarrobo venció a las maderas importadas de Suecia, de los Estados Unidos y al karri australiano que se ensayó en Carlos Pellegrini y Perón. El algarrobo también resultó superior al cedro autóctono, al pacará de Tucumán y al coíhue de Tierra del Fuego. Así fue que adoquines de esta madera se exportaron para calles de Londres y París. En los primeros años del siglo XX,  los embarques del mismo material fueron una muestra del afecto argentino hacia Italia. Los adoquines de algarrobo sirvieron para pavimentar las calles adyacentes al Panteón de Roma, y aún hoy, una plaza seca cercana a ese monumento histórico, mantiene aquel pavimento de algarrobo argentino y una placa que reconoce la donación  y la bondad de la “foresta argentina” (extraído de una nota de Francisco N. Juárez para el diario “La Nación”).

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