ADOLFO ALSINA Y LA CAMPAÑA AL DESIERTO (16/04/1876)

El complicado problema del avance de la línea de frontera y conquista de la extensa pampa, había sido proyectado desde el tiempo del coloniaje por los virreyes del Plata y por todos los gobernantes de la Argentina. Se reconocían las grandes ventajas que reportaría el aseguramiento de la línea de fronteras y se consideraba de urgente necesidad, pero de difícil realización, a causa de las múltiples dificultades que primeramente había que resolver; ya por el peligro de la anarquía latente que fermentaba en los estados provinciales, ya por el malestar reinante, en el orden social y político, temiéndose, por consiguiente, estallara de un momento para otro la guerra civil. Las pasiones políticas mantenían los ánimos en alto grado de tensión, habiéndose olvidado nuestros prohombres que la codicia de orgullosas naciones buscaba cualquier pretexto para aplicar la arbitraria ley del “uti posidetis” en nuestras ricas y dilatadas regiones despobladas. Por otra parte, el mal más grave con que tropezaba el gobierno era la carencia absoluta de recursos: nuestro estado financiero se encontraba en lamentable bancarrota. Entonces ¿cómo llevar a expedicionar un ejército sin armamento, sin equipo ni proveeduría, careciendo hasta de los indispensables elementos de movilidad, a ocupar puntos estratégicos en la pampa desconocida?. ¿Cómo ejecutar tan arriesgada excursión, en la que los soldados tenían que combatir, desde la primera hasta la última jornada, con numerosos indígenas envalentonados, bien montados y armados?. Para complicar más la cuestión, no faltaban quienes asegurasen ser conocedores de las pampas inhospitalarias y presagiaban, pintando con colores tétricos y siniestros, desastrosos resultados. Con relatos espeluznantes afirmaban que el ejército sería sacrificado, una vez que afrontara empresa tan temeraria e irrealizable. Toda la prensa nacional de esa época, al unísono, opinaba y sostenía ser aventura descabellada, puesto que ni los virreyes, ni gobierno alguno, habían podido solucionar problema tan complejo y delicado. ¡Hasta el cansancio ensordecían con luctuosos relatos de la suerte que corrió la infortunada expedición al desierto, cuando el general BARTOLOMÉ MITRE, salió a traer la llave de la frontera, con un poderoso ejército, cuyas fuerzas sólo pudieron llegar hasta Sierra Chica, siendo allí rodeado por los belicosos indios, quienes los obligaron a retornar al Azul con las monturas al hombro, después de dejar el campo cubierto con caballos desgarrados!. Como se ve, pues, en consideración de estos antecedentes y otros informes desconsoladores, se creía utópico y absurdo emprender semejante operación. Tanto más cuanto que el mismo general Mitre había afirmado, en un discurso que pasarían, ¡trescientos años más para recién pensar en la conquista del desierto!. En esa época (1876) se encontraba al frente del ministerio de la guerra el doctor ADOLFO ALSINA, cuyos biógrafos lo han comparado con las notabilidades más descollantes de su época. Se distinguía por su cultura y nobleza de alma y por el gran temple de espíritu que poseía. Era franco y afable, generoso y patriota, todo un corazón de oro, que cautivaba a propios y extraños. Precisamente, a las bellas cualidades que le adornaban, se debe la solución del problema más trascendental y complicado que la Nación tenía hasta el día sin resolver; pues el avance de la frontera era la gran preocupación que había permanecido por espacio de algunos siglos, como si fuera un arrecife, donde zozobraban cuantos proyectos y excursiones se intentaron llevar a cabo. Alsina despejó la incógnita aplicando aquel conocido proverbio, que asegura que “el querer es poder y el poder es un deber”. Tenemos que Alsina, sin ser militar profesional, ni siquiera haber viajado por Alemania, concibe un vasto plan de ofensa y defensa fronteriza y lo ejecuta poniéndose al frente de las fuerzas y  lanzándose en abril del año 1876 a la pampa desconocida e indómita, conduciendo victoriosamente a sus huestes y ocupa Puan, Carhué, Guaminí y otros puntos de reconocida importancia estratégica. Comarcas situadas sobre la línea de comunicación de los bandoleros araucanos, terribles invasores de nuestras florecientes poblaciones. Hay gente que maliciosamente pregunta: por fin ¿quién es el verdadero conquistador del desierto?. Basta de mistificaciones, basta de Vespucios – hay que dar al César lo que es del César, es decir, hoy como ayer, nadie ha dudado y tempranamente se le hizo justicia, proclamando como único héroe del desierto y conquistador de los millares de lenguas que se encuentran bajo el amparo de la civilización, a Adolfo Alsina. Secundado, sin duda, a causa de su prematura muerte, por su iluminado sucesor en tamaña empresa, el general JULIO ARGENTINO ROCA. Alsina introdujo grandes innovaciones en el sistema de combatir en la guerra con el indígena. Cambió de armamento a los cuerpos de caballería, dejándolos en condiciones de combatir cuerpo a cuerpo con mayores ventajas; sacando al ejército de la vergonzosa táctica defensiva por la ofensiva. Se verá más adelante el impulso vigoroso que imprime, templando y levantando el espíritu abatido y decaído del soldado. Posisionadas las fuerzas e instaladas en sus acantonamientos, el ministro en persona recorre caminos, repasa sus planes y analiza los informes que le llegan (1). Consulta con los Fuertes y equipa ligeras columnas, que cada comandante, desprendido del resto de ellas, marchará a operar sobre los mismos aduares del indómito salvaje. ¡Por eso hemos visto a un VILLEGAS y a un FREYRE que han asombrado con sus cargas de caballería en un circuito de 20 leguas de Guaminí!. ¡Al bravo general LEVALLE desde Carhué recorrer todos los escondites que tenían, ya no en las pampas, sino en las espesuras de las selvas ranquelinas, haciendo desaparecer para siempre los misterios del desierto! A los arrojados comandantes MALDONADO, TEODORO GARCÍA y WINTER (los dos últimos desde Puan), que con 300 hombres invaden Guatraché y Treicó, sorprendiendo en sus propias tolderías al célebre cacique CATRIEL y vemos por último a los sublevados vecinos del Azul haciéndoles frente a los bandidos Cándido y Ramón Leal, capitanes de  una terrible turba de gauchos, que vivían estregados al pillaje, haciendo vida común con los salvajes y obedeciendo las órdenes de CATRIEL y NAMUNCURÁ. Finalmente, en noviembre de 1877, regresan a sus guarniciones, cubiertos de heridas a dar parte de sus operaciones a Alsina que satisfecho por el resultado de su campaña, antes de dejar la frontera, les pide un último esfuerzo y ordena efectuar una serie de operaciones y expediciones sucesivas, reconociendo palmo a palmo la gran zona que se había considerado como ingrata e inhabitable y que, en fin, después de quebrar el mito el desierto, ahora conquistada, queda abierta a la instalación de nuevos pueblos y al progreso. Y sus orgullosos y bravos hijos, los pampas, dueños de esas tierras por derecho de sucesión, se irán incorporando al tren de la civilización o no resignándose a la pérdida de sus dominios, se refugiarán ganarán las espesuras y los roquedales andinos para atrincherarse allí y alentados y ayudados por sus amigos, los araucanos, proseguir su lucha contra “el hombre blanco” y sus costumbres.  Y como se verá, con la ocupación de la Pampa Central conseguida por Alsina, sólo se escribió la primera página de esta historia, que empezó a escribir JUAN MANUEL DE ROSAS y que luego deberá anotar la gesta de JULIO ARGENTINO ROCA. (1) El ministro Alsina confrontaba los datos y referencias, las distancias e itinerarios que deberían seguir las comisiones que desprendía en operaciones, en una carta geográfica confeccionada por el coronel Olascoaga, el plano levantado de esas regiones que más se aproximaba a la verdad (ver “Las Campañas al Desierto” en Temas Puntuales).

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