ACHA, Mariano

Militar (1799-1841). Nació en Buenos Aires el 11 de noviembre de 1799. Una de las figuras de mayores méritos de la historia argentina, por su valor y por su patriotismo. El 13 de febrero de 1818 recibió sus insignias de Alférez real del Regimiento de Dragones de la Patria y permaneció en el Ejército por el resto de su vida, participando en la mayoría de las acciones libradas en esa época, tanto civiles como contra los indios. El 4 de enero de 1819 recibió su bautismo de fuego en el combate del Arroyo del Medio, librado por fuerzas enviadas por el Directorio al mando del coronel ANTONINO RODRÍGUEZ contra los caudillos federales FRANCISCO RAMÍREZ y ESTANISLAO LÓPEZ. En 1820 actuó en la batalla de Cepeda, luego participó en el combate de Cañada de la Cruz, San Nicolás, Puntas de Pavón o del Gamonal. Luego, en las luchas contra los indios, combatió bajo las órdenes del coronel Rauch. Aliado a Lavalle y del general JOSÉ MA-RÍA PAZ en las guerras civiles, obtuvo prestigio con la victoria de Angaco en agosto de 1841. Su vida entera fue verdaderamente novelesca. La batalla de Angaco, que es la acción más extraordinaria que presentan los fastos militares de la República, fue su más brillante laurel. El historiador Hudson admiró a este glorioso soldado, diciendo que “infundía en la imaginación de aquel que lo miraba con atención y estudio, la idea del prestigio, de la admiración del tipo que designa el valor, la grandeza de alma y del genio que revela la cualidad escasa de saber mandar y hacerse obedecer”. El final de esta gran figura militar fue trágico. El 16 de setiembre de 1841, luego de ser derrotado en el combate de “La Charilla”, en las proximidades de la Posta de la Cabra, San Juan, fue ejecutado por orden de su vencedor, el general fraile adicto a Rosas, JOSÉ FÉLIX ALDAO. Terminaron así los días de este valeroso militar, fusilado por la espalda,  después de habérsele atado codo con codo y arrodillado a la fuerza. El digno guerrero, que defendía la libertad de su patria, se enfureció al ver que iba a ser ejecutado en esa forma, increpando al cuadro que lo iba a ultimar gritándoles: ¡ Cobardes!.  Después de muerto se le cortó la cabeza, en cumplimiento de las disposiciones ordenadas por el general fraile José Félix de Aldao. Colocada la cabeza en un palo largo, éste fue clavado cerca de la Posta de la Cabra, en el camino por donde debía pasar el general ÁNGEL PACHECO con su ejército, como efectivamente sucedió al día siguiente. En aquellas circunstancias, los despojos de aquel mártir se hallaban en su sitio y su cadáver a un costado, medio devorado por los buitres. Fue uno de los episodios más dolorosos de aquella cruenta contienda entre unitarios y federales. Tanto por su coraje como por su personalidad, los escritores románticos antirosistas, han idealizado su figura, llamándolo “el inmortal Acha” (al decir de Sarmiento) o “el caballeroso Acha”.

 

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