A JUAN JOSÉ GÜIRALDES

Quiero explicarles, a través de la aleccionadora  experiencia del hijo  de Areco,   el sentido del quehacer gaucho, sin reciedumbre, con resignación y rebeldías marcadas por la soledad, la pobreza y los ataques a su entorno familiar;  con el ejercicio del propio lenguaje, la sagacidad y sabiduría criollas. Y todo alimentado en los escenarios de las latitudes pampeanas, en la intensidad de pajonales inclinados por el viento, en los árboles autóctonos, en las lagunas inconmensurables, en los cielos diáfanos y las noches portentosas.

Quiero hablarles del aprendizaje gaucho en medio de la naturaleza pródiga y hostil, de sus reflexiones sobre los aperos, único lecho y soporte para descansar, para pensar y acaso filosofar,  acerca de las cosas de la vida. De los modos de nuestro gaucho, de su estilo en el saludo, del arte de respetar los silencios, de la hospitalidad para con los extraños, la solidaridad en los pases del mate, su compasión por los animales y el afán de tomar los colores vegetales y de cordilleras, para forjar ar­tesanías y perpetuar su cultura.

Así lo hizo y así vivió JUAN JOSÉ GÜIRALDES, con la rectitud de su vida y su tiesa estampa, sin falsos nacionalismos, agregando a su erudición nativa las expresiones del saber universal. Espero con ansias que todos saquemos provecho de la gran lección que nos deja Güiraldes para preservar la identidad nacional, no como una leyenda, sino en el contexto de vigoroso realismo que demanda devota continuidad.

Entre los huracanes de la globa lización y las vacilaciones del presente, con la memoria en la personalidad del gaucho ido, reitero en mis conversaciones con mi nieto Bautista: «Si quieres marchar hacia el futuro, carga la tradición en tu mochila” ( Enrique Martínez, ex Vicepresidente de la Nación).

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